TALLARINES DE CUMPLEAÑOS.


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Era su cumpleaños; había despertado esa mañana sabiendo de la fecha y pensando que alguien, por algún medio, la daría un abrazo. Sin embargo, pasadas las doce del día se resignó y como desde hacía tantos años, lo preparó todo para almorzar; solo, por supuesto.

 

Puso la mesa y sacó de la refrigeradora el plato de tallarines que había cocinado la noche anterior; era algo sencillo y especial a la vez, porque le recordaba que cuando niño, su madre se los preparaba especialmente para su cumpleaños: tallarines en salsa roja a los que, una vez servidos, les pondría mucho queso parmesano rallado.

 

Sonaron la alarma del horno de microondas y el timbre del intercomunicador a la vez. Curioso y esperanzado contestó y le dijeron que era de la florería. Intrigado, apretó el botón para dejar entrar al mensajero y preparó su mejor sonrisa: “¡Qué detalle, flores y por mi santo…! ¿De quién serán…?

 

Dejó que el timbre sonara dos veces y abrió la puerta. El muchacho de la florería lo miró y le pidió una firma: un gran arreglo floral, evidentemente funerario, estaba junto a él en la entrada. Se sorprendió y dijo: “¿Para mí…?”.

El mensajero respondió dudoso: “Bueno, supongo que es para el difunto… A ver ¿No es la casa de la familia Gómez…?

No” dijo él. “Soy el señor Portocarrero y aquí no hay ningún Gómez…

 

Se trataba de un error, por supuesto, pero cuando uno cumple 85 años, algo así puede tomarse como una broma del destino. No se rió.