PLAGIO


ENMASCARADO

 Todo era de otros. Había tomado de aquí y de allá para construir su vida. Lo único verdadero (y en realidad no se acordaba) era su nombre.

De acuerdo a sus necesidades fue inventándose, pero no con imaginación, sino imitando. Una cosa llevó a la otra y la maraña que había tejido parecía una hermosa tela.

Un día se sintió raro y busco la peor enfermedad, aquella que llamaría la atención y se la adjudicó. Todos le tuvieron compasión y decían que no había dicha completa y que sin salud, la riqueza no valía nada…

Su papel, copiado, por supuesto, fue entonces el de un luchador que vence adversidades.

No pudo escaparse de plagiar. Su última gran copia la cometió al final: dejó de respirar, como lo hacen todos.

PASAPORTE GUINDA


PASAPORTE GUINDA

 A despedirlo asistieron cinco, entre ellos el que fue su chofer. Los asientos en el vuelo de clase turista no eran muy cómodos y tenía las piernas ladeadas para que sus rodillas no chocaran con el espaldar del de adelante.

Dejó volar su imaginación a las despedidas multitudinarias de antes, con gritos y cordón de seguridad que impedía que se le acercaran demasiado. Recordó que al llegar a cualquier sitio lo recibían obsequiosamente y pasaba controles sin hacer un trámite; nunca supo de aduanas.

Aterrizaron después de un viaje que se le antojó interminable. De la cinta de equipajes, rescató sus dos maletas, las puso en un el carrito y lo empujó hasta llegar a un mostrador pequeño. Le hicieron seña para que siguiera sin abrirlas hasta el control de pasaportes, un poco más allá.

El funcionario lo miró, miró el documento nuevo y después de hojearlo rutinariamente, estampó un sello.

No dijo “¡bienvenido!” sino que pasó al siguiente.

Recuperó el carrito con las maletas que estaba a un lado y caminó hacia la puerta de vidrio. Detrás había gente que miraba curiosa. Buscó el rostro conocido de su mujer y no lo vio.

Fue hacia la salida empujando el carrito entre los que esperaban, y escogió un taxi; pidió en su mejor inglés: “To the First Hotel, please” y dentro del auto esperó que las maletas fueran acomodadas atrás. El chofer subió y dijo “Hundred”, poniendo la llave en el contacto y mirando adelante. “OK, go”, respondió.

El trayecto le pareció corto para el precio, al llegar a una construcción que abría su escalera ancha sobre la vereda; frente a esta el taxi se detuvo. Bajaron las maletas y pagó. El taxista miró los dos billetes y pidió: “Tip”. Él dudó pero agregó un billete de veinte. Cogió las dos maletas y subió la escalera; como cuando salió y llegó, no había nadie que le ayudara. Se sentía cansado…

Entró a un salón que le pareció frío y solitario, con la recepción al fondo y cuatro sillones con mesita, casi al medio, sobre una alfombra pequeña. Cruzó hasta la recepción y el empleado sonrió.

Él sacó su pasaporte y lo entregó; pasó un momento mientras le dieron una tarjeta para llenar. “Cash” dijo cuándo le indicaron las opciones de pago.  No tenía que explicar que no tenía tarjetas de crédito para que fuera más difícil rastrearlo.

El empleado hizo una anotación y del casillero que estaba detrás sacó una llave y un sobre: se los entregó.

Él abrió el sobre que tenía su nombre escrito con la letra de su mujer; dentro había un papel que decía:

 

No te voy a esperar; lo he pensado bien.

                       Todo termina aquí.

                        Me llebo el maletín.

                        Yvón.

                        15 de agosto.

 

Se fijó en la falta de ortografía y que el nombre de su mujer estaba escrito como ella dijo siempre que era. La nota era de hacía cuatro días; volvió a leer el papel antes de arrugarlo y terminar de entender que ya era una persona común, con problemas comunes y sin ningún futuro.

ESPERE


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Le habían dicho que esperara, cuando cortésmente volvió a preguntar un tiempo prudencial después, le dijeron que esperara. Fue lo que le dijeron a lo largo del día y al día siguiente y la siguiente semana. Preguntó a otra gente y todos estaban en situación igual: había que esperar.

Se fue pasando el tiempo y él siguió esperando. “De pronto hoy es el día” se decía a sí mismo cuando apenas abrían y se ubicaba paciente en el lugar de siempre; pero no sucedía y había que volver. Transcurrieron los años y la vida se le fue marchitando, hasta que lo llamaron: él se alisó el cabello y lentamente se acercó al escritorio.

Cuando lo tuvo al frente, disparó al secretario.

“Ya no importa, hoy es viernes”, pensó, cuando se lo llevaron.

BUTIFARRAS DE VERANO


BAÑOS DE BARRANCO

 Las butifarras (ese pan con jamón del país y salsa criolla (para mí sin lechuga, por favor) me recuerdan a los mediodías de verano en que salíamos de los Baños de Barranco rumbo a casa y antes de irnos íbamos religiosamente a comer una generosa butifarra y a tomar una gaseosa en el establecimiento que expedía comidas, sándwiches, tortas, bebidas y para los “mayores” cerveza o un chilcano.

Maravilla que un alcalde decidió demoler para dar paso a un “progreso” que nunca vino y dejar inútil el funicular que llevaba y traía veraneantes con su magia de bajar y subir el acantilado…

En mi memoria no hay otras que se les parezcan, porque estas tenían el sabor especial de la libertad, el sol y el mar; ese sabor que no está en ningún sitio, salvo en el recuerdo.

Escribo, porque la foto de los Baños de Barranco me la envió Arturo, mi amigo y al verla, la máquina del tiempo me llevó a esa playa de piedras, a la infancia, a meterse al mar agarrado de una soga; a la orquesta que tocaba mientras las olas mansas mojaban los maderos y vigas de algo hermoso que ya no existe.

CANOSITO


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 Entre las historias que María Vázquez me contaba cuando estaba chico, prefería aquellas donde participaba “Canosito”, un personaje que no por inventado era menos terrorífico. Y no es que fuera monstruoso ni particularmente horrible, porque María nunca me lo describió físicamente pero eran sus acciones y el que apareciera en ciertos lugares y circunstancias lo que me hacía sentir un miedo que consideraba delicioso. Al fin y al cabo, allí estaba María con su ingenuidad cajamarquina, para protegerme, sentada a los pies de la cama.

Muchos años después, al leer a Lovecraft, comprendí que el temor a lo desconocido me lo enseñó María cuando contaba sus historias, porque en el fondo, lo que sucedía en ellas, de pronto para no aterrarme con materializaciones como la calavera, los fantasmas u otros, solo lo sugería: nunca supe cómo era “El Canosito”, aunque me diera miedo.

SIN TERMINAR DE LEER


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El torturador sabía que tenía que ir temprano, o sea que puso el despertador a las 6.00 a.m. Dejó preparada la ropa para cambiarse después del duchazo mañanero y leyó un par de páginas del informe. Decidió que era mejor dormir.

Apagó la lamparita azul de la mesa de noche y por un momento el cuarto estuvo a oscuras. Después, el brillo tenue de los números y las manecillas del reloj fue lo último que vio antes de cerrar los ojos.

Cuando sonó, no hubo una mano que tanteara deteniendo la alarma. Sobre el suelo estaba en informe, cuya carátula decía: “CONFIDENTIAL”.

Nunca se levantó de la cama, porque los muertos no caminan.