ASÍ ME LO CONTARON


PLUMA FUENTE

El patio de la hacienda en el Cuzco tenía el piso de losas de piedra. Marta, la segunda hija, estaba chica y una tarde, en un rincón del patio, encontró un frasco pequeño de arcilla, que tenía la en la boca un tapón recubierto con hojas y que  estaba amarrado muy fuerte.

Curioseó el frasco y al sacudirlo, le pareció que contenía líquido. Trató de abrirlo, pero no pudo. Estuvo un rato más manoseando e intentando ver si de alguna manera podía quitar la tapa pero fue imposible; de pronto, el frasco se cayó, rompiéndose sobre el piso de piedra y alrededor se expandió un líquido oscuro.

Marta, asustada, entró en la casa y no contó lo que había pasado.  Cayó la noche, amaneció y muy temprano, Marta salió al patio para limpiar lo que había causado; al llegar al lugar donde estaba el frasco roto, vio que no había líquido y que la piedra que recubría el suelo había desaparecido, formando como si fuera un charco de vacío, alrededor del frasco roto.

Echó intrigada los trozos a la basura y no mencionó nada.

Mucho tiempo después, se lo contó a mi primo Quico y este me lo contó a mí. Habría sucedido hacia 1912.

MORIR, DORMIR…, ¡DORMIR! … ¿TAL VEZ SOÑAR?


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Se enojaba con todos y por todo.

Su malhumor hizo que se alejaran de él los parientes y amigos; quienes todavía le hablaban, no habían visto nunca su sonrisa.

No respondía a los saludos si salía a la calle y no daba las gracias por economizar palabras. Se fue quedando solo peleado con un mundo que, según él, no le entendía y haciendo más profunda la trinchera mental que lo aislaba.

Se durmió una noche, como todas las noches, no sin antes mascullar oraciones. En su sueño intranquilo, soñó que estaba ante un mueble inmenso que tenía cajones y que cada cajón ostentaba un letrero que leyó extrañado: “sonrisas”, “día soleado”,  “cometas de papel”, “abrazos”, “veranos en la playa”, “primera enamorada”, “café de la mañana”… Y por esas cosas que pasan en los sueños solamente, supo que el mueble era su vida y estaba mirando los cajones que nunca pudo abrir y entendió el porqué de sus enojos. No despertó, porque de otra manera, al mirarse al espejo, este habría reflejado su sonrisa.

EL PATRÓN


Hacendado

Era señor de horca y cuchillo.

Decidía sobre todo lo importante y lo que no era importante también. No se movía nada en leguas a la redonda si no tenía su autorización. Era el padrino de cuanto niño hombre nacía en sus dominios. De niñas no, porque ellas necesitaban madrinas; entre mujeres se entendían mejor.

Dueño de inmensas tierras que incluían cerros y lagunas, se preciaba de recorrer a caballo lo que era suyo y lo era porque había heredado. Su abuelo y su padre le dejaron lo que ahora tenía y cuando se muriera, todo quedaría en la nada, o repartiéndose entre los que allí vivían. No se había casado y aunque había yacido con algunas mujeres, no había tenido hijos; no tenía hermanos ni sobrinos. Era un individuo solitario que se iba haciendo cada día más viejo. Cocinaba Tomasa y trabajaban en el caserón haciendo la limpieza, diligencias menudas y encargándose que todo estuviera en su sitio, Balbina y su marido, el José; además  estaban Rosalía y Juana más. Si se necesitaba, José buscaba a otros hombres que ayudaran.

Todos los empleados tenían la casa y la comida y dos veces al año les daba una bolsa con monedas. Una a cada uno.

Pistola, escopeta, un látigo y los gritos eran sus armas.

Si en sus recorridos alguien se atrevía y reclamaba o pedía cualquier cosa, le gritaba, usaba el látigo y después lo mataba. Dejaba unas monedas para el entierro y se iba a la casa a encerrarse hasta que la furia pasara.

Le tenían terror, que él siempre interpretó como respeto. Alrededor de su figura solo había leyendas y una única vez una autoridad vino de visita. Se fue asustado el hombre y nunca regresó.

Poco a poco la oscuridad fue ganando terreno y el caballo se olvidó de la silla; no podía montar y casi no veía.

Tomasa seguía preparando la comida, Balbina y el José arreglaban las casa como siempre, matando a las arañas rinconeras y sacudiendo el polvo. Las otras dos muchachas se habían ido hacía tiempo y el José se encargaba también de los campos inmensos que nunca podía recorrer completos.

Terminó por no salir de su cuarto, donde la cama grande, de bronce, le servía como último refugio. A él, que era dueño de todo lo visible, había sido patrón temido y todavía era amo inflexible. Allí tomaba sopas y dormía; allí pasaba todo el tiempo, llamado al José si era menester usar la bacinica de fierro enlozado.

Ya era la oscuridad completa, noche cerrada y no veía nada en absoluto. El que nunca enfermó, una tarde empezó a toser y sintió frío como no había sentido nunca antes.

Llamó a la Balbina, al José y a la Tomasa y les pidió que se sentaran, pero que antes prendieran una vela.

Así lo hicieron, sentados en el suelo y pusieron la vela en la cómoda.

Cuando arda la vela y se apague, se apagará mi alma. Si se apaga y sigo respirando, José, con mi pistola, me pegarás un tiro. Después no importa, si quieren se van lejos”, dijo el patrón.

Las mujeres lloraban y el José descolgó la pistolera de la cama.

Los cerros repitieron el eco de un disparo. Y todo fue silencio. La vela no se había apagado.

¿CÓMO…?


NI_O_RASCANDOSE_LA_CABEZA

¿Cómo va a ser común que ser sicario o extorsionador sean dos oficios rentables y que la sociedad peruana viva en jaque por ellos?

¿Cómo tomar con normalidad que la “justicia” tenga precio y que sea corriente aquello de “hecha la ley, hecha la trampa”?

¿Cómo explicar que el delincuente, apresado in fraganti, vuelve en pocas horas a las calles, limpio de polvo y paja?

¿Cómo decirle a la mujer que no verá más a su esposo que murió en una balacera saliendo del trabajo?

¿Cómo no horrorizarse cuando una indefensa familia es violentamente desalojada de su casa que se vendió y pasó a otras manos sin que ellos lo supieran?

¿Cómo dar una explicación coherente a las balas perdidas que matan inocentes?

¿Cómo no condenar la muerte de campesinos, policías e indígenas en aras de un “progreso” con el que algunos lucran?

¿Cómo decir que “no se puede” al que hace justicia por su propia mano, donde no hay Estado que lo ampare?

¿Cómo aguantar la ira que provocan los que sacan ventaja de apellidos y puestos encumbrados?

¿Cómo es que todo se deja para un mañana hipotético, sabiendo que no se ve futuro?

¿Cómo es que en el país se construyan estadios en pueblos que carecen de agua y desagüe?

¿Cómo explicar que a la policía, los malos policías, roben la gasolina para los patrulleros?

¿Cómo es que el Perú es un país donde se “preñan” embarques para el exterior con doga?

¿Cómo decirle a un chofer “no coimees” si está viendo que hay coimas por millones que salen en los medios y todo queda en nada?

¿Cómo explicar que lo que está sucediendo en el Perú no es normal; no puede ser normal y que nuestro país, agónico, necesita de operaciones severísimas, de curas intensivas, terapia permanente y cuidados extremos, no de curitas y árnica?

¿Cómo creer que la gastronomía sola o el mismo Machu Picchu soportarán el peso de ser “embajadores” del Perú ante los otros?

¿Cómo es que parece que no nos damos cuenta de lo que está pasando y seguimos soñando que muy pronto seremos país del primer mundo?

¿Cómo es que en los colegios se suspenden las clases para que estén seguros profesores y alumnos?

¿Cómo es que duermen el sueño de los justos los proyectos de ley que sí importan y no se reglamentan muchas leyes?

No porque “suceda en todos lados” debemos conformarnos. Ser parte de una mayoría no hace que lo que viene pasando en el Perú sea normal. No lo es, aunque prefiramos mirar para otro lado, aduciendo que es lo más normal.

SERES DE LUZ


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Eran como de vidrio, transparentes y flotaban ingrávidos.

Producían luz suave de diferentes tonos y aparecían de pronto. No sucedía cuando estaba dormido, o sea que no eran sueños. Los sucesivos médicos dijeron que eran alucinaciones y le dieron pastillas y remedios. Nada los alejó o desapareció. Entonces decidieron llevarlo a un sanatorio para enfermos mentales y observarlo. Lo ataron con correas a una cama para que no saliera a conversar con ellos que seguían viniendo a visitarlo. Esto fue al principio, hasta que se cansaron allí en el hospital para locos, porque las visitas invisibles continuaron.

No era un caso muy raro, pero la persistencia de sus visiones etéreas preocupaba, aunque por lo demás fuera normal. Comía, defecaba, orinaba y dormía. Nunca dijo que se sintiera mal. No lo dijo porque no hablaba con nadie, salvo con las presencias que acudían inopinadamente.

No se metió con nadie; hablaba a ratos, aparentemente solo y un día desapareció.

Lo buscaron por cuartos y jardines, pero no lo encontraron.

No lo encontraron nunca y solo otro paciente contó, después de mucho tiempo, que vinieron unos seres de luz, de diversos colores que se fueron con él.

Al hombre que los había visto, lo amarraron con correas a la cama y le pusieron unas inyecciones para que confesara la verdad. Murió.

Mientras, en otra dimensión, unos seres de luz recibían asombrados su alma.