NI PERDÓN NI OLVIDO.


 

TELÉFONO

En la lotería se sacó el premio grande; mucho más dinero del que nunca había visto, le permitió darse el gusto que nunca hasta entonces había podido tener.

 

Viajar había sido su sueño y pudo irlo realizando poco a poco, después de planificarlo todo y anotarlo en su libreta  minuciosamente.

 

Empezó por la Europa que siempre conoció por libros y revistas: Alemania, Francia, Italia, Holanda, España y Mónaco. Había lugares que siempre quiso ver y se sacó el clavo visitándolo todo.

 

En su libreta tenía anotado, en la primera página, el número telefónico de quien le había desgraciado la vida, hasta que le tocó la suerte; cuando llegó a Berlín, desde la recepción del hotel, averiguó la manera de hacer una llamada internacional por teléfono, pero no desde su habitación.

 

Le indicaron que podía utilizar una cabina, para mayor privacidad y que el costo se lo informarían luego de que hablara; se encerró en el cubículo y marcó el prefijo de Perú y el de la ciudad para luego marcar el número que tenía en la libreta: a los instantes respondió una voz de hombre y él esperó un momento para luego decir: “La venganza es dulce” y cuando el interlocutor decía “¿¡Aló!?…, ¿¡Aló!?…” sin comprender bien, repitió la frase y colgó.

 

Salió de la cabina, esperó que le dijeran el monto y pagó en efectivo; luego subió a su habitación sonriendo y se dispuso a pasar unos días increíbles en Berlín.

 

Hizo lo mismo en cada ciudad de los países que visitó: se fijaba en lo que tenía apuntado para ver qué hora local correspondía a las 9 de la mañana de Lima y hacía la llamada casi apenas llegar, el primer día.

 

Con la práctica y la planificación correcta usó teléfonos públicos para que nadie se diera cuenta que llamaba; la frase que decía era siempre la misma y anotaba el día y la ciudad de donde lo hacía.

 

Así pasó el tiempo y sus llamadas se espaciaban dependiendo de los días que se tomara en cambiar de país; volvió a Lima y lo primero que hizo al día siguiente de desempacar, fue llamar al número que se sabía de memoria, diciendo cuando le respondió la odiada y recordada voz del hombre objeto de lo que él llamaba “mi venganza”: “Nunca me olvidaré y no perdono”.

 

Lo planeó todo para que su próximo periplo fuera por el Oriente y no olvidó anotar todo lo necesario para sus llamadas: ni el tiempo, los paisajes distintos ni menos la distancia harían que olvidase o perdonase.