LA HORA DE ALMORZAR


 

LA UNA. 

Lo escribí alguna vez: la hora de almorzar era la “Hora del Almuerzo”. Mucho más que sentarse a una mesa y consumir comida; mucho más que comer cualquier cosa a los apuros; muchísimo más que una pausa en el trabajo o un alto en la tarea.

Era el momento en que diariamente se reunía la familia y compartía, no solamente la comida, sino el estar juntos, el ser esa pequeña célula social, esa especie de pequeña compañía que lo podía todo. Poco a poco se fueron relajando las costumbres y se fue yendo la gente, porque unos se morían y otros se iban lejos; la costumbre fue desapareciendo y a veces se comía un sándwich en la oficina o se iba a un restaurante cerca de ella para no “perder tiempo”; la “Hora del Almuerzo” con mayúsculas y significado fue desapareciendo y se convirtió en una hora más, por casi nadie compartida.

De pronto, con el tiempo que ha pasado, la “Hora del Almuerzo” ha regresado y hace unos años somos dos los que religiosamente nos sentamos a la mesa a eso de la una de la tarde. Damos gracias porque tenemos qué comer y pedimos por los que no lo tienen. Luego, Alicia y yo no es que hablemos un montón, pero sentimos que estar haciendo lo mismo nos une un poquito más.

Somos dos y tratamos de respetar siempre ese instante común; de pronto, en medio del tráfago de los días parecerá una tontería, pero para nosotros resulta importante. Tal vez sea el recuerdo de su casa y la mía; el de otros tiempos que, mirados desde lejos, nos parecen mejores. No lo sé, pero esta aparente banalidad me parece importante.