CUBIERTOS MARCADOS


Era un juego de cubiertos para una persona (yo) de acero inoxidable brillante con el final del mango redondeado y chato, que tenían allí grabadas las iniciales MEGT (o sea las mías). Tenían una funda de plástico flexible verde claro, que mi madre había cosido con paciencia, ribeteando la pieza con tela de un verde más oscuro, que se veía como un filo y tenía una tira, como del grueso de un pasador de zapatilla, que unida por la parte del medio, servía para hacer que los cubiertos,  que iban acomodados en sitios delimitados por puntadas de hilo verde, estuvieran seguros y no se ensuciaran.

Esta especie de funda tenía fuera mi apellido bordado en color rojo en una tira blanca.

Estaba en Transición y me quedaba a almorzar en el colegio, en Petit Thouars, Miraflores. Era toda una experiencia para mí y supongo que para el colegio. No éramos muchos, pero me acuerdo bien de esos almuerzos “comunitarios”. Llevaba una lonchera negra, metálica, como las que tienen o tenían los obreros de las tiras cómicas (esos que almorzaban en el aire, a horcajadas de una viga metálica que “para más peor” estaba suspendida de un cable y este a un gancho que colgaba de una grúa). Era inglesa y marca “Thermos”; cuando la tuve la asocié con el “termo” de casa (que era “Thermos”, claro) y me pareció raro que esa maletita de metal pintada de negro y con interior blanco, sirviera solo para llevar las cosas; es decir, no mantenía nada caliente. Seguro era por eso, pensé luego, que el  colegio nos daban sopa y segundo bien calientes y la fruta era la que venía en la lonchera acompañando a un pedazo de queque casero y algunos caramelos. ¿De tomar?: limonada preparada por las monjas y servida en un vaso de plástico que también encontraba en la lonchera sitio, junto a la servilleta blanca de tela, que, para evitar confusiones, tenía bordado mi apellido en hilo rojo.

Nos servía el almuerzo la madre Silvina, a quien solo veía entonces. Rezábamos antes de comer y lo más cercano al silencio se instalaba en el pequeño comedor, donde, si es que no me equivoco, una monja o la Miss Silvia o la miss Dalia, leía en voz alta algo de Historia Sagrada.

Terminado el almuerzo dábamos gracias y nos desparramábamos por el “patio” (no es que fuera tan grande, porque el colegio era una casa) para ir al baño por turnos y cepillarnos los dientes con la mítica pasta Kolynos que todos llevábamos junto con una escobilla. Nos enjuagábamos en el caño nomás porque en 1953 y a los seis años de edad no había gérmenes en el agua (o por lo menos no nos importaba) y esta era potable de verdad.

Es curioso como las pequeñas cosas jalan el hilo de los recuerdos y a veces uno no sabe si vivió o soñó. El tema es que de pronto nos damos cuenta que nuestra vida es como una alfombra y de pronto encontramos un hilo suelto y tiramos de él. Poco a poco la alfombra se desteje y los instantes regresan. Regresan para recordamos que una vez fuimos niños y como se dice, mucho más inocentes.

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Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.

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