RECORDANDO CON IRA


PUÑO

Cada vez que leo alguna noticia que narra la odisea de alguien a quien no quisieron admitir en un hospital porque no mostró su carnet del seguro o carecía del dinero para depositar la “fianza” que exigían para atenderlo, salta a mi recuerdo la experiencia propia con un sistema que considera que los enfermos son un estorbo y los enfermos graves, carne de cementerio.

Han pasado varios años desde que el tercer infarto cerebral me dejó con la mitad derecha del cuerpo paralizada y sin poder articular palabra; los bomberos me llevaron a medianoche, de emergencia, al hospital Almenara. Allí no querían recibirme y por fin, un médico dictaminó que me colocaran en una especie de sala de recepción. Los bomberos pidieron una camilla del hospital para poder desocupar la suya y seguir trabajando, pero el médico exigió que los bomberos la dejaran. Es terrible escuchar todo y no poder hablar; yo oía claramente los pedidos y las negativas.

El médico acusó a los bomberos de celebrar espirituosamente el “Día del Bombero”, de estar borrachos y se fue, simplemente. Mi yerno consiguió no sé cómo una camilla y allí me trasladaron, liberando la otra.

Al médico, no lo volví a ver más y la camilla quedó conmigo allí y después me enteré que de nada sirvieron los pedidos y ruegos para que me atendieran. Amaneció y me empujaron hasta un pasillo. Recién a eso de las diez de la mañana, cuando un amigo médico se enteró y fue a verme, se dieron cuenta de mi existencia. Se movieron e hicieron la pantomima de atenderme, sobre todo cuando se corrió la voz que “el doctor trabajó en el hospital y fue jefe”. Mi amigo se retiró creyendo que me dejaba atendido;  el resto de los días de hospital sobreviví gracias a la tenacidad de mi esposa, mis hijas y mi yerno.

Esta historia la conté varias veces y si ahora, a la distancia, la repito, es porque me indigna el comentario en Facebook de la madre un niño, sobre la negativa, en una clínica, para atender a su hijo que estaba desangrándose, mientras no comprobaran que estaba asegurado.

Y aquí estoy, recordando con ira;  vivo, a pesar de un médico que no me recibía en el hospital porque “él no era personal administrativo”, que quería quedarse con una camilla que no le pertenecía y al final se desentendió del asunto a pesar de los ruegos. Digamos que caí en manos de un ladrón asesino disfrazado de médico.