PRISCILLA


ARDILLA

La ardilla bajaba por las ramas del árbol en busca de comida; corría deteniéndose al menor ruido, como alguien que nervioso, tema que lo descubran. Se había acostumbrado a acercarse a las mesas exteriores del café y a que los parroquianos la alimentaran.

Era una especie de mascota y habitualmente aparecía por el lugar, provocando la sorpresa, el interés o la complicidad de los que allí estaban; el único mozo, al comienzo de sus apariciones trató de espantarla, pero fue en vano, porque ella volvía como diciendo que tal vez había perdido una batalla, pero la guerra, que al fin ganó, era cuestión de resistencia.

Un día, vino a tomar café un señor que trabajaba en una dependencia del ministerio que tenía a su cargo el cuidado de la fauna silvestre y vio a la ardilla que merodeaba en busca de su alimento diario; le dio unas migas de pan y sonrió de la confianza que el animalito demostraba. Al poco tiempo regresó el señor con dos más: pidieron café y sándwiches.

La ardilla, como era su costumbre, bajó para que algo le dieran y se acercó a comer pero no pudo hacer nada porque le cayó encima una tela que la envolvió para que pudieran pasarla a una bolsa.

El señor comentó después que habían salvado a una ardilla más para devolverla a su hábitat natural. Los habituales del café y Matías, el mozo, nunca más volvieron a saber de Priscilla, como le habían puesto a la ardilla, que resultó ser macho.

DESPIDIENDO AL VERANO


PLAYA

Era aburrido.

Algunas moscas después de volar un poco delataban su presencia dándose encontronazos con los vidrios.

La mente de los veinticinco alumnos volaba lejos, hacia el verano que acababa de terminar, las vacaciones y la playa.

El run-run de la voz del profesor adormecía la tarde, porque una clase a las tres p.m. era invitación a soñar y dormir.

Sabían que no pasaba nada y que ninguna emoción los sacaría de esa modorra en cierto modo cómoda, salvo que la clase no era el mejor lugar, porque aunque alguno se pusiera con los brazos cruzados y la cabeza entre ellos sobre la superficie para escribir de la carpeta, no era como estar indolentemente echado en la cama…

Era aburrido y faltaba mucho para la salida, sin ninguna esperanza de cambio. Era injusto estar en el colegio cuando el verano recién se despedía y algún calor quedaba para cocinar en la memoria la diversión vivida.

Injusto y aburrido: dos condiciones que siempre se asociaban al colegio y ninguno imaginaba lo que sucedería.

Tocaría vivir.

EL APU


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La montaña estaba ahí.

Era una presencia amenazante por las noches, sombra fresca en las mañanas en las que el sol quemaba y se las luces del atardecer la volvían montaña, real, y más cercana.

Había visto como a sus pies se asentaron los hombres y era testigo de sus afanes por conseguir que la tierra diera fruto; sabía que en el fondo le temían, hablaban de ella en secreto y miraban hacia arriba buscando señales en su cima.

La montaña, orgullosa, nunca había sido hollada por nadie, hasta que unos hombres llegaron para hacer huecos buscando en sus entrañas hasta dar con las venas, que ellos llamaban vetas y extraer las piedras amarillo brillante.

Un día no pudo aguantar más y tembló. Los derrumbes cegaron huecos y arrasaron vidas.

Desde entonces se habló entre los hombres de la profanación del dios y por siempre la dejaron tranquila.

 

CENTRO COMERCIAL


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En el centro comercial, él se quedó mirándola fijamente.

Ella, que estaba con su hija de unos veinticuatro años, no se fijó hasta que Elena le dijo: “¿Qué tanto te mira ese señor…?”.

Ella le respondió, “Le llamará la atención que nos parezcamos tanto…”.

Eran como dos gotas de agua.

Él recordó que se había enamorado perdidamente y que fueron un par de años maravillosos. No se atrevió a hablar, aunque se dio cuenta que la chica había advertido su mirada y cuchicheaba con su madre.

Él saludó con la cabeza y nunca supo si ella no lo reconoció o no quiso hacerlo. La enfermera empujó la silla de ruedas hasta que entraron al supermercado.

EL INCRÉDULO


INCRÉDULO

No creía en nada de lo que le decían si no lo comprobaba.

Le decían Tomás o “El mellizo”, como llamaban a de uno de los doce apóstoles.

Ver para creer” era su frase preferida, su consigna casi.

Nunca creyó lo que le trataron de enseñarle en las clases de religión en el colegio y con el tiempo se hizo ateo.

No creyó cuando le dijeron que tuviese cuidado antes de que bajara al fondo del pozo donde al parecer había un atoro, porque posiblemente había gases tóxicos peligrosos.

Se secó el sudor de la cara porque hacía calor, hizo un gesto de desdén y bajó.

Al rato lo subieron, pero era tarde, porque cuando llegó al hospital estaba muerto.

 

PAISETE


DESPRECIO

 No somos un país de sainete.

Pero a veces parece que hiciéramos los méritos para ser motejados despectivamente. Como cuando un Procurador presenta como prueba una carta y no ha verificado, vía examen pericial, si es auténtica. Como cuando a la candidata que perdió las elecciones presidenciales le da una pataleta y no acude a saludar al ganador. Como cuando una jueza libera, a pesar de las pruebas, a unos delincuentes y les da “comparecencia”, sabiendo que nunca asistirán a las citaciones. Como cuando un congresista jura “por Dios y por la plata” durante su investidura pública. Como cuando el alcalde de Lima borra con pintura amarilla (color de su partido político), murales que existían en las paredes de la ciudad. Como cuando un candidato a la presidencia es acusado de plagio por el autor de un libro, que efectivamente escribió. Como cuando hay congresistas electos están investigados por lavado de activos que, evidentemente, buscan la protección de la inmunidad que da el congreso. Como…

La lista de la vergüenza es interminable y parece que los peruanos hubiéramos comprado todos los boletos para la rifa del mote más despectivo. ¿Por qué?