CAMBIO DE SUERTE – ETREUS ED OBIMAC


SUERTE
Decidió no decir nada.
Llegó al departamento que compartían, dijo “¡hola!” y se metió al baño. Se miró en el espejo y sonrió. Allí estaba, tras todos esos años de soñar, sonriendo a su imagen, con la cabeza dándole vueltas a mil por hora a un agolpado montón de pensamientos que se podían resumir en uno solo: ¡Pronto libre para hacer lo que quiera!” En el bolsillo del pantalón tenía el billete de lotería que compró hacía quince días y que esa mañana cotejó sin esperanzas.
Tuvo que ver varias veces el aviso y recorrer minuciosamente los números que componían el conjunto. ¡La cifra ganadora estaba en su boleto! Era de no creerlo: ¡Diez millones de golpe! ¡Para él solo!
Miró a todos lados, se puso el boleto ganador después de besarlo, cuidadosamente doblado, en el bolsillo y decidió tomarse un trago. Entró en el primer lugar que encontró y prefirió pedir un café, porque era temprano y solo los borrachos toman a esas horas.
Sentado, con el café caliente delante, le puso dos cucharadas de azúcar e intentó tranquilizarse. Distraído, no lo removió con la cucharita y al intentar tomarlo, además de quemarse, le supo amargo. Se acordó de la canción “La plañidera” que dice en una parte “Y el café más amargo que ayer…” Sonrió y pensó que el café era dulce. Mucho más dulce que nunca antes.
Finalmente, luego de un rato de dejar volar la fantasía, sin terminar el café que estaba frío, pagó y caminó al departamento.
Luego de mirarse al espejo, se sentó en el inodoro, con la tapa cerrada y se puso otra vez a pensar. ¡Era millonario y eso hacía una gran diferencia! Podría empezar de nuevo, desde cero, abandonando su vida vieja y gris; buscando otro lugar, tal vez otra mujer… ¿Otra? ¡Para qué una solamente si las habría a montones con el chorro de plata que tenía! Se iría del departamento y por fin dejaría para siempre de ver a Irene.
Irene, que a esa hora seguro estaría levantándose para calentar agua. ¡Irse! ¡Dejar a Irene! ¡Empezar! ¡No escuchar más la cháchara ni soportar silencios!
Antes de salir jaló la cadena del inodoro, para guardar las apariencias. Irene estaba en bata echando agua del calentador al termo rojo. “¿Y, te pagaron?”, preguntó sin mirarlo; “no” dijo él y callaron los dos. Se fue a la salita a sentarse en el sofá con el diario en las manos, simulando leer; ella, con una taza humeante fue al dormitorio. Igual que ayer, anteayer e igual que hacía mucho tiempo. Sería lo mismo que todos los días: la vida de un desempleado y su mujer. Con años de matrimonio a cuestas, con discusiones esporádicas, con malos mohines, rabias contenidas, miradas desafiantes; sin hijos ni una ilusión cualquiera. Un matrimonio que no se deshacía por temor mutuo o porque a veces la rutina hace de lo insufrible algo posible de vivir.
Pero para él, a partir de hoy, todo cambiaba. Lo que tenía que hacer era cansarla. Ir soltando el torrente, decir cosas y no aceptarle nada. Era cuestión de días… Se perdió entre las nubes de unos ensueños cada vez más lejanos y supo que esperaría para dar el gran golpe.
Decidido a aguardar, no cobró el billete, ni lo sacó de su bolsillo.
Una mañana, al buscarlo para asegurarse de que estaba doblado y guardado, su mano tanteó en el vacío. Dudó y buscó en el otro bolsillo, luego en los dos de atrás. Vació su billetera y solo halló papeles y un almanaque viejo.
Asustado, se animó a preguntarle a Irene si no había encontrado un papel… Ella dijo que no; que nunca rebuscaba en sus bolsillos, que seguro lo había hecho caer.
Él se sentó en el sofá y se cogió la cabeza con las manos. Su sueño de libertad había huido; en realidad se había roto y todo parecía haber sido eso: un sueño. Un sueño convertido en horrible pesadilla.
Le costó resignarse; de soñador millonario pasó a ser el gris desempleado de siempre, cada vez más hundido. Cada vez más callado.
Ella siguió increpándole y preguntando cada vez que él volvía de la calle, si le habían pagado, porque ya no tenía dinero, ni nada que vender…
Hasta que un día, al regresar, halló un sobre a su nombre y al abrirlo encontró una carta que con tono oficial, anunciaba que Irene le pedía el divorcio. Releyó incrédulo lo escrito y supo de golpe que ella había esperado a cobrar el billete de lotería que encontró en su bolsillo. Y no le había dicho nada.

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Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.

6 comentarios sobre “CAMBIO DE SUERTE – ETREUS ED OBIMAC”

  1. Siempre las temas de suerte súbita tienen detrás una tranquilizadora mirada del “hubiera”; lo interesante es que todos podemos cambiar y hacer de la rutina la más alucinante sensación de vertiginoso cambio….buen cuento Manolo.

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