CAMBIO DE LOOK


Aunque los cambios de apariencia son bastante frecuentes y el maquillaje, las pestañas postizas, el peinado y el color de cabello entre otras cosas suelen cambiar, la esencia es difícil que cambie. Las intenciones tampoco son fáciles de cambiar.
Recuerdo el cuento del escorpión que llega a convencer a la rana para que lo cargue en su lomo y puedan cruzar un río. La rana se niega, conociendo los antecedentes del bicho, pero tanto suplica y argumenta este a su favor, diciendo que en caso de picarla se ahogarían los dos, que el batracio cede. Sube el escorpión y cuando están en el medio del río, le dice: “Lo siento, está en mi naturaleza” y le da un aguijonazo mortal.
En Harvard, Keiko Fujimori ha elogiado el trabajo de la Comisión de la Verdad, reconoció “errores” en el régimen de su padre, dio su visto bueno a la Unión Civil y según otras declaraciones, se mostró a favor de una estatización que Alberto desbarató. El tema es si se le puede creer.
Su cambio de look está destinado, qué duda cabe, a convencer a indecisos y conseguir más votantes para llegar con holgura a la presidencia de la República. Pero el cambio de aspecto es superficial. Estratégico, que dicen; es una maniobra distractora.
Creo que vamos a ver más de un cambio de look para estos comicios, pero “la mona, aunque se vista de seda, mona se queda”, dice el refrán. Y eso es sabiduría popular.
MAQUILLAJE

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MELODÍA, RITMO Y BULLA


No soy músico y esto es lo primero que tengo que declarar.
Me gusta la música, sí, pero soy negado para ejecutarla, posiblemente porque nunca me puse a ello o por verdadera falta de condiciones personales. Mi madre sabía tocar piano, mi hermano mayor tenía una hermosa voz de barítono; a mi hermana, como siempre vivimos lejos, no recuerdo haberla oído cantar nunca y mi padre era sordo para la música; la escuchaba, pero no es que se desviviera por ella.
Debe ser que tengo parte de la herencia “no muy musical” paterna y heredé parte del gusto por la música de mi madre;
el hecho es que de chico no me dejaban cantar el himno nacional en el colegio infantil, porque “desorejaba a todos”, ya que además, inconsciente yo, cantaba con voz fuerte. Esta es una anécdota que ya he contado alguna vez; el hecho que, supongo, definió el modo canoro de auto percibirme; canoro, pero no musical, porque aunque desafinara, me gustaba la música. Escuchaba clásica en los discos de mi madre y después le tomé gusto al jazz, supongo que porque el ritmo de cierto tipo de esta música me atraía.
Y precisamente, creo, ampliando un poco aquí mis escuetas reflexiones hechas por correo a un amigo (que sí sabe de música), que lo que empezó por la armonización de ruidos y a lo que se sumó el ritmo, se ha ido degradando en parte y en un volatín ha vuelto al ruido sin armonía alguna. Es verdad que permanece el ritmo en sus muchas variantes, pero pienso que este es algo connatural al ser humano. Tal vez el ritmo sea pre música. Repito que de música no sé ni leer, ni escribir, ni interpretar; solo escuchar sé.
Pero de pronto, nos encontramos con sonidos extraños, donde hasta el ritmo falta y que pasa por música. Recuerdo que la primera vez que un primo mío, me hizo escuchar “música concreta”, no solo no entendí, sino que me pareció una colección de sonidos y nada más. El primo es semiólogo y famoso, con tesis en La Sorbona y todo. Mi incultura de entonces debe haberse acentuado, porque sigo sin gustar de ese tipo de música.
La música es un arte y todo arte, me parece que es aquel capaz de producir una emoción estética. No dudo que haya personas a las que la fórmula del ácido nítrico les provoque temblores de contento u otros que tengan un orgasmo cerebral con la raíz cúbica de 754. Cuando el arte, cualquiera que este sea, se deshumaniza, deja de serlo. Hablarán mal de mí los amantes de la música concreta, pero su gusto por ella “no me simpatiza”.
Ya sé que me he ido por las ramas, pero volviendo a los comentarios a mi amigo, tengo el convencimiento que el ritmo mecánico-electrónico de los secuenciadores musicales modernos hace lo que se llamaría “el trabajo sucio” en la música, porque consigue que las repeticiones rítmicas (sonoras) necesarias se reproduzcan interminablemente. Una especie de loop sonoro que puede durar indefinidamente. Eso es comodidad y ahorro a la hora de una grabación.
Me decía también este amigo, entre otras muchas cosas, que cuándo se habían convertido las regalías musicales más importantes que la música misma y yo le comentaba que tal vez los seres humanos tenemos una curiosa propensión a monetizarlo todo. La inspiración se convierte en dinero y este pasa a ser lo importante, no la que lo produce. En literatura, los “best sellers” son un ejemplo, donde el valor está en cuántos ejemplares de la edición se venden, no en la historia contada en sí; pasa también en la pintura, donde el mismo cuadro es repetido cada vez que alguien lo adquiere. Soy testigo de ello, porque en el Cuzco vi a un pintor vender varias veces el mismo tema (diría el mismo cuadro), porque “gustaba” y tenía éxito.
Creo que una máquina impresora lo haría igual o mejor (pero por supuesto, le quitaría el aire de “originalidad” al asunto).
Bueno, el tema es la música y otra vez hice pascanas, pero creo firmemente que hay que diferenciarla del ritmo y la bulla. Y mucho de lo que se escucha ahora es una cacofonía que quieren hacer pasar por música.
Digo, nomás.
MÚSICA

DONDE DESPEGAN LOS SUEÑOS


Vivo cerca de donde despegan sueños y esperanzas.
Desde donde salen en busca de futuros y al encuentro de pasados, miles de instantes que saben que el hoy será breve y prefieren mirar hacia adelante o atisbar por el espejo retrovisor.
Por sobre mi cabeza pasan ingrávidos pensamientos que pronto se pierden en el colchón de nubes grises que es el cielo limeño, dejando solo un eco que se apaga, porque baten sus alas cada vez más lejos.
También es el lugar donde toman tierra y regresan a la realidad cotidiana las ilusiones viajeras y los buscadores de mañanas mejores; llegan aquí los que traen en sus maletas calendarios de hojas arrancadas y palabras que hace tiempo callaron.
Cerca, lo adivinaron, queda el aeropuerto, que se da a conocer porque lo delata el ruido de los aviones que se van y que llegan. Y entonces uno imagina despedidas, lágrimas y mañanas posibles y alegría de bienvenidas abrazadas y ojos húmedos de ternura.
Entonces pienso en la canción “Encuentros y despedidas” de Milton Nascimento y sé que la vida, más que una estación de tren, es un inmenso aeropuerto desde el cual vuelan sueños y aterrizan vidas.
SUEÑO VOLANDO