CAMPAMENTO


CAMPAMENTO

Nunca he sido un fanático de las acampadas. Lo he hecho cuando estaba en el colegio, sobre todo llevado por la ilusión de estar con mis amigos viviendo aventuras (por lo general imaginarias), ver sitios diferentes y sentir esa camaradería que un campamento se supone que provoca.

Mi primer pero, es que siempre fui un poco comodón y saber que la casa queda atrás por unos días, se duerme en el suelo, hay bichos que caminan sueltos y uno se siente un poco fuera de lugar, nunca fueron  acicates para mi espíritu campamentero.

El segundo pero, es que fui y soy bastante desorganizado y los horarios exactos y el reloj marcando actividades nunca fueron conmigo. No podía entender, por ejemplo, por qué si estaba con mis amigos y queríamos conversar sobre cosas trascendentales, había que apagar la luz del lamparín o linterna y guardar silencio, porque era de noche y había que dormir…

Tal vez mi tercera razón sea bastante física y se deba a que en uno de esos campamentos colegiales (creo que fue a Chocas, en el valle del río Chillón), llegamos al terreno, plantamos nuestras carpas en un lugar que parecía idóneo y al llegar la noche y estar ya en ese momento en que el sueño va venciendo a la vigilia, escuchamos los gritos de los que “hacían guardia” y de pronto estábamos en un campo anegado, con agua que lo invadía todo.

Meter en las mochilas, a toda prisa y como sea, lo sacado de ellas, levantar las frazadas mojadas y chapotear en la oscuridad en busca de una parte seca, puede sonar gracioso si se cuenta, pero para los protagonistas, maldita era la gracia que hacía en  ese rato.

Apiñados en un pedazo seco, decidimos olvidarnos de carpas y otras cosas, poniéndonos de acuerdo para ir a rescatarlas cuando hubiese luz que permitiera ver.

Amaneció y no hubo desayuno. No hubo nada de nada, salvo cosas mojadas, mala noche y eso sí: curiosidad.

¿Qué había pasado?:   nada, que habíamos puesto nuestras carpas en una zona donde habían removido la tierra para sembrar y por la noche fue regada por el simple expediente de desviar una acequia para hacerlo. Desavisados, nos metimos a donde no debíamos y el resultado fue un campamento al agua. Literalmente hablando.

Tal vez sea este recuerdo incómodo lo que no me hace un fan de los campamentos. Además, leer un libro prendiendo una linterna y sujetándola, echado en el suelo y con mochila en lugar de almohada, no es lo mismo que hacerlo echado en una cama, alumbrado por una lamparita y en la mesa de noche tener un vaso con agua por si es que “hace sed”.

Honestamente…