EL OLOR.


BASURAL.

Allí, en lo alto del cerro de desperdicios, las esteras formaban una guarida donde habitaba ella.

 

La creían loca y nadie se atrevía ni siquiera a acercársele, por miedo y porque el olor les resultaba nauseabundo.

 

Ella ya no olía. Finalmente, después de un tiempo dejaron de verla; desapareció y el viento trajo abajo las esteras.

 

A nadie le importó y el olor de la muerte se confundió con el de la basura.