LO MALO DE ESCRIBIR ES QUE RIMA CON MORIR.


MORGUE.

 Dejó el libro porque no podía leer; igualmente había abandonado múltiples intentos por escribir y miraba por la ventana, molesto consigo mismo.

 

Fuera, la tarde se desarrollaba como todas las tardes en el parque: niños que jugaban, vigilados de rato en rato por empleadas que, sentadas en un banco, conversaban entre ellas esperando que fuera la hora de volver a las casas; los vidrios dejaban pasar solamente un ininteligible rumor esporádico, que era en lo que se convertían las voces infantiles.

 

Le decían “el rompecorazones” y escribía novelas por entregas. Tenía que escribir para terminar la entrega de ese día y enviarla antes de las ocho de la noche. Esa era su rutina diaria de lunes a viernes, pero hoy algo se lo impedía: estaba extrañamente inquieto.  Ya le había sucedido algo similar antes, pero se recompuso y el asunto pasó rápidamente; hoy no era así y el tic-tac del reloj le decía que el tiempo iba avanzando.

 

Volvió a sentarse frente al teclado, a ver si se le ocurría algo, pero no sucedió. Escribió lentamente, en mayúsculas: NO PUEDO ESCRIBIR.

 

Lo encontró la señora que hacía la limpieza: la silla estaba volcada y él, caído en el suelo, tenía los ojos abiertos.

La autopsia reveló que había muerto de un infarto.

Sí pues” dijo el médico al estudiante que miraba y lo ayudaba mientras cosía el pecho, “infarto fulminante; digamos que se le rompió el corazón. Pasa cuando son jóvenes…”.