NO PENSÁBAMOS EN MAÑANA


Hay una etapa de la vida (y para alguno muchas) en la que no se piensa ni siquiera en el día siguiente; qué digo, ni tan siquiera más allá del próximo almuerzo. El mañana es una especie de islote lejano que cubre la bruma y que como esas tierras fantásticas, desaparece en cualquier momento. Un espejismo, para ser precisamente impreciso.
No nos preocupa algo que no solo desconocemos, sino en lo que hasta flojera da pensar. El mañana es una especie de entelequia.
Sin embargo un día despertamos y encontramos que el mañana vino con todo, como un aluvión imprevisto, como un rayo en cielo claro. Hoy ya es mañana y nos damos cuenta poco a poco que hay muchas cosas pendientes, mucho dejado para ese mañana que se presenta impaciente y nos toca la puerta, pugna por entrar por la ventana y quiere convertir nuestra cómoda despreocupación en una urgencia.
El mañana postergado, barre como una riada furiosa y de repente pasan alborotados, instantes que se mantienen duramente a flote y de los que no nos percatamos nunca.
No pensábamos en el mañana y resulta que ya es tarde y no importa. Quisiéramos tenerlo todavía, porque el hoy no nos gusta, pero no se puede hacer nada.

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