«HA COMETIDO UN ERROR, VUELVA A INTENTARLO».


 

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El aviso apareció en la pantalla apenas pulsó las teclas usuales para acceder. Repitió la operación varias veces y consultó un apunte que tenía, no fuera que hubiese apretado alguna tecla que no era. Probó de ponerlo todo en mayúsculas y lo único que consiguió como respuesta fue otro mensaje que le decía que estaban activadas las mayúsculas.

 

Volvió a intentar con la clave y nada; la pantalla del computador brillaba reproduciendo el mensaje de error.

 

En el espacio, si no funciona la computadora de la nave estás en problemas; especialmente si dependes de ella para comunicarte con la base.

 

Recordó la frase “tanto nadar para morir en la playa”.

Sabía que estaba cerca de su meta, pero no llegaría y seguiría viaje hacia lo desconocido.

EL AUTOBÚS.


 

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El autobús viajaba hacia la esperanza.

 

Iba por un camino donde el paisaje cambiaba y las aves se posaban en los trigales

 

De pronto se oyó el trueno y de arriba cayeron las bombas ensordecedoras.

 

Se levantó la tierra en columnas y el fuego pareció brotar de ella. Luego una nube de polvo y humo lo cubrió todo.

 

La esperanza quedaba al otro lado de la frontera: ahora no importaba.

TE MANDO LA MOTO.


 

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Era la amenaza que habían hecho si el “Ratón” no pagaba el préstamo que se había hecho. Incluso le advirtieron que si se atrasaba lo irían a buscar, porque tenían todos sus datos; desde dónde vivía y los sitios que frecuentaba. También le habían dicho que sabían quiénes eran sus papás y dónde paraban.

 

Cuando se atrasó un mes, porque se demoraron en pagarle un trabajo, miraba a todos lados en la calle y se sobresaltaba cuando escuchaba el ruido de una moto.

 

Lo que no sabía es que ellos esperarían unos días más para darle un susto, que sería quizás una pateadura y  con el encargo de una fecha última de pago, antes de matarlo. Lo encontraron en la calle y lo golpearon entre tres, dejándolo ensangrentado, con el aviso de que pagara en dos días.

 

Regresó cojeando a su cuarto y se sentó en la cama, que estaba deshecha desde hacía varios días. De la mesa sobre la que comía y acumulaba cosas, cogió un frasco de líquido matarratas comenzado y en un vaso echó hasta más o menos la mitad completándolo con gaseosa. Miró el vaso como para darse valor y pensó que se adelantaría a la moto: se bebió íntegro el contenido aunque el sabor rarísimo le produjera arcadas.

 

Se echó sobre la sábana arrugada, Sintiendo como un fuego adentro, que bajaba y le quemó en el estómago.  ; al rato el veneno hizo todo su efecto y él empezó, inconsciente, a babear espuma antes de morirse.

 

UNO NUNCA SABE.


 

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Siempre había visto a las abejas como benéficas y trabajadoras.

Le encantaba la miel y le maravillaba lo que había leído sobre la perfecta arquitectura de las celdas de las colmenas abejeras. Que pudieran fabricar cera y miel, le pareció siempre de otro mundo.

 

Tal vez por eso no pudo entender cuando supo de las abejas asesinas. Era algo así como su madre persiguiéndolo con un cuchillo para matarlo.

LA PALOMA Y EL MEJOR CAZADOR.


 

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Leo con entusiasmo “En aparente estado de ebriedad” de Jaime Bedoya, a quien admiro como escritor desde que en la revista “Caretas” alegraba y divertía mis semanas con sus columnas inteligentes y lúcidas hasta el absurdo; luego “Disculpen la pequeñez” del suplemento dominical del diario “El Comercio” hizo que espere con impaciencia la llegada del periódico que no pasa por debajo de la puerta los domingos…

 

Me enteré de la aparición del libro que resume tres (“Ay qué rico”, Kilómetro cero” y “Mal Menor”) con añadidos de una selección sus columnas del dominical, la revista y de la web “Trigo atómico”, le pedí a mi amigo Jaime (porque yo no es que salga) que por favor lo buscara en una librería y en su siguiente visita lo trajera.

 

Así fue y en una gratísima reunión con él y tres compañeros de colegio, me llegó el banquete, aumentado por Lucho, que trajo, de Alonso Cueto “La batalla del pasado”, una selección de “San Isidro Lee” publicada por “Santillana”. ¡Un festín de lectura!

 

Consigno todos los datos, porque para la verdadera “pequeñez” que significa este post, creo necesario decir que estoy leyendo (con entusiasmo, ya lo dije) el libro de Bedoya y me preparo para deleitarme con el de Cueto…

 

Al grano: en la página 73 (Editorial Random House serie Literatura – Noviembre 2016) se lee  “”en el interin sufre una caída doméstica y se lesiona el hueso calcáreo del pie izquierdo…”      (El subrayado es mío).

 

Cierta vez, le dije a Chachi Sanseviero, mi amiga librera y uruguaya que cuando encontraba un error en un libro me sentía mal, porque no me estaban dando el producto correcto; ella me dijo: “Yo también me siento estafada”…

 

Y es que en realidad, un error puede ser producto de una equivocación, pero para eso están las relecturas del texto con las correcciones necesarias y el papel del corrector profesional que toda editorial que se respete debe tener.

 

 

Tal vez se quiso poner calcáneo, que es como se llama en realidad el hueso, porque calcáreo se dice de un mineral o una sustancia que contiene cal.

 

Bueno, un resbalón cualquiera da en la vida; eso sí, que no afecte al calcáneo por favor.

 

Continúo mi lectura con el mismo entusiasmo, pero con cuidado, por si las palomas…