NUEVA EVA.


 

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Todas las mañanas la despertaba el sonido de la campana de la iglesia que llamaba a misa de siete.

 

Cuando se dio cuenta de haberse quedado dormida ya eran las nueve de la mañana según el reloj de la cocina.

 

No había escuchado la campana y ni se le ocurrió que su casita estaba ahora en un páramo y que no había campana ni iglesia ni nada que dijera que allí había habido un pueblo.

 

Le extrañó que los perros no ladraran y no se imaginó ser una nueva Eva a sus sesenta y nueve años y sin ningún Adán.

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