PARANORMAL.


 

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La casa de la calle Santa Marta, en Arequipa, era la clásica casona de techos abovedados, construida de sillar y con un portón que daba a la calle, del que se abría solamente una puerta en él para dar acceso a la vivienda. No recuerdo si había timbre, pero sí tengo presente la sencilla manija de fierro que sobresalía de la puerta y que nosotros usábamos como aldabón, golpeando hasta que abrieran.

 

Allí vivieron mi padre y sus hermanos y precisamente él contaba una historia que disparaba mi fantasía de chico.

 

Cuando estudiaba en la antigua Escuela de Ingenieros de Lima, decía, volvía en vacaciones a Arequipa y dormía en un cuarto hacia afuera, que tenía una ventana enrejada que daba a la calle y dos puertas: una comunicaba con la siguiente habitación y la otra con el patio, en medio del cual yo recuerdo un espacio central con plantas. Más allá seguía el comedor y había un zaguán pequeño que comunicaba con la cocina y dependencias del servicio. En el comedor había una ventanita, con puerta corrediza que daba o directamente a la cocina, o a una pequeña despensa que antecedía a esta -no lo recuerdo bien- pero siempre me llamó la atención que los platos de la comida aparecieran por allí y una vez vacíos se usara el mismo camino pero a la inversa. Otro recuerdo que tengo es el teléfono de disco, color negro (entonces todos los teléfonos eran de ese único color), colgado en la pared.

 

Pero retrocediendo muchísimos años, volvamos a mi padre, estudiante de ingeniería de vacaciones y a la historia que me contó muchas veces: una noche, el perro de la casa ladraba incesantemente, como para despertarlo y hacerle pensar que había alguien extraño. “Ladrón” pensó, tomó su revólver y entreabrió con cuidado la parte superior de la puerta que daba al patio (la puerta, de una hoja, estaba dividida en dos partes que se abrían independientemente, formando, si se quería, una especie de ventana) y vio que la luna bañaba al perro que ladraba frenético, mirando hacia adentro y allí, al fondo, una sombra se deslizaba muy lentamente hacia el patio; no es que caminara o se escondiera, se deslizaba puramente. El perro aulló.

 

Mi padre contaba que apoyado en la puerta, vigilando, le sucedió lo increíble: se quedó dormido.

 

Cuando despertó, clareaba y en el patio el único que estaba era el perro, que dormía enroscado. Volvió par a seguir durmiendo, supongo que más cómodo en su cama, que apoyado en una puerta-ventana.

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Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.

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