PISCINA


fotos de gotas de sangre

 Sus ocurrencias siempre tenían como víctima a alguien que era apocado; acechaba el momento y parecía que un resorte lo impulsara a actuar. Se reía y su risa provocaba las risas del coro que siempre lo acompañaba, esperando la broma, casi siempre pesada.

Esa tarde empujó a un gordito de anteojos que estaba distraído, a la piscina del colegio. El gordito acababa de vestirse y manoteó desesperado, cayendo desmañadamente al agua.

De pronto el ocurrente resbaló y golpeó su cabeza contra el borde de la piscina; el sonido que hizo calló al coro que todavía reía del gordito.

El gordito, miope y desconcertado trataba de salir de la piscina agarrándose al borde justo al lado de la cabeza rota del ocurrente que sangraba.

 

78 rpm


DISCO 78rpm

Los había encontrado de casualidad.

Eran cuatro discos de 78 rpm, con una “Historia del jazz”, título presuntuoso, pero que escondía algunas piezas musicales que eran inhallables; por lo menos así lo creía.

Tenía discos modernos, con orquestas que tocaban maravillosamente bien, pero una y otra vez escuchaba su tesoro y lo mostraba a los amigos que alababan ese sonido que venía del tiempo.

Una noche regresó a la casa y después de comer, se sentó en su sillón preferido y se dispuso a escuchar: ¿será “Maple Leaf Rag” o “Just a Closer Walk With Thee”? Preparó la escobilla con superficie de terciopelo verde, destapando la caja de plástico que la protegía, para limpiar de pelusas el disco que elegiría.

Buscó el maltratado álbum pero no estaba. Siempre lo dejaba en el mismo lugar; se notaba a primera vista, porque era un poco más chico que los discos de 33rpm que se amontonaban en un par de anaqueles.

¿Qué buscas?” dijo su madre. “Mi Historia del Jazz” respondió él. “Unos discos antiguos que oigo siempre”, completó. Su madre, sin inmutarse, comentó: “¿Unos discos viejos? Los regalé a los Traperos de Emaús, con una lámpara rota y los periódicos usados; pensé que no servían.” Él supo que de nada valdría protestar. Había perdido para siempre un pedazo de su historia.

CAMINANDO ENTRE ESTRELLAS


Estrellas-De-Noche

Aprendió de su abuelo a ver en las estrellas caminos que señalaban el futuro. Arriba en el cerro, todas las noches se sentaban juntos y él iba enseñándole.

Alguna vez preguntó: “¿Las estrellas desde cuándo son estrellas?”; el viejo dijo: “Desde siempre y hasta siempre”. Ella se quedó pensando y volvió a preguntar: “¿Cómo pueden mostrar caminos diferentes? Si existen desde siempre y son para siempre ¿no estarán repitiendo los caminos? ” “Es que siempre pasan las mismas cosas, adelante y atrás” habló él explicando. Hubo un silencio y la niña replicó: “¿Entonces es igual mañana que ayer?” “Hay muchas estrellas” contestó el abuelo. “Y muchos caminos, no importa que se repitan” pensó ella.

Y siguieron mirando a las luces que parpadeaban en lo alto.

LOBIZÓN


LOBO

Era el sétimo hijo de un matrimonio que había perdido dos.

Su vida transcurrió sin ningún contratiempo hasta que le llegó la adolescencia; un martes, después de su cumpleaños, lo cogió el anochecer en el camino de vuelta a su casa. De pronto sintió algo extraño; era una fuerza rara que se apoderaba de él. En su cerebro todo se dio vuelta y de pronto, lo que era un muchacho de regreso al hogar se convirtió en un animal: un lobo, para ser exactos.

Miró a todas partes y vislumbró unos matorrales espesos; asustado, decidió esconderse detrás para que no lo vieran y porque no podía, pensó, siendo lobo volver a la casa donde nadie lo iba a reconocer.

Se acurrucó para esperar, no sabía bien qué y se quedó dormido. Despertó con el amanecer y creyó que había sido un sueño, pero estaba desnudo y tiritando. Se levantó entre curioso y desconcertado.

Contaría un asalto de ladrones en el bosque para justificar su desnudez. Encontró su camisa hecha jirones y se cubrió como pudo. Lo que no había notado es que sus ojos, que le ardían, estaban brillantes y despedían luz. No sabía tampoco que el viernes volvería a pasarle y se convertiría en lobo otra vez, repitiendo el ciclo que ninguna bala acabaría. Solamente un cuchillo terminaría con la maldición, matándolo, por supuesto.

A LA HORA SEÑALADA


EXPLOSIÓN 1

Le parecía que la “Hora del Planeta” era una tontería y él no apagaría las luces ni dejaría de usar su computadora.

Ese día, a la hora indicada, estaba viendo un programa de noticias en la televisión, cuando una explosión estruendosa lo remeció todo; las luces parpadearon, la pantalla cambió de inmediato a una especie de lluvia gris y las palabras se convirtieron en siseo.  Desconcertado, trató de levantarse.

Hubo una segunda explosión y luego se hizo el silencio.

En el espacio, los restos de la Tierra se dispersaron en todas direcciones.

EL HUECO


HUECO

 En la pista el hueco fue creciendo y los vehículos lo esquivaban o pasaban por encima, golpeando; algunos irremediablemente inutilizaban sus amortiguadores o caían en él doblando aros y destrozando llantas. Se había iniciado como una fisura; luego fue una rajadura grande para volverse ese hueco maldito que estorbaba al tránsito, provocaba accidentes y era indiferente para los que se suponía debían arreglarlo.

Lo que nadie sabía es que era la ventana por donde observaban unos ojos curiosos desde abajo. Cuando por fin se decidieron a reparar la pista, rompieron y encontraron que el hueco era profundo. Rellenaron con piedras, taparon con cemento y pusieron un parche a la carpeta asfáltica.

Abajo se hizo noche y los ojos curiosos perdieron su ventana.