LA BATALLA DEL ESPANTO


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 Ciertamente esta no es la célebre batalla de Lepanto, en la que se enfrentaron los turcos otomanos y una alianza entre España, Venecia y la Santa Sede allá por 1571. El lugar fue el golfo de Lepanto, situado en la Grecia Continental, entre el Peloponeso y Epiro. Allí ganó su sobrenombre (“el Manco de Lepanto”) Miguel de Cervantes, quien perdió un brazo en el combate…

Definitivamente la batalla final de estas elecciones en el Perú no tiene esa enorme trascendencia histórica, pero sí significa para el país un enfrentamiento en el que en vez de galeras y cañones, se usa todo lo que sea posible y que pueda dañar al contrario, sea esto lícito o no.

De un lado y de otro llueven los insultos y las acusaciones. Definitivamente las propuestas pasaron a un discreto segundo plano y parecen importar mucho más las actitudes, que en algunos casos son matonescas. Esa matonería que proviene de sentirse ganador e impune por lo tanto.

Mientras tanto, el en pueblo peruano que mira esto desconcertado, se toma partido y se polariza la opinión.

No tienen lugar los argumentos pensados ni lo que los avale sino las frases más o menos desafortunadas que buscan enardecer o herir.

El país se parte, en una división más, sin ningún beneficio para quienes deberían gozar de ellos; solo parece ser carne de cañón que alimenta los fuegos de una guerra absurda.

Prefiero pensar que la batalla de Lepanto fue ganada por la coalición, y en esta, en la de ahora, la que está terminando en muy pocos días, la del espanto que digo, no participa ninguna gloria.