SIN TV.


no-ver-no-oir-no-hablar

Algo pasó con el decodificador que da la compañía que provee la señal de TV y no se ve nada desde el viernes pasado. Llamé al número correspondiente y por teléfono la operadora me dio instrucciones que seguí sin ningún resultado, o más bien con uno: me proporcionó un número de código y me dijo que me llamaría un técnico de la empresa. A esperar, simplemente.

 

Y mientras tanto, desde el viernes han dejado de haber muertos en casa, los ríos de sangre han cesado, no hay novedades (aunque las haya) en el frente interno y las noticias que suelen venir del exterior son nulas. No hay política, no hay farándula, no hay chismes ni tampoco comerciales publicitarios.

Si quiero saber algo del mundo exterior me entero (un día después) por los diarios y si quiero saber algo, Internet está ahí, para que elija. Es decir que desconectado no estoy en verdad, pero a veces, tontamente uno extraña ciertos programas y la “inmediatez” (que suele ser una sensación nada más) de las noticias televisadas.

 

En realidad, la música ha llenado el espacio de los noticieros y el de los programas que se dedican a comentar la política…

 

Sé que eso es bueno, pero a veces (a pesar del corto tiempo o precisamente por eso) el síndrome de abstinencia aparece y uno experimenta una sensación de falta de algo. Claro, está la esperanza de la llamada del servicio técnico y la venida de un especialista a componer el tema…

 

De todos modos, he disfrutado (y disfruto) de ese “no saber” que me permite olvidarme un poco de la trepidación diaria y extender placeres como el de escuchar música, escribir o leer.

 

Me considero un individuo generalmente bien informado y sin embargo qué rico es ignorar, aunque sea por un rato (porque cuatro días son un instante, un parpadeo), lo que pasa o deja de pasar en el mundo.

 

Alguien me dijo que la solución sería no enterarse de nada, pero realmente no me gustaría vivir como los monitos de la historia.

 

COLOFÓN: Mientras terminaba de escribir, llamó el técnico y me dijo que por teléfono me iba a dar instrucciones. Dijo que hiciera lo mismo que me dijo la operadora de la compañía telefónica y de nuevo, no sucedió nada. Me indicó que debía conectar los cables blanco y amarillo en los conectores correspondientes. Le dije que la televisión había estado funcionando antes y que no veía ningún cable adicional al que estaba desconectado. Me dijo que era imposible y que seguro alguien se había llevado los cables.

Como ni Alicia, ni la señora que nos ayuda con la limpieza, ni “Pierce” la gata, ni yo habíamos desconectado y escondido los cables, le dije que no. Me dijo que no podía ser y que los buscara. Que llamaba en una hora, a ver si los había encontrado. Colgó.

Me quedé mirando el único cable suelto que había. Miré por enésima vez la Parte de atrás del decodificador y vi que en uno extremos había un conector sin color. El cable tenía un anillo rojo, pero también una rosca y al fijarme bien, vi que el conector tenía rosca. Probé y enroscó; volvieron la imagen y el sonido. Tonto, cegatón de mí, no había visto el conector las veces anteriores, no mi había fijado bien. Era tan sencillo como enroscar el cable en el único conector que tenía rosca…

Veo mal y poco; a eso de debe esto, pero también a mi convencimiento que soy una nulidad para “cosas técnicas”. Me avergüenza decirlo, pero no hice lo que era obvio (seguro porque el cable tenía un anillo rojo y había un conector del mismo color y mi “habilidad técnica” parece que se reduce a empatar colores)…

 

Ahora no puedo cambiar de canales ni subir o bajar el volumen con el control remoto. La luz piloto indicadora de este se enciende cuando trato de cambiar de canal, pero no cuando oprimo el botón de volumen. No pueden ser las pilas, porque de otra manera la luz no se encendería…

 

Para manejar el volumen, tengo que ir hasta el televisor y para cambiar de canal, usar el decodificador (que está al lado del televisor); ambos están frente a los pies de la cama, en el dormitorio.

 

Ha vuelto la “normalidad” pero con dificultades. Le preguntaré sobre ellas al técnico cuando llame y si no llama, lo haré yo a la compañía para decir que parece que hay un problema con el control remoto…  Hay dos alternativas: o se ríen de mí o me creen loco.  En conclusión, veo mal y soy una nulidad “técnica”.

LO MALO DE ESCRIBIR ES QUE RIMA CON MORIR.


MORGUE.

 Dejó el libro porque no podía leer; igualmente había abandonado múltiples intentos por escribir y miraba por la ventana, molesto consigo mismo.

 

Fuera, la tarde se desarrollaba como todas las tardes en el parque: niños que jugaban, vigilados de rato en rato por empleadas que, sentadas en un banco, conversaban entre ellas esperando que fuera la hora de volver a las casas; los vidrios dejaban pasar solamente un ininteligible rumor esporádico, que era en lo que se convertían las voces infantiles.

 

Le decían “el rompecorazones” y escribía novelas por entregas. Tenía que escribir para terminar la entrega de ese día y enviarla antes de las ocho de la noche. Esa era su rutina diaria de lunes a viernes, pero hoy algo se lo impedía: estaba extrañamente inquieto.  Ya le había sucedido algo similar antes, pero se recompuso y el asunto pasó rápidamente; hoy no era así y el tic-tac del reloj le decía que el tiempo iba avanzando.

 

Volvió a sentarse frente al teclado, a ver si se le ocurría algo, pero no sucedió. Escribió lentamente, en mayúsculas: NO PUEDO ESCRIBIR.

 

Lo encontró la señora que hacía la limpieza: la silla estaba volcada y él, caído en el suelo, tenía los ojos abiertos.

La autopsia reveló que había muerto de un infarto.

Sí pues” dijo el médico al estudiante que miraba y lo ayudaba mientras cosía el pecho, “infarto fulminante; digamos que se le rompió el corazón. Pasa cuando son jóvenes…”.

LOS SUFICIENTES


PAPY EN CARRETERA. - copia

Mi padre contaba que en un poblado de la sierra de La Libertad, por donde él anduvo construyendo carreteras allá por el año 35 o 40, había una familia a la que en el pueblo los llamaban “Los suficientes”. Intrigado, mi padre estuvo averiguando y resultó que entre los que trabajaban en las obras de la carretera, había dos de esa familia.

Los buscó para preguntarles el porqué del sobrenombre familiar y quedaron para que fuera a almorzar el domingo a la casita en la que la familia vivía.

 

El día señalado lo buscaron y se dirigieron al convite. Llegaron a una casa pequeña y ya dentro se hicieron las presentaciones de rigor. Estaba reunida toda la familia, que miraba curiosa al visitante.

En medio de la habitación, había una olla que hervía y donde seguramente de cocinaba el almuerzo; del techo pendía una soga que terminaba precisamente dentro de la olla.

 

Al rato, el patriarca de la familia, un hombre entrado en años dijo: “¡Suficiente!” e hizo una señal; de inmediato uno de los asistentes maniobró con la soga, subiéndola de la olla.

Del extremo pendía un hueso que goteaba.

 

Así, mi padre se enteró de la razón del apodo.

Cosas que pasan, ¿no?

 

P.D.: En la foto, mi padre tiene el casco en la mano…

EL OLOR.


BASURAL.

Allí, en lo alto del cerro de desperdicios, las esteras formaban una guarida donde habitaba ella.

 

La creían loca y nadie se atrevía ni siquiera a acercársele, por miedo y porque el olor les resultaba nauseabundo.

 

Ella ya no olía. Finalmente, después de un tiempo dejaron de verla; desapareció y el viento trajo abajo las esteras.

 

A nadie le importó y el olor de la muerte se confundió con el de la basura.