RECUERDOS DE NIÑEZ.


 

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Estoy seguro que uno recuerda más vívidamente su infancia; no como una película sino como si un flash expusiera a la luz por un momento algún instante vivido.

 

La infancia suele ser ese lugar feliz, en el que no existen los compromisos y uno no necesita comportarse de manera “políticamente correcta” (porque ni siquiera sabe lo que es). Digo que suele serlo, pues para millones de niños (que fueron y que son) en el mundo, la infancia es un infierno inmerecido.

 

Tuve la verdadera suerte de tener una infancia en la que fui querido y que dejó en mí estas huellas hermosas, que a veces, como si fuera un viejo álbum de fotografías, reviso. Me gusta recordar una y otra vez y siempre encuentro pequeñas cosas que antes se me pasaron. No sé si será mi memoria que se activa o la imaginación que viste los sucesos.

 

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El sol de mediodía, me trae la imagen de un escalón de piedra y la parte de abajo de un portón en la fábrica, en Arequipa.

 

El olor del mar hace que se materialicen mis amigos Lucho, Carlos y el “chino” Germán en unos baños de Barranco que ya no existen más.

 

El olor de algo en el horno me lleva mentalmente a los lonches con queque recién hecho por mi madre.

 

El color rojo me pone de inmediato en Pacasmayo, frente a la casa de madera, agitando una franela a un toro que pasa y sintiéndome un torero con miedo.

 

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Así son mis recuerdos, como pequeños flashes; los recuerdos de infancia una y otra vez revisados, que parecen nuevos siempre, pero son tan confortables como la ropa vieja y los zapatos muy usados.

 

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Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.

2 comentarios sobre “RECUERDOS DE NIÑEZ.”

  1. Algunos hemos sido elegidos y afortunados con una sana y cómoda niñez. La codicia se la roba a la mayoría de niños del mundo.

    1. La codicia se aprende… Cuando uno es niño se piensa en tener más, pero sin codiciar lo ajeno.
      Los niños siempre querrán más de algo que les guste; la experiencia les enseñará (esperemos) que la superabundancia de algo provoca hartazgo, produce apatía y malestares. Quien “todo lo tiene” nada quiere y deja de soñar. Un niño sin sueños está condenado a ser un adulto infeliz.

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