TOBILLOS DE VERANO


Lo primero que vio de ella fueron los pies, calzados con zapatos que eran de una sola pieza de madera y tacón alto, con una tira de cuero que sujetaba el empeine. Estaba sentada a su lado en una conferencia que le resultaba lo suficientemente aburrida como para distraerse dejando vagar la mirada sin rumbo definido.
Siguió mirando las piernas morenas y torneadas que se cruzaban bajo una falda corta. Entonces reaccionó y la miró completa. Abstraída en la charla, atenta, difería totalmente de su desinterés. De pronto, ella lo miró, sonrió y él, apurado, le devolvió la sonrisa. No se atrevió a hablar y pasó un rato, hasta que ella se quitó uno de los zapatos con un movimiento de la pierna y agachándose, se cogió los dedos del pie, masajeándolos. “Me duelen un poco, ¿sabe?” dijo a modo de disculpa cuando advirtió que la miraba. “¿Zapatos nuevos?” Inquirió él, siguiendo el hilo de una conversación que le pareció sorpresiva. “Nuevos y todavía no me acostumbro a un taco tan alto y como todo es de madera, creo que el esfuerzo de caminar me está produciendo dolores…” La miró apreciativamente a los ojos y sonrió: “Bueno, en verano es mejor llevar zapatos descubiertos, pero no sé cómo pueden aguantar y caminar con esos tacos” “Perdóneme”, dijo ella, “no es el mejor lugar para frotarme el pie, pero creo que cuando termine la conferencia, no me quedaré al coctel. No voy a resistir parada mucho rato….Mejor aprovecho que estoy sentada y sigo escuchando…”
Era una invitación a callarse, pero su mirada, volvió de la figura del expositor que estaba tras el podio, a la que había vuelto, a mirar con disimulo los pies de la chica, que mantenía uno libre y lo frotaba lentamente contra la pantorrilla de la otra pierna. Se descubrió pensando que eran unos bonitos pies.
Los aplausos marcaron el final de la conferencia y él la miró y se sonrieron. Casi la ayuda a levantarse de la silla, pero reprimió el gesto; sin embargo no supo por qué, le dijo: “Cuide sus pies”.
Salieron y la perdió de vista. Mientras caminaba entre los que comentaban dirigiéndose al lugar del coctel, sintió que se había enamorado. Enamorado de unos tobillos bronceados y perfectos. Era verano, claro.

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