¡JÁWOLIN!


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Así llamaba de pequeña mi hija a Halloween.

Para ella, como para los niños, por lo menos en este país, es ocasión para vivir la aventura de tocar puertas, recibir caramelos o dulces, disfrazarse y probablemente darse un atracón de golosinas que podría al borde del coma a un diabético y seguramente ponerse mal del estómago.

 

Sin embargo, la emoción de la fecha no se las quita nadie y lo del “Día de las Brujas” y toda su historia los tiene sin cuidado.

Dulces, disfraces y emoción; no importa que sea una celebración importada (ni que en el Perú coincida con el “Día de la Canción Criolla”): lo que importa es la diversión y los adultos se disfrazan y celebran en fiestas porque aunque sea a las brujas hay que festejar.

 

Se considera que es un “sacrilegio” festejar la fecha halloweenera, cuando lo que habría que celebrar es la canción criolla. Me da la impresión que en las generaciones jóvenes, las brujas van ganando terreno. No es que la “jarana criolla” haya muerto, pero por lo menos en esta fecha Halloween entra a paso de polka. Lo que me parece triste es que mucha gente se acuerde de la música criolla únicamente en esta fecha; se moleste, hable de “colonización”, “importaciones” y trate de equiparar una conmemoración con otra.

 

Halloween no es una “tradición” peruana. La canción criolla si la tiene, pero desgraciadamente va perdiéndola y no a causa de la festividad anglosajona sino a que se escucha en contadas radios y en determinados horarios; la incuria que parece existir condena a cuasi guetos a este cantar nuestro.

 

Me he preguntado muchas veces por qué y tal vez sea porque no se “renueva” musicalmente lo suficiente sin pérdida de esencia; quizá sea que porque se trata solo de ensalzar a “las viejas glorias” en interpretación y temas o por el avasallamiento sonoro y multitudinario de ritmos populares y músicas distintas.

 

Nadie escucha música “por ley”, sino porque le gusta y lo siento muchísimo, pero el gusto se educa.

Pienso que de repente lo que nos falta es educar el gusto por la música criolla y en ello deben intervenir todos; repito que no por decretos o imposiciones, sino por exposición que eduque.

Mientras tanto seguiremos celebrando Jáwolin con música criolla y el verdadero susto consistirá en que esta, cada vez se oiga menos.

¡A ESCONDERSE QUE AHÍ VIENE LA BASURA!


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El título del chachachá famoso allá por los años sesenta, podría ser una advertencia para tanta “basura” que hoy existe: ¡Cuidado! ¡Viene el camión recogedor!”.

 

Lo malo es que están escondidos y en todas partes se camuflan tratando de desaparecer.

 

Son “basura” con métodos de operación tan ingeniosos que maravillarían a cualquiera, sino fuera por los fines que persiguen, como es el lucro personal, o la figuración, el poder desmedido…

 

Son practicantes de la trampa y el engaño; de los mil y un ardides que les permiten lucir como ciudadanos honestos y darse el lujo de opinar, fingiendo indignación.

 

Lo infestan todo y enmascaran su olor a podredumbre con efluvios carísimos; se encuentran a la vuelta de la esquina, están agazapados tras los escritorios y prestos a saltar de cualquier parte cuando algo que es de su conveniencia se aproxima.

 

Son maestros de la genuflexión y el ditirambo; si lo necesitaran abrirán el camino a los más poderosos para sumarse de inmediato al cortejo que imaginan triunfal.

 

¿Ha visto lo que está sucediendo…?

Es la basura que el camión basurero nos dejó.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DONDE RONCA EL MAR.


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 De niño dormía en la misma habitación que mis padres, como supongo que todos los bebés lo hacen, a veces por un tema de seguridad materno – paternal, otras por falta de espacio adecuado para el “encargo cigüeñístico”.

 

El hecho es que crecí un poquito, corría el año 1952 y cuando mi hermana que se casaba e iría a vivir a Arequipa, mi madre decidió “entrenarme” para que durmiera solo y luego “heredara” el cuarto de Teté. Dormir solo es un decir, porque el cuarto del experimento era contiguo al de mis padres y no había puerta que los separara, o esta era grande y estaba siempre abierta.

 

Era “el cuarto de planchar”, que tenía una inmensa ventana que miraba hacia donde estaba (y se veía) el mar.

 

No recuerdo mucho mi primera noche, pero sí que mi comentario al día siguiente fue que no quería dormir en ese cuarto. Supongo que supusieron que me sentía solo o extraño, pero (también supongo) que decidieron que me tenía que acostumbrar…

 

La segunda noche no hubo forma de hacerme dormir ahí y el por qué era simplemente aterrador para mí; hasta hoy, tantos años después, mi hermana recuerda que dije que “Ahí roncaba el mar” como excusa para mi negativa.

 

Y era cierto; el sonido del mar se escuchaba acompasado en el silencio de la noche profunda, y tal vez me parecía el ronquido de un monstruo que dormía detrás de la ventana…

No lo sé; miedos de niño, dirán, pero desde ese momento la habitación tuvo nombre (“El cuarto donde ronca el mar”) y no me atreví a entrar en ella por la noche, con la luz apagada…

EL BOLSO, LA VIDA.


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La verdadera frase popular es “la bolsa o la vida”, pero bolsa es lo mismo que bolso, y sinónimo -si se quiere- de cartera.

Por eso el título, ya que en realidad en un bolso o cartera, dicen, está la vida entera de una mujer.

Basta con ver su contenido para saber mucho de la propietaria. Sabremos cuanta aventura es buscar el celular que suena inoportuno e insistente. Conoceremos ciertas intimidades y secretos que guarda. Es posible saber lo previsora que es y dependiendo de las tarjetas de crédito que hay en el billetero (un bolso más pequeño y específico), sabremos donde compra y algo de sus gustos, e intuiremos con mucha cercanía, su salud financiera.  Dependiendo del color que tenga su pintalabios sabremos si es coqueta o es sobria; sabremos si es rubia o tiene el cabello negro, porque queda enredado algo en el cepillo.

El interior de una cartera es una especie de diario, que relatará paso a paso los movimientos de su dueña. Es como el sombrero de un mago del que salen las cosas más insólitas, bajo la apariencia de algo común y cotidiano: una cartera. Podríamos seguir con el interior y saber si es pulcra y ordenada o no lo es. Muchas historias se contienen ahí: un bolso es, casi, el espejo del alma.

Por fuera es fuente de información a la vista: nos hablará de moda, momento y hábitos. Hablará de ciudades y de viajes; tal vez indicará de donde viene o a dónde va la dueña. Posiblemente nos indique su edad y estado de ánimo.

Hay una para cada ocasión, responde a cada gusto: la cartera nos habla de personalidad, nos habla claramente y lo entendemos de una simple mirada.

Esto es o debería ser algo que toda mujer sepa; una cartera, un bolso, es mucho más que un accesorio circunstancial y simple. Mucho más que una bolsa cualquiera donde se ponen cosas. Por eso, perder una cartera o dejarla olvidada, significa para la propietaria algo así, como perder la vida.

 

Manolo Echegaray.

 

NOTA: Este texto fue escrito el 9.6.2014, como muestra para un blog en España y nunca vio la luz…