ELECTRICIDAD


CERCO

Levantaban el alambre más bajo y se metían al sembrío.

Cuando estaba recién sembrado, no pasaba nada, salvo que removían alguna tierra. Cuando las plantas empezaron a crecer, algunas, después de las incursiones nocturnas, amanecían desenterradas y morían.

Con el tiempo, los arbolitos se fueron irguiendo alineados y decidió que si seguían metiéndose, cuando dieran fruto, los ladrones harían su propia cosecha. Después de pensarlo y consultar con su compadre, decidió que los simples alambres no servían y que necesitaba la protección que daba la electricidad.

De la ciudad vinieron, estudiaron y cambiaron los alambres habituales por otros, por los que cuando se conectaban a la corriente servirían de barrera. Eso sí, unos letreritos amarillos colgados en los alambres, con letras rojas y negras decían: “¡PELIGRO! CERCO ELÉCTRICO. ¡NO PASAR!

¡RIESGO DE MUERTE!”

La primera noche en que conectó la corriente, no pasó nada. Al día siguiente y un par de días más, le demostraron que el cerco y los avisos funcionaban.

Pedro había regresado del pueblo vecino, pensando en lo fácil que resultaría recoger las frutas, ahora que ya debían haber madurado. Los alambres no serían impedimento, porque sabía cómo pasar debajo: levantando uno.

Esa noche fue hasta los linderos de la chacra y esperó a que no hubiera ningún sonido; solo se oía ladrar un perro, lejos.

Los alambres estaban ahí, dizque protegiendo los árboles cargados de fruta; fruta que sería suya, porque para eso había llevado, alrededor de su cintura, dos costalillos, como si fueran una faja. Descalzo, como andaba siempre, se acercó a la cerca y apenas tocó los alambres, hubo un fogonazo, seguido por chisporroteo y se olió a quemado. Bueno, en realidad Pedro no olió nada, aunque fuera su carne la que olía. No sintió nada tampoco, salvo el golpe violento de la corriente eléctrica.

Al día siguiente lo encontraron tirado en el suelo, con los dientes apretados y en una posición extraña. No tenía zapatos y una especie de faja de yute le ceñía la cintura.

Al ladrón lo había matado la corriente. ¿Acaso no había visto los letreros? Había como seis a cada lado. De color amarillo, bien claritos.

Se llevaron al muerto y se corrió la voz sobre la cerca electrificada. Lo que no sabían es que Pedro nunca había sabido leer.