LA CAJITA.


 

CAJA LUSTRAR

Era un chico y había heredado de un tío suyo la vieja cajita de madera con un sitio levantado para poner el pie; dentro estaban las escobillas, las latas de betún de diferentes colores: negro, amarillo, guinda y neutral. Había cuatro franelas para sacar brillo, sobadas y mágicamente flexibles: bien suavecitas eran a pesar del evidente roce. Había también un frasquito con alcohol y otro con bencina para sacar las manchas, una brochita y un frasco con tinte negro para aplicar en los bordes de la suela.

 

Heredó también los sueños.

 

La caja era su tesoro y no importaba que las diferentes latas de betún tuvieran el contenido gastado (pero sobre todo la de negro); había acompañado a su tío en los recorridos por calles y especialmente plazuelas donde había bancas para que la gente se sentara. También habían ido por restaurantes del centro, pero muchas veces ni los dejaban entrar.

 

El tío lustraba zapatos y él miraba, siguiendo los movimientos y la secuencia, aprendiendo con la vista. Se consiguió un par de revistas que guardaba en una bolsa de plástico y prestaba a los clientes, para hacerles amena la lustrada. Él no sabía leer pero también sabía que los que se lustraban los zapatos, sí sabían.

 

Alguna vez el tío lo dejó trabajar un par de zapatos, ante la duda del cliente, pero todo fue bien; claro que no lograba el brillo espejo, pero su tío terminaba con unas pasadas de trapo y gotitas de alcohol que eran el toque final para dejar los zapatos chillando de lustrados.

 

Como suele pasar, el tío murió y se quedó a cargo de una señora que le daba de comer una vez al día y un sitiecito para dormir. La “comida” era un poco de té y pan del día anterior tempranito en la mañana, antes de que saliera a buscar chamba recorriendo calles y plazuelas más o menos conocidas; iba cerca de los ministerios y como ya no tenía miedo, tenía clientes, que al verlo chicón, le pedían una lustrada. Así se hizo de clientela más o menos fija hasta que un día alguien lo consideró “competencia” y lo corrieron. Fueron unos “grandes” y lo empujaron después de insultarlo para que se fuera.

 

Se fue por otros rumbos, pero ya tenía miedo y pocas lustradas.

Comía lo que podía: a veces un paquete de galletas o algo que le regalaban, aunque los regalos se los hacían en los mercados y ahí no había mayormente clientes.

 

Una tarde de junio se equivocó y volvió adonde lo habían corrido. Esa vez, los “grandes” le quitaron la caja, la rompieron, se guardaron el betún y las escobillas; botaron los trapos y la brochita, vaciaron los frasquitos y el tinte al lado de la vereda y le pegaron.

 

Cuando todo terminó, se fueron dejándole la ropa rota, la boca hinchada, dos dientes menos y un dolor adentro, detrás de las costillas que era más fuerte cuando respiraba.

 

Nunca supo cómo llegó al cuarto, pero la señora lo miró asustada y le dijo que se fuera.

 

Lejos, la caja rota y las revistas a las que el viento hacía pasar las hojas eran lo único que quedaba de sus sueños.

 

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Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.

4 comentarios sobre “LA CAJITA.”

  1. Me gusto, una pena, los sueños de los seres los destruyen, como los de este niño o los niños de Siria, y de los grandes también.

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