TOPOS, POLÍTICAMENTE CORRECTOS, MUCHAS ESPERANZAS…


 

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En realidad no sé bien como titular este post.

Pongo palabras que tocan los temas (algunos) que toco.

En el gobierno hay topos, pero no creo que sean de los que se infiltran, sino que muchos miembros del gobierno son miopes, casi ciegos, como los topos verdaderos ante lo que puede sucederles y les pasa. Es cierto que los errores que cometen se esparcen rápidamente y la oposición se aprovecha y ceba en ellos, pero el tema es que esos errores no debieran existir. No creo que sea necesario puntualizar, pero los traspiés son más frecuentes de lo que podría ser considerado como “normal”, porque cualquiera se equivoca… ¡pero no tanto y de esa manera!

 

La “corrección política” no solo es guardar las formas, sino tener verdaderos valores al actuar. No “hacerlo para las tribunas” sino guardar verdadera coherencia con los postulados que fueron aprobados por los votantes.

 

No es posible actuar de manera distinta a lo que se pregona, ni puede existir una especie de “doble rasero” que se use de una u otra manera según la conveniencia.

 

Lo que este gobierno despertó es la esperanza y cuando esta se tiene, siempre se espera mucho desde el principio, sin calcular que hay que cumplir las metas y hacerlo poco a poco.

Los problemas de mi país no se solucionan por arte de magia o un plumazo. No basta, aunque es necesaria, la decisión; sin embargo las cosas deben darse paso a paso. Es verdad que hay urgencias que queman, pero me da la impresión que se están atacando; tal vez no con la celeridad que se querría, pero la maquinaria, a pesar de todos los problemas y errores, ha comenzado a funcionar.

 

Estamos acostumbrándonos a hacer “balances” y esto puede ser bueno y malo, creo, según por donde se mire. Los resultados no se ven en fecha determinada, sino  todo el tiempo y la ciudadanía tiene que ir midiendo diariamente su avance.

 

Las encuestas y los “balances” están bien, pero no lo están cuando sesgan las opiniones; mal orientan, sirven como acusadores, como excusas o levantan falsas esperanzas.

 

 

 

DESCARTABLES.


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Pareciera ser que en nuestra sociedad existe la categoría “descartable”; no solamente los ancianos que suelen ser tratados como una molestia y se considera “obsceno” llegar a una edad avanzada, sino muchos enfermos, gran cantidad de niños, mendigos, drogadictos y quien sabe qué más.

 

Así como hay países donde los indigentes no existen en los censos y son totalmente invisibles para las cifras oficiales, en nuestro Perú la “descartabilidad” de quienes no se considera “útiles” se torna realidad.  Desentenderse de todo aquél que signifique incomodidad llega hasta justificar que se haga “limpieza” quitándoles la vida a quienes se considera delincuentes.

 

La categoría es muy amplia y va creciendo conforme aumenta nuestra insensibilidad; ese tener un impermeable que rechaza cualquier humedad que pudiese, siquiera, asomar a los ojos.

 

¿Qué nos está pasando? ¿Es que hemos optado por la indiferencia para no sentirnos vulnerables?

Pienso que es una enfermedad y espero que no sea terminal. Valoramos las cosas no a la gente. Creemos que las estadísticas sin rostro son lo más adecuado. El valor se ha transformado en simple precio y se cree que poniendo un “like”, una “carita triste” o haciendo un comentario en las redes sociales ya se solucionó el problema.

 

Los “descartables” son las víctimas propiciatorias que se inmolan a ese dios moderno que únicamente cree en el dinero, que no tiene arrugas y que siempre se ríe como si fuera eterno e impoluto.

 

¿No es hora de pensar?

LA DIMENSIÓN DONDE HABITA EL RECUERDO.


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La memoria nos suele jugar pasadas y lo que sucedió hace muchos años aflora por pedazos y en las ocasiones más dispares. A veces un sonido, una imagen o un olor traen esos retazos que de pronto, como en un fogonazo, aparecen para sumergirse de nuevo quién sabe en qué profundidades personales.

 

Era un niño y celebraba misa.

Bueno, jugaba a que la celebraba, teniendo como “altar” una mesita que colocaba frente a una ventana semicircular que tenía vidrios de colores y filtraba la luz que venía de “la terraza de abajo”. Mis “vinajeras” eran los frascos de aceite y vinagre de la alcuza de mesa y calculo que el cáliz era un vaso cualquiera. La “hostia” era un pedazo de oblea y daba de “comulgar” a María y Alejandrina que arrodilladas me seguían el juego. No lo recuerdo bien, pero creo que mi vestimenta ceremonial era una vieja bata que me quedaba grande, con las mangas dobladas y colgantes.

 

Los trozos de recuerdo brillan y de pronto son rojos, amarillos o verdes, dependiendo del vidrio por el cual asoman como fantasmas buenos e incompletos.

 

A los cuatro años el mundo es una fantasía y aunque parece inmenso, se reduce al juego del chico solitario que fui, con hermanos mayores y una casa grande; con padres amorosos que tal vez veían en mí a ese otro hijo que murió a los siete años y que no conocí. Digo esto, porque mi infancia tuvo lo que otros no tienen: libertad y saber que te quieren. Siempre estaba inventando, al extremo que cuando ya leí, acompañaba a los corsarios de Salgari a dirigir las maniobras del velamen desde lo que para mí era el puente del velero y era en realidad la escalera con baranda de la terraza que miraba al mar…

 

Fui locutor de una radio imaginaria, usando un micrófono que mi padre trajo; soñé con un burro regalado, que me esperaba paciente en la cocina, sin creer que todo había sido un sueño cuando fui a buscarlo escaleras abajo y no estaba…

 

Tuve un triciclo azul, intenté patinar y no pude, fui negado para el juego del fútbol; sí aprendí a montar bicicleta (era una “Hércules”, celeste, de tercer tamaño, más bien chica…).

 

Tal vez por eso y el silencio de una casa grande con muy pocas personas, donde yo era una especie de hijo único, me volqué en la lectura; es que a través de ella pude viajar intensamente, vivir las aventuras de los héroes, internarme en lugares peligrosos, explorar un territorio extraño donde el tiempo se había detenido y los dinosaurios se paseaban sin imaginar que desaparecerían.

 

Quizá eso me llevó a las estrellas, me confundió con multitudes, hizo que cada pequeño espacio se transformara en un mundo y me dio la ilusión de conocer secretos ancestrales. Posiblemente, lo que soy se lo debo a esa infancia de padres que propiciaron mi imaginación, que respondieron a todas mis preguntas y cuando ya no pudieron me alentaron a encontrar las respuestas allí donde descansan las palabras.

 

Estos retazos brillantes de memoria, estas porciones de existencia que aparecen cuando una imagen, un olor o un sonido los convoca, los escribo para que no se pierdan y algún día puedan encadenarse, ayudando a ese niño que fui a seguir siendo niño; que funcionen como un “¡Ábrete sésamo!” mágico y descubran la maravillosa dimensión de los recuerdos.

 

 

EL BARÓN DE MALAPATAEMBURGO


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Un comentario me trae a la memoria al “Barón de Malapataembugo” personaje de mi infancia barranquina.

Su recuerdo, lo confieso, es borroso a pesar de que si trato consigo verlo entre la niebla de los años (han pasado más de sesenta): bajito, serio pero amable; con un bigotito a lo Adolfo Hitler y el pelo cortado “a cepillo”. Era profesor de inglés y apellidaba Telaya. Su nombre no lo supe nunca, pero me enteré por mi madre, que era arequipeño.

 

Era nuestro vecino, porque vivía muy cerca de “Villa Teresa”; en realidad únicamente había que bajar las escaleras que daban a la puerta de al lado en la calle y en el primer descanso estaba su departamento, donde vivía solo. Otra puerta daba al departamento de la familia Rivarola (que tenían lo que creo era un automóvil Standard-Vanguard, negro y pequeño que estacionaban fuera, en la calle Ayacucho). Tal vez había otro departamento allí, pero bajando el último tramo de escaleras se pasaba frente al de Anita Williams, costurera eximia y amiga de mi madre; el departamento de Anita se abría a una gran terraza de la que se veía el acantilado y por supuesto el mar.

En la terraza había una sombrilla rígida,  pintada colores rojo y amarillo tal vez; sí muy descolorida por el sol de innumerables veranos…

La terraza era un territorio donde soñar con aventuras que tenían al mar como escenario y a los barcos piratas como protagonistas, mientras a mi madre le probaban un vestido que había llevado para que “lo arreglaran”.

 

¡Personajes y años barranquinos que pasaron!… La memoria es un reloj cucú al que hay que darle cuerda, esperar que su mecanismo no se haya estropeado con el tiempo y nos sorprenda con el pajarito que sale para anunciar las horas; esas que ya no volverán.

 

Nota: Esta pequeña historia la publiqué previamente en la página de Facebook “LOS AMIGOS DE BARRANCO” hace unos días…