INTI RAYMI


SolI

Las manos levantaban el vaso de metal de color amarillo, como siempre por esa época, con el líquido que espumeaba porque se había dejado descansar. Era el ofrecimiento sagrado que hacían los hijos de esa luz maravillosa que venía del disco que recorría arriba hasta que desaparecía para dejar en el oscuro todo. Lo ofrecían a Inti, el padre, el bienhechor, el que calentaba la tierra; que a veces hacía arder las piedras y aseguraba que las plantas crecieran y dieran alimento.

Después, todo eran cantos y bailes en Su honor. Los colores vibraban en el aire y las voces se alzaban como humo ligero para llegar a donde Él estaba. La multitud que llenaba la cancha venía desde distintos puntos con el solo propósito de bailar, de cantar, de adorar, de poder ver el vaso de metal amarillo elevarse y asegurar que estaban bajo Su protección.

El tiempo empezaba de nuevo su viaje circular inmemorial pero ellos no sabían que llegaría un día en que otros hombres que adoraban a un dios que no veían, se llevarían el metal amarillo, los harían esclavos y dirían que la tierra era suya. No sabían y mientras tanto con cantos y colores y bailes, celebraban. La oscuridad inacabable vendría  para ser la más negra de todas. Llegarían extraños para romper el círculo del tiempo.