LO OSCURO.


 

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Como todos los niños (y muchos adultos) le tiene miedo a la oscuridad. No sabe lo que hay en las tinieblas, ni que puede pasar si de pronto, de noche se va la electricidad y se corta la luz.

 

Para aumentar su zozobra, no hay nadie que responda a su llamado, al principio dicho en voz queda y que va subiendo de volumen a la vez que sabe que está solo; que no hay ningún adulto reconfortante cerca.

 

Sabe que está solo, pero presiente que no lo está, porque la oscuridad se puebla con su imaginación que galopa creando monstruos inverosímiles, asesinos que acechan y peligros totalmente sin nombre; peligros que son esa opresión rara en el pecho, ese nudo en la garganta, esa boca reseca que grita “¡Mamá…!” como si ella pudiera aparecer para tranquilizarlo.

 

Vuelve la electricidad y se encienden las luces: no hay nada ni nadie; ni monstruos, ni asesinos ni peligros. Tampoco está mamá.

PIRATAS.


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De niño, en la playa, había soñado con ver un barco pirata en el horizonte. Feliz, escrutaba el mar por si aparecían velas. Subía a los promontorios rocosos para abarcar más con la mirada.

Los barcos nunca aparecieron y como se había acostumbrado a estar en la playa, trabó amistad con los pescadores que varaban sus barcas en la arena después de faenar.

Fue natural acompañarlos y aprender el oficio de pescar; aprendió también a remendar las redes y le enseñaron los secretos que el mar tiene y revela a quien quiere.

Una madrugada salió en el bote verde, pero se hizo de noche y no volvió.

Dicen que al fin encontró a los piratas y se hizo grumete de los sueños.

MILHOJAS.


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De inmediato viene a la mente un rico pastel hecho de capas y capas de masa hojaldre, con relleno de crema pastelera o variantes de manjarblanco o crema de chocolate, espolvoreado todo con azúcar impalpable golosamente generosa…

 

La realidad es que son mil hojas de papel bond, tamaño A4 las que pide un colegio, por alumno, para el año, entre una lista de útiles que haría salivar a un vendedor de Tay Loy (gran cadena de tiendas que vende papelería, útiles de escritorio y escolares, entre muchas otras cosas).

 

Mil hojas para un niño de segundo grado primario, con un promedio de 18 alumnos por aula; eso hace 18,000 hojas en total. Seguramente entre los muchos usos que se puede dar a una página de papel bond tamaño A4, está la de hacer figuras de origami, ese ancestral arte del papel doblado, que sin nada más que el insumo ya mencionado y la habilidad del “origamero” logra desde simples gallitos hasta complicadísimas figuras de animales y objetos varios. Tal vez van a hacer una exposición de origami que pueda ganar un premio Guinness, porque para eso los peruanos somos muy buenos, con el mayor baile de marinera del mundo o la mayor cantidad de abrazos dados durante ocho horas, por ejemplo. ¿Se imaginan tremendo orgullo nacional proveído por niños peruanos de poca edad?

 

Y esa es solo una muestra (bueno, 18.000 muestras) de lo que la dichosa lista trae entre plumones, lápices, borradores, sobres, tijeras, papel lustre de surtidos colores, cuadernos triple raya y un etcétera que es tan largo como una chalina de culebra.

 

Digo yo ¿un niño o niña necesita de todo eso para aprender a sumar, restar, dividir y multiplicar; practicar caligrafía, ortografía y tener nociones de los héroes nacionales y de las reglas de urbanidad?

 

No lo creo.

 

Por lo menos no era así cuando yo iba al colegio. De pronto no sé de lo que nos perdimos, como estoy seguro que lo ignoran mis compañeros de clase; creo que perdimos un curso acelerado de consumismo y los cuadernos doble raya, cuadriculados y de dibujo “Raphael” son en realidad una ridiculez al lado de las famosas hojas, fólderes y otros con que hay que equipar escolarmente a los chicos de hoy.

 

Sí, llevábamos cartuchera con lápices de colores, el “Mongol N° 2”, el borrador, el tajador y tal vez una regla chiquita, que cupiera: eso nos bastaba, creo.

 

Pero ahora viene lo bueno: la lista tiene un complemento… ¡faltan los libros!

RETACO.


 

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En clase el profesor pedía que levantara la mano quien no hubiera entendido y la suya se alzaba solitaria en el aula; esto se repetía cada vez que la pregunta seguía a una explicación y el profesor insistía en lo dicho, tratando –en lo posible- de hacerlo más sencillo.

 

Al principio pensó que el niño era valiente y que era el único que admitía no haber entendido; luego se dio cuenta que era el único que no lo hacía, hasta que un día, harto, soltó un exabrupto exasperado: “¡Taco, eres un taco…!”.

 

Y el niño, que era bajito, se quedó con el apodo que le pusieron sus compañeros desde ese día: “Retaco”.

YUTÚBER.


 

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Antes (no lo sé bien ahora, con certeza) los niños querían ser bomberos, detectives o también militares. Los atraía el movimiento, el descubrir, la aventura, el color rojo y la parafernalia bomberil y militar entre otras cosas. A algunos los uniformes vistosos les gustaban y soñaban con lucirlos, claro.

 

Mi nieto tiene siete años y me dice muy serio, varias veces, que quiere ser youtuber cuando crezca. Es decir, uno de esos personajes que mantienen, sobre los temas más inverosímiles, una cuenta muy activa en la red social YouTube.

 

He visto (porque no soy ajeno a la navegación por redes) desde lugares donde se dedican a propalar videos de recetas de cocina, hasta como prepara una bomba. Desde explicaciones muy bien hechas y sencillas, como para que todos entiendan, sobre temas difíciles hasta conferencias acerca de asuntos que uno ni se imagina y que los hace entendibles y atractivos.

 

Definitivamente esta es la forma moderna de usar un medio como la red y asegurarse que el mensaje audiovisual, si es bueno, se difunda y llegue a millones de personas sin importar su ubicación en el globo terrestre.

 

Canales de YouTube has por miles y, repito, sobre los más variados temas. Un youtuber puede ser un periodista, un científico, un artista y de su habilidad dependerá la popularidad que tenga y que algunos hagan de esta actividad un negocio lucrativo.

 

Mi nieto, pues, me dice que quiere ser youtuber y a mí me parece interesante. Yo a su edad, como otros niños, repito, quería ser bombero o detective. Cambian los tiempos, digo, y las cosas son diferentes.

 

Mi sorpresa vino cuando vi lo que quería decir con youtuber mi nieto: estuve oyendo lo que al parecer él miraba una y otra vez en la pantalla de su celular (que usa por lo general para ver series animadas); allí, un yutúber español, narraba interminablemente sobre un juego de computadora y jugaba él mismo, explicando lo que hacía. Su pobreza de vocabulario (repetía las mismas palabras una y otra vez) el contar al parecer con un escaso repertorio de expresiones de asombro, excitación y alegría que contrataban en cantidad y calidad con lo que seguramente mostraba, hacía casi insultante la transmisión.

 

Dicen que de todo hay en la viña del señor, y este es un ejemplo; lo que pasa es que precisamente este resulta ser el ejemplo que el chico toma como ejemplo: el juego de pronto encandila, pero el yutúber hispano resulta (por lo menos para mí) lo que los españoles llamarían “un pelmazo” o más aburrido que chupar un clavo. Pero mi nieto lo ve y quiere hacer lo que el ibérico hace.

 

Será que me estoy volviendo viejo, pero este uso banal y bobo de uno de los más grandes inventos (Internet, las redes y sus aplicaciones) de la historia humana me parece aberrante, aunque, como decía mi padre, cada uno puede hacer de su capa un sayo y de su culo un florero.