NOS INVADEN


INVASIÓN

Están invadiendo sitios arqueológicos. Están invadiendo el pasado de todos los peruanos y lotizando la Historia para levantar casas. Sucede porque el pasado se considera eso: pasado. Días que fueron. Que en realidad no importan mucho como no sea para vender las cosas que los recuerdan. Pasado que se ve como objetos vendibles y terrenos polvorientos adonde construir.

No importa que en esos lugares caminaran nuestros antepasados y estén enterrados muertos que un día fueron príncipes, artesanos, soldados, pescadores, gente corriente.

No importa sino el valor de unos metros de suelo que se codicia porque va a subir de precio conforme se urbaniza.

No tenemos donde vivir”, “nos asiste el ser pobres”, “deben darnos”, “este terreno no es de nadie”. Son las frases que se oyen a quienes despliegan sus esteras y marran banderas peruanas  a las cañas. Es lo que argumentan los que compraron trozos de esperanza a los traficantes que se apoderan de lo que es de todos los peruanos, para lucrar vendiéndolo. No importa que haya cercos, letreros que indiquen que es patrimonio histórico. No importa, “porque si invades (y me compras), eres posesionario y no podrán sacarte…

Y así nuestro pasado va desapareciendo. Encima de la Historia se construye, se duerme, se pelea, se come.

Lo que fueron terrazas y explanadas luminosas, escalones que llevaban al cielo y a los dioses, calles, mercados, adoratorios, plazas, ahora son botín que se toma por la fuerza y matones contratados o con trampas legales.

El Perú es inmenso y hay tierra para todos. Pero hay zonas sagradas que no deben tocarse. Porque de otro modo quedarán en los libros y en los cuentos de viejas: desaparecerán. Y eso, no tiene nada que ver con falta de viviendas. Nada.

¿AMPAY ME SALVO?


luckyluke08

Parece que estuviéramos jugando.

Las voces de alarma se confunden con las risas, pero resulta que el asunto no es nada risible.

Cada uno busca su propia justificación o excusa y señala al siguiente. Y este a otro y este otro a otro a su vez. Los dedos señalando parecen un alambre de púas.

Todos se salvan. Nadie tiene la culpa y hay una santa indignación cuando alguien duda. Pero los que pagamos el pato, somos los que no estamos jugando. Quienes sin hacerlo, están perdiendo.

Mientras tanto el juego sigue y nadie dice nada. Los culpables sombrean su culpabilidad, responden acusando y todo pasa como en una película donde el malo sonríe y el bueno, ojalá que en la escena final, cabalgue hacia el poniente después de haber vencido.

Ilustración: LUCKY LUKE.Com

HONORABLE PELUQUERO


MÁQUINA CORTAR PELO

Cuando era chico, para que me durara el corte de pelo, me lo cortaban “estilo alemán”; es decir, prácticamente nada de pelo salvo algo en la parte de arriba y un poquito al frente. Sé que tengo alguna foto que lo testifique, pero debe estar guardada en alguna caja…

El pelo me lo cortaban en la peluquería que quedaba frente al Parque de Barranco, que era propiedad de Jorge Kishimoto, de origen japonés, impecable, con bigote y una enorme sonrisa.

Jorge tenía una paciencia única y para que la máquina que usaba no me produjera frío en la cabeza, antes de proceder la entibiaba, exponiéndola a un mechero de alcohol que encendía ex profeso; operación que siempre me fascinó. Como el sillón de la peluquería no era adecuado para mi tamaño, sobre los brazos ponía una tabla pintada de blanco, en la que me sentaba muy ufano, con el protector inmaculado sobre la ropa, anudado en el cuello.

Al frente estaba el gran espejo donde podía ver como Jorge me rapaba y también las sillas “estilo vienés” en fila, contra la pared, para la espera de los clientes. Si mal no recuerdo había un peluquero más, al que le decíamos “el borrao”, y tenía en la cara marcas de lo que ahora supongo, eran rastros de una viruela. Pero mi peluquero era Jorge Kishimoto, y lo fue siempre, hasta que un día no lo vi más. Pasaron muchos, muchos, muchos años y mi amigo Carlos, que también había sido cliente de Jorge, me contó que se lo había encontrado en el Cuzco, como guía turístico. Carlos era entonces Ministro de Justicia.

Podrán pasar los años, pero el recuerdo de Jorge Kishimoto no se me va a ir nunca. No se me va a borrar porque fue el amigo peluquero que supo hacer de algo tan sencillo como el corte de pelo un rito; un agradable rito que incluía la lectura de “chistes”, conversaciones breves y un poquito de talco en la nuca al terminar.

¡PAU!


manos10

Es lo que suelen decir los niños chicos cuando algo desaparece. “¡Pau!, ¡Se fue! ¡Desapareció!”.

Martín Belaunde Lossio se hizo pau. Hizo lo que se intuía que iba a hacer. No hay que ser muy zahorí para predecir que el personaje desaparecería convenientemente. Lo que es tremendo es la tranquilidad del gobierno para traerlo al Perú de vuelta de Bolivia y la impresión que quería dar de una urgencia que sonaba ficticia.

De pronto los policías bolivianos que lo custodiaban se quedaron convenientemente dormidos. De pronto nadie se percató que el señor salía a las 4 de la mañana (es la hora que se calcula) por la ventana de su cuarto y ganaba la calle. Total, a esa hora está oscuro y hace mucho frío en La Paz, o sea que bien abrigaditos y sin posibilidades de ver algo, o en brazos de Morfeo, “nadies vio nada”. Ahora la pelota bota y rebota, pero lo sucedido es puntual: el individuo “buscado intensamente” y con una cobertura mediática bi-nacional inmensa, se hizo humo, para ser otra vez “buscado intensamente”. Todos echan la culpa a todos y todos se disculpan; tal vez el Gran Bonetón sea el culpable.

Esta sería una trillada comedia de equivocaciones si no estuviera en juego lo que está. “¡Exijo una explicación!” diría Condorito y hasta ahora las explicaciones son de historieta, solo que en lugar de ser cómicas, son una historia trágica. Su familia boliviana está pagando unas consecuencias que no tendría por qué pagar. Mientras tanto, por las redes sociales él “reaparece” y dice que huye de la injusticia.

Martín Belaunde Lossio ha desaparecido. Se fue una madrugada fría por la ventana. Ojalá que haya estado bien abrigado. Sería el colmo que después de un tiempo lo encuentren por ahí, muerto de frío, con un balazo en la cabeza.

OTRA VISIÓN


RÍO

De jóvenes empujábamos para estar en los primeros lugares, para ocupar el sitio “donde se veía mejor” (y por supuesto, donde nos vieran). El tiempo ha ido pasando y los jóvenes de hoy siguen haciéndolo. De pronto menos “amablemente” que lo que hacíamos entonces.

Y es cuando nos damos cuenta que ese “mejor lugar” no existe y es preferible dejar espacio para los demás.

Poco a poco la vida nos ha ido llevando a las filas de arriba y resulta que de allí se ve mejor. Sí, claro, estamos un poco lejos, pero eso hace que miremos más el panorama.

Pienso que es mejor mirar como discurre, maravilloso, el río, a la distancia, que tener que quitarse los zapatos mojados y esperar que sequen. Ya lo hicimos antes.