INCORDIO.


snoopy

Persona o cosa que causa cansancio, disgusto o molestia.

¡Eres un incordio!” Resulta que lo más probable es que no entienda y tal vez crea que se le está diciendo una lisura, por el tono usado.

 

Hay palabras que por antiguas, parecen sepultadas debajo de un montón de tierra (lo que para muchos, es una tumba anónima).

 

Todavía recuerdo que mi padre usaba “incordio” para referirse a algo particularmente molesto y prolongado; tanto es así, que yo de chico yo la asociaba con la “muela del juicio” (la “cordial”) y los padecimientos que se decía ella producía al salirle a uno.  Bien descaminado andaba y cuando dije algo al respecto, mi padre se rio y me explicó el significado. De pronto me ha venido a la mente la palabra y con ella retazos de mi infancia ignorante y curiosa (como casi todas las infancias, creo).

 

He escrito este post con cariño, sobre una palabra que algunos pueden creer insulto y que yo asocié una vez con el dolor de muelas. Será porque las palabras son como gatillos, que disparan la memoria.

 

 

 

DISCUTIR.


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Hacerlo es intercambiar opiniones, pero a veces hay una opinión que quiere prevalecer sobre cualquier otra, de cualquier manera y sin tener argumento válido alguno.

Entonces es mejor no discutir.

 

Más que de seguro se habrán encontrado muchas veces con esas personal que no solamente creen y están seguras de tener la verdad, sino que tratan de “quedarse con la última palabra” para auto asegurarse que la “discusión” la ganaron ellos.

 

A veces su “argumento” es elevar la voz; otras veces a falta de argumentos dicen “pero yo tengo la razón”.

 

¿Qué hago yo ante eso? Sonrío y me callo.

Mi sonrisa puede tomarla esa persona como un signo afirmativo, cuando en realidad es una señal de lástima.

LA VUELTA DEL GRITÓN.


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Ha regresado.

El hombre que hablaba a gritos, después de varios meses, está de vuelta. Esta mañana volví a escuchar por largo rato su estentórea voz; hablaba por teléfono, como lo hacía antes, tan fuerte, que se le escuchaba aún con las ventanas cerradas.

 

Hace tiempo solía hacerlo casi cada día, especialmente por las mañanas y de pronto lanzaba improperios y lisuras a su interlocutor, airadamente. Finalmente llamé al puesto de vigilancia que queda a la entrada del condominio, para quejarme, porque, además de la desconsideración que suponía gritar, las groserías con que obsequiaba a todo volumen, en un lugar donde hay niños y familias, no me parecía correcto.

 

Tal vez esto ya lo haya relatado antes, pero ahora el asunto vuelve a presentarse; no se trata de que yo sea un “quejón” sino que vivimos en una comunidad.

El silenciamiento del gritón parece que sucedió porque intervino vigilancia, diciéndole que había quejas; o tal vez fuera porque no estuvo por aquí, o no sé si alguno de sus interlocutores telefónicos se hartó que lo gritaran y dijeran lisuras. Hubo paz hasta hoy en que volvió a gritar hablando por teléfono.

 

Confieso que en un principio pensé que se trataba de alguien que no oía bien (generalmente los sordos hablan elevando mucho la voz),  o de uno que chillaba cerca de alguna ventana de mi departamento, sin embargo no se veía a nadie en las cercanías. Su forma de expresarse  delataba a un zafio; a alguien para quien la educación es un estorbo y la convivencia en comunidad un fastidio.

 

Ahora ha vuelto y no sé si continuará con su mal hábito.

Ya sé que el tema es banal, pero estas son las cosas (pequeñas tal vez) que suman y nos convierten, a pesar nuestro, en ciudadanos del caos.

COMOSUIDADANOS ESTÁBANOS SENTADOS Y ENDENANTES HABÍANOS LLEGADO.


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Hablar mal, suele traer el escribir mal y no creo que sea algo como la dislexia (tuve una compañera de trabajo que no podía escribir cliente y ponía “clietne”), sino un mal hábito producto de la falta de alguien que lo corrija.

 

Tal vez me equivoque, pero estos “horrores” al hablar y a veces al escribir son mucho más comunes de lo que parece. Posiblemente sea que el asunto se toma como gracia cuando un niño lo dice, o simplemente dejadez y un restarle importancia.

Alguna vez, al corregir, me respondieron: “pero se entiende lo que dice, ¿no?”; ciertamente, pero al menos para mí es como encontrar errores de ortografía en un libro. Me pasó varias veces y en cada una dejé el libro y consideré que me habían estafado, porque me vendieron un producto que estaba fallado.

Seguramente a nadie le importa esto, porque son “peccata minuta” y solamente una especie de loco lo consideraría… ¡importante! Bueno, uno puede dejar de leer un libro impreso, porque “ya está hecho” y no tiene corrección, pero a una persona se le puede corregir de niño y si ya está crecida, hacer notar el error y esa persona debería tratar de corregirse.

 

En verdad, no sé por qué escribo sobre esto, pero seguramente es que me molesta y justo ahora en las noticias hay un señor declarando, que ya dijo “estábanos” y “habíanos” más de una vez. Parecería de Ripley (no la tienda, sino la columna periodística “Es verdad aunque usted no lo crea”), pero es la triste realidad.

¿HASTA CUÁNDO?


 

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La frase de Cicerón dice: “¿Hasta cuándo Catilina, vas a abusar de nuestra paciencia?”, pero hoy en el Perú, en este caso, habría que cambiar el nombre de Catilina por “Movistar”.

 

Escribo esto el domingo a mediodía y sé que cuando se lea esto habrán vuelto los servicios de Internet (porque de otra manera no podría enviarlo a Blogpress) y el de teléfono fijo a mi domicilio y lo que escribo será visto como una queja sobre algo que “ya se arregló”. Es decir, una gota más de agua en un océano que sigue siendo océano y no cambia mayormente si esa u otras gotas se evaporan.

 

Pero esta no es la primera vez, por lo menos para mí. He escrito varias veces sobre ello. Anteriormente estuve sin servicio de ninguno de los dos y televisión por cable (por supuesto, tengo un “paquete” que “ahorra”) durante tres semanas, con llamadas constantes de mis amigos (porque al no tener teléfono fijo no puedo llamar al “104” de Movistar) hasta que finalmente, la llegada de uno a alguien con una buena posición logró el “milagro” y un técnico vino y detectó que era un problema del equipo que la compañía tiene en el edificio (no sé cuál sea) y lo arreglaron al día siguiente.  Luego volvió a suceder con el teléfono fijo e Internet y se volvió a las llamadas infructuosas; incluso un amigo se quejó en una radio local. La falla, que admitieron y por la que pidieron disculpas por aviso periodístico, ofreciendo no cobrar por el servicio no prestado (descontando los días de falla). Se corrigió el tema y en la semana que pasó ocurrió una vez más y ahora, escribo y como dije, no hay Internet ni telefonía fija…¡nuevamente!

 

No se trata únicamente de “se fueron los servicios de teléfono fijo e Internet”, ni de ver los avisos que la compañía pidiendo disculpas “por los problemas causados”, ni de la promesa de devolver lo no usado del servicio por suspensión de este, con “un descuento al consumidor en el próximo recibo”.

 

¡Qué sucede con quienes requieren del teléfono fijo e Internet para desarrollar su trabajo? ¿Quién les compensa lo perdido no solamente en dinero, sino en confiabilidad y posibilidades? ¿Movistar se va a hacer cargo de eso? Ciertamente no, porque es algo “fortuito”, digamos como un terremoto o un tsunami; una especie de “evento de la naturaleza” y estos, por supuesto no son responsabilidad de la compañía.

 

Resulta sin embargo, que este “evento de la naturaleza” es de la naturaleza, sí, pero la de la compañía, de su propia naturaleza ineficaz e ineficiente. Es un suceso producido por el uso ineficiente de la tecnología que, entre otras cosas, produce la venta indiscriminada de miles de números celulares que son usados por la delincuencia; que ofrece velocidades de conexión a Internet que no se cumplen y sin embargo son publicitadas; que deja sin posibilidades de interconexión a miles de personas, a familias enteras, afectando economía y negocios.

 

Nadie va a responder, es tristemente cierto y “las cosas van a quedar ahí”; sin embargo, me pregunto por cuánto tiempo un ciudadano y miles de ellos vamos a seguir aguantando lo que a todas luces es maltrato basado en una posición de dominio del proveedor sobre el consumidor…

 

Se argüirá que la compañía “da trabajo” y “promueve el desarrollo” pero son el trabajo basado a veces en “services” sin ninguna responsabilidad final ni aparente capacidad de respuesta y un desarrollo que me da verdadera vergüenza.

 

Es tremendo que frente a grandes problemas nacionales como el lavado de activos, la delincuencia, la minería y la tala ilegales, el narcotráfico o la trata de personas  por solo nombrar algunos, me ocupe de un tema como este, que seguramente es visto como “menor”, pero si seguimos tolerando que se abuse de nuestra paciencia en “pequeños” problemas como este, ¿qué estará pasando con lo demás…?

 

 

DESPARAMPAMPÍNGULIS.


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Una palabra sonora en realidad que para mí siempre estuvo asociada a lo grande. “¡Es el desparampampíngulis…! quería decir algo como el “no va más”. Definitivamente inventada, puedo tratar de seguir su huella hasta mi adolescencia y quizá la escuché de alguno de los amigos; de pronto, si alguno de ellos lee este post, la recuerda…

 

Debería, estoy seguro, escribirla entre admiraciones, pero su contundencia me parece que las hace obvias. Tal vez la puedo imaginar entre signos de interrogación al preguntar por ella.

 

Podrá parecer ocioso el ejercicio, pero me gusta jugar con las palabras y no es la primera vez que en este blog me ocupo de ellas; sobre todo de las raras, de las que no se usan, de aquellas a veces olvidadas o arcaicas.

 

No soy, ni mucho menos, un especialista, pero sí me gusta jugar con las palabras; buscar significados y a veces para ello, hacer una especie de arqueología, porque me siento muy feliz, como debe sentirse el arqueólogo cuando encuentra una pieza a la que le quita la tierra que la cubre y la encuentra en principio, hermosa.

 

Las palabras para mí son esas pequeñas maravillas que le dan nombre a todo y brillan siempre con luz propia.