LAS BESTIAS SIGUEN SUELTAS.


LA BESTIA.

Tienen nombres y apellidos o se esconden en la oscuridad y el desconocimiento de sus salvajes actos. Se sienten, se saben y son impunes.

Merodean para tacar a sus víctimas y luego huyen para merodear en otros lugares y conseguir víctimas nuevas que sigan alimentando su sed de sangre.

Cuando los atrapan, dicen estar enfermos, haber actuado “bajo los efectos del alcohol”, haber reaccionado “solo con una cachetada” o desconocer qué les había pasado.

Pegaron, acuchillaron, quemaron, desfiguraron, arrojaron ácido al rostro o masacraron a mujeres cuya falta fue no querer volver a entablar una relación que era tóxica, echarle “mucho ají a la comida”, servirla no lo suficientemente caliente, muy caliente o no del gusto de la bestia.

Son agredidas delante de sus aterrados hijos pequeños y cuando tratan de denunciar, en las comisarías hay policías que no les reciben la manifestación o tratan de convencerlas que no presenten denuncia “porque le van a arruinar la vida a él”, las ignoran o les dicen que “arreglen su líos de pareja”.

Si interviene la fiscalía, muchas veces se efectúa una deficiente argumentación y en el poder judicial, las lesiones físicas son consideradas “menores” “no se encuentra méritos”, las pruebas son desestimadas y finalmente a la bestia, si llega a ser juzgada, se le aplica “prisión suspendida” o se le da la libertad plena.

 

Las bestias están libres porque quienes tendrían que colaborar para que estén de por vida en la cárcel, reciben sobornos, miran para otro lado, tienen un falso “espíritu de cuerpo” o son de una incompetencia delictuosa.

 

Alguna vez dije y me reafirmo, que la solución no es matar a las bestias sino encarcelarlas de por vida para que sean cadáveres vivientes.

¡Que no haya ni una víctima más!

LA ESTACIÓN.


TELEFONO NEGRO.

 No, no se trata de “La Estación de Barranco” o la estación de bomberos. Es la Estación de Taxis que estaba en Barranco – si no me equivoco – al lado de la residencia de la embajada española.

Con su pequeño poste rematado en un letrero redondo donde aparecía la palabra “Taxi” y el número telefónico del aparato negro que estaba en una casetita de cemento que se cerraba con candado cuando no había nadie; dos o tres automóviles se estacionaban en medio de la tranquilidad, mientras sus conductores lustraban los vehículos o conversaban en espera de la llamada de algún vecino que quería “una carrera”.

 

En estos tiempos de Uber Taxi, taxis piratas, taxis formales y fono-taxis, no sé si existen estaciones de taxi en alguna calle. Por lo general, parece que los taxistas (¡hay tantos!) prefieren recorrer la ciudad a la caza de pasajeros, que esperar llamadas de clientes que buscan “algo conocido” para transportarse seguramente.

Con esto no quiero decir que abordar un taxi sea inseguro, pero siempre es preferible alguno que se conozca o del que se tenga referencia.

 

Estoy viendo en ese cinema retrospectivo que es la memoria, a los autos grandes, brillantes y negros aguardando alguna llamada que los haría partir en misión taxística; eran conocidos los integrantes del comité y uno los llamaba por su nombre. Formaban parte de esa gran familia compuesta por el chino “Perico”, “María Félix” la vendedora de “La Popular”, “Don José” el periodiquero, el “Maestro” Tapia electricista eximio y conductor del funicular en los veranos… ¡Gran familia, pequeño balneario! Tal vez ya no tan pequeño como el de “La Casa de Cartón”, pero diminuto y amigable, por lo menos más que el Barranco de hoy.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SU PROPIO ROLLO.


VERBORREA.

Hay gente que no escucha, no oye. No es que sean sordos funcionales, sino que lo son in mente, in pectore o qué sé yo.

Tienen su propio rollo, su discurso privado que no acepta ninguna intromisión, que no tiene pausas…

Dicho de otra manera, están cerradas a cualquier sugerencia y pasan por alto lo que pudiera cortar su expresión.

 

A veces pienso que es como querer hablar con una grabación, de esas que te dicen que debes tanto a tal, que te vas a quedar sin línea telefónica o que agradece tu llamada y que te pide esperes a que te atiendan, para repetirse una y otra vez, sin que nadie “real” te responda.

Son como ciertos congresistas,   que hablan tanto que su tiempo se cumple, les apagan el micrófono y simplemente siguen hablando “en off”.

 

Conozco más de una persona que es así, a la que una vez que empieza, no le entran balas y continúa hasta que su pretendido interlocutor, convertido en oyente, se da cuenta que el blindaje es como el de un barco acorazado o el de un tanque de guerra y desiste.

Tal vez sea eso lo que esas personas quieren; solamente sentar sus dogmas y que estos sean acatados “sin dudas ni murmuraciones”, en el mejor estilo castrense.

Llamémosle intolerancia, aunque no crean que lo son, sino que el resto no les lleva el amén.

 

 

Tienen su propio rollo y viven ajenos a los demás.

 

VOLAR O RODAR.


 

AVIÓN DE JUGUETE El carrito tenía ruedas, como todo carrito de juguete que se respete, pero el niño, cogiéndolo con la mano, lo movía en el aire, simulando que volaba.

 

El avión de juguete tenía alas, pero el niño lo desplazaba solamente por el suelo.

 

Cuando creció, únicamente viajaba en automóvil porque volar le producía temor.

 

Desde siempre le gustó tener el control de las cosas.

AUTO DE JUGUETE.

 

 

OTRA VEZ, LA MÚSICA.


 

AMANECER.

A veces pienso que es una manía que me ha venido con la edad, pero es que todos los días empiezo mis mañanas con el mismo canal de YouTube (Classical Venice Music Vol. 01 by Caffè Concerto Strauss | Venezia | Venedig | Venetian |

dancingcitytv), tanto que le dije a Alicia que me disculpe por poner siempre la misma música; es que, confieso, no me canso de escucharla. He intentado con muchas otras alternativas, con Chopin, con Beethoven, con algo de jazz o música pop. Vuelvo siempre a lo mismo. Escucho mientras trabajo en la computadora escribiendo los artículos diarios con los que colaboro. Mientras sigo revisando correos, Facebook, noticias y respondiendo a lo que haya que responder. Escucho lo mismo de lunes a viernes; el sábado y el domingo son otras mis escogencias musicales. Después de escribir, la música que escucho va variando y trato de que siempre sea orquestada.

Sé que hay múltiples alternativas para elegir, en YouTube, mis CDs, a veces radio en una emisora de música clásica, Spotify, una aplicación que me permite elegir artistas de la música (Music Songs Player) o tanto más que el ciberespacio ofrece.

Diría que tengo toda la música a mi disposición, pero es precisamente esta selección con la que mi día empieza y es casi una hora y media de música placentera continuada.

Repito que de pronto es una manía y el maniático no se da cuenta de ello pero me gusta, me siento bien y agradezco que mis mañanas, de lunes a viernes, empiecen de esta manera.

Tal vez parezca tonto que escriba sobre algo así, que resulta tan personal y seguramente insignificante, pero es que como dice la canción del grupo ABBA, “¡Gracias por la música!”.

 

 

EL RELOJ


reloj-cuco-casa-selva-negra

En la casa de Barranco había un reloj cucú.

Era todo de madera, las pesas que balanceaban su maquinaria eran dos de metal fundido en forma de piñas de pino, alargadas y pintadas de dorado viejo

A las seis, a las doce, a las seis de la tarde y a las doce de la noche, sonaba un carrillón y se abría una puertecita por donde salía el pajarito cucú pintado de celeste, con el pico naranja, que cantaba mecánico: “Cucú-cucú-cucú…” No recuerdo bien si en cada salida cantaba seis y doce veces, según la hora.

Era un reloj suizo, tenía forma de casita (lo que ahora imagino que sería un chalet suizo), con una pequeña barandita.

 

Me fascinaba el reloj y esperaba siempre las horas en que salía maravillosamente, el cucú suizo a cantar.

Mi padre, creo, le daba cuerda con una llave y ajustaba las pesas, lo que a mí me parecía algo mágico y sería porque era inocente (casi digo tonto) porque nunca se me ocurrió asociar al simpático pajarito cucú (tan parecido, pienso ahora, al que personifica Twitter) con el terrible cuco, cuando son lo mismo.

Me hubiera parecido muy extraño que en el comedor de la casa, viviera algo a lo que había que tenerle miedo, que era puntual en su tarea de cantar cada seis horas y resultara simpático y divertido.