…TE LO DEBÍA


TONY EN MANTÓN DE MANILA.

Estuve haciendo lo que mejor sé: recordando.

Y recordaba que cuando Manuel Enrique estaba sufriendo lo que sería su primer y último infarto al corazón, mientras el médico le daba respiración boca a boca y yo desesperadamente le masajeaba el pecho, estabas al lado de la cama, atónita “Tony”, sin poder creer que tu compañero de toda la vida se iba a pesar de nuestros esfuerzos.

Y entonces, tonto yo, te dije fuerte, casi gritando: “¡Reza!”, sin darme cuenta que eso era lo que hacías silenciosamente. Seguramente pensé, perdóname, que tu silencio era solo tristeza, sin comprender que también era la esperanza que ponías en esa Voluntad, que siempre acataste tan callada.

Su Voluntad fue que se fuera. Y nos quedamos solos de pronto, los tres: el médico, su amigo, llorando; yo con un cansancio tremendo y una pena profunda;  y tú, con las lágrimas que te corrían por la cara, sujetando amorosamente la mano que tenía la alianza con tu nombre dentro y sonriendo ligero, porque sabías que él te precedía en el mundo mejor.

María Antonieta, “Tony”, madre: te debo este recuerdo y te pido disculpas, ahora que estás reunida nuevamente con él desde hace tanto tiempo para no tener que separarse. Te ruego me perdones porque te pedí que rezaras, a ti, que me enseñaste a hacerlo.