MISTI.


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Otras veces ha contado que en mi infancia,  para las vacaciones de julio o diciembre, Arequipa era el destino.

 

Arequipa, llamada la “Ciudad Blanca” (por sus edificaciones, especialmente las antiguas, construidas con piedra sillar blanquecina, de origen volcánico) fue mi territorio de sueños y aventuras. El lugar donde un chico hallaba que tenía una familia inmensa; una fábrica de helados que era una fábula de sabores y secretos; un club con piscina, deliciosos pasteles y panes de “la Lucha” y lo que era importante para él en ese entonces: sentirse “capitalino” y a la vez, darse cuenta de ser uno más.

 

Estuve en Arequipa infinidad de veces conforme fui creciendo, hasta que la última vez, hace unos años, un infarto al corazón, ya el número cuatro,  me mandó quince días al hospital. Supe que no podría volver más y que tendría que quedarme al nivel del mar…

 

Si me preguntaran que extraño de Arequipa, sería ver al Misti.

El volcán que conocí coronado de nieve y que fue perdiendo su cima blanca y viendo cómo se subían a sus faldas las casas.

 

El Misti, “el blanco” en quechua, recuerdo de pasada grandeza nevada, hoy no es más que eso: un recuerdo.

Existe, sí, pero ya no es lo que era antes. La casa de mi hermana tiene vista al volcán y un día, en durante ése último viaje, le tomé una fotografía desde la ventana de mi cuarto. No había rastro de nieve, pero una nube traviesa y blanca que parecía un penacho de humo, me transmitió su furia. No es que echara humo el Misti, sino que yo interpreté su enojo porque se fueron las grandezas y ahora los seres humanos se atreven a levantar sus casas, ahogándolo.

 

Termino este post nostálgico, con una fotografía tomada por mi tío, Julio Gómez de la Torre, el año 38, un año que fue “de poca nieve” según decía él.

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