LA RISA, REMEDIO INFALIBLE.


RISA

Este título es propiedad de la revista “Selecciones”, pero lo uso aquí, aún sin permiso de la publicación (de la que guardo un ejemplar de 1943)  que siempre me pareció interesante y enriquecedora.

Realmente, la risa, que es una característica del ser humano, es mucho más que emitir carcajadas o hacer muecas… La risa es esa manifestación de inteligencia, de alegría, de “buen humor”, que aflora inconscientemente y cumple el papel de bálsamo reparador, de vivificante tónico para el espíritu, aunque físicamente también sea beneficiosa, porque se ponen en juego 15 músculos faciales, además de los del pecho y el abdomen. El metabolismo se activa, se liberan hormonas… ¡Se ríe feliz de la vida!

Algo que se debe aprender, aunque no sea fácil, es a reírse de uno mismo. Esto supone no tomarse demasiado en serio (lo que muchas personas hacen, porque se sienten importantes). No se trata, por cierto, de la risa boba de un tonto, sino aquella que indica inteligencia; esa que nos diferencia de los animales.

La risa supone buen humor y este es un estado de ánimo que nos permite enfrentar a la vida y lo que venga, con ventaja. “Mantener el humor”, “reírse de uno mismo”: se dice fácilmente pero tenemos que conseguir que así sea e iremos viendo como nuestra vida mejora.

Dicen que quien ríe, vive más. Un anciano alegre y que ríe, es por regla general más simpático que un viejo cascarrabias. ¿Es la risa el secreto de la longevidad?

 

LADRILLOS PARA EL DESAYUNO


REVISTA GONZAGA 63 CARATÚLA LADRILLOS J.M. SALCEDO

La leche chocolatada que toma mi nieta, me recuerda a lo que para los que fueron alumnos del colegio de la Inmaculada que estaba en la avenida La Colmena, en Lima, era, junto con un chancay, el desayuno que podía comprarse y tomarse después de misa. A cambio de un boleto celeste que vendían a la entrada, en portería, se podía acceder al tradicional “ladrillo”, que no era otra cosa que leche con cocoa, en una botella de Coca-Cola (de esas de vidrio) acompañada del ya dicho chancay (especie de pan dulce).

¡Cuántas interpretaciones se le dieron al A.M.D.G que estaba impreso en los boletos! En mi época se relacionaban con el hermano Arándiga, subprefecto de cuarto de primaria, profesor de inglés, fotógrafo oficial y encargado de las “góndolas”  (los ómnibus, transporte del colegio). “Arándiga Murió Dando Gritos” o “Arándiga Murió De Gordo” eran algunas de las acepciones dadas al Ad Maiorem Dei Gloriam (“A mayor gloria de Dios”), que es lo que significa la frase en latín y es divisa de la Compañía de Jesús.

Me acuerdo bien de las colas para recibir el “ladrillo”, después de misa en la mañana que decían de los que habían comulgado…

El “ladrillo”, los “concursos exámenes”, el “paraninfo”, las horas de comienzo y final de cada clase y del fin del recreo marcadas por la campana, la formación alrededor del mástil con la bandera peruana, la piscina… ¡Cuántos recuerdos de esos años felices!

Sí, volvería al colegio, pero creo que me esforzaría mucho más en matemáticas y física-química, para que no me “jalaran” de año, por su causa, en tercero de media.

 

*ILUSTRACIÓN: Los “ladrillos” de la fachada del colegio, por José Ma. Salcedo. Parte de la portada de la revista de la promoción “Gonzaga 63”. Dentro se puede leer: “Estos ladrillitos, esta pared a medio construir quieren, pretenden, tal vez sin éxito, ser un símbolo, con todo lo que la palabra significa.

Esa pared inconclusa es nuestra vida escolar. Los ladrillos que faltan se irán colocando rápidamente en el transcurso de estor pocos días de vida escolar que nos quedan. Esos ladrillos son días. Días de pitos, campanas y colegio que no volverán, porque el cemento fresco del tiempo los apuntalará irrevocablemente, sin lugar a reclamos, sin derecho a huelga ni protesta.

Por eso están allí, en la puerta de entrada a esta revista de Promoción. Es, tal vez, la pared más liviana en la historia de la albañilería.  J. M. Salcedo.”

CON “F” DE FREGADOS ¿Y FISCALÍA?


EFE

En el Perú se dice que uno “está fregado” para significar que no tiene salida, que es algo definitivo. Se usa también “fundido”. Se repite la “F” inicial.

Parece que estamos fundidos o fregados como país.

Sigue la escalada de “destapes” a cual peor, que indica que los niveles de corrupción son tan grandes que se dan desde una escala personal hasta la institucional, pasando por distritos, provincias y regiones. Se avizora, con gran dificultad, alguna rara isla medianamente honesta en este mar infecto, monstruosamente denso y que, si alguna playa toca, contamina.

Claro que  todos, mientras no se demuestre su culpabilidad son inocentes, pero si los indicios dicen que el animalito dice “miau”, tiene cuatro patitas y duerme gran parte del día, es porque se trata de un gato.

No parece haber mucha salida porque el mar de corrupción lo inunda todo y quiere ahogar a los que tratan de flotar asidos a un madero. No parece haber mucha salida si es que son delincuentes los carceleros, si los que dan las leyes las infringen y si la autoridad es ejercida para acallar los gritos de protesta. Dicen que así está sucediendo en el mundo, lo que se resume en el refrán “mal de muchos…. Sí, “consuelo de tontos” completa el refrán. Pero tonto me parece muy suave como apelativo, porque el tonto no es que tenga mucha conciencia de serlo ni de repente culpa. Este es el consuelo de los sinvergüenzas, que espero no lo tengan y caigan entre rejas.

LA “3”


TRES

A veces me parece ya haberlo contado, pero no encuentro un archivo con ese título y de pronto, volver a jalar la hebra de los recuerdos (como el gato que desenrolla un ovillo de lana, o trata) permite apaciguar la memoria, que desde hace un tiempo martillea con eso.

Mi primera “góndola” (ómnibus), la que me llevaba a ese nuevo mundo llamado colegio, cuando tenía 5 años, era azul y en la puerta tenía el número “3” en color celeste.

A mí me parecía grande, pero no debería serlo tanto, porque cuando la vi al lado de las otras, era más bien pequeña en comparación. Pero para un chico, hasta lo pequeño puede ser inmenso.

La “3” tenía una puerta adelante, al lado izquierdo, que se abría con una manivela que estaba al lado del chofer; de cromo brillante y  sobre una pequeña plataforma triangular de lo que parecía acero inoxidable que tenía una “W” impresa en relieve sobre el mismo metal (que mucho tiempo después asocié, cuando supe leer bien, con la pequeña plaquita roja que estaba sobre el parabrisas y que decía “Carrocerías White”).

Josamel, el chofer abría y cerraba la puerta para que la “3” nos absorbiera al subir en el paradero y después nos vomitara bulliciosos en el “colegito” o  “infantil”, que quedaba en la avenida Petit Thouars, en Miraflores. Era el “colegito” porque el “colegio grande” estaba en “La Colmena”, en el centro de Lima. Era el año 1952 y si ir a Miraflores era un viaje, ir al centro de Lima era otra visitar galaxia, a la que nos asomábamos de vez en cuando para ir a tomar helados en la “Botica Francesa” del jirón de la Unión.

La “3” era de interior o amarillo tirando a crema o de ese verde clarito que llaman “verde Nilo”, no lo recuerdo bien. Al lado izquierdo del lugar del chofer, que estaba separado del resto de asientos por una barra que daba la vuelta hacia la derecha, y estaba delante de la puerta, había una caja lo suficientemente grande para que uno se sentara encima (cabían hasta dos).; debajo, oculta, estaba, como comprobaríamos después, la batería.

Era en verdad, el asiento más “peleado” y establecíamos turnos para ocuparlo.  Significaba un honor ir al lado de Josamel (tenía la primera uña larga en el dedo meñique que yo veía) que manejaba con alegría y una sonrisa debajo de sus bigotes ralos. “Es como si manejaras” era el entusiasmado comentario, porque uno estaba “cerca de la acción” y podías imaginarte moviendo el timón que tenía un forro celeste y haciendo los cambios con la larga palanca que salía del suelo. “¡Voy adelante!” era el grito del primero en la fila de subida a la “3” en el colegio, para volver a casa, lo que solía desencadenar escaramuzas.

Nos cuidaba la “miss” Sylvia, con su falda a cuadros y zapatos chatos bicolores, de pasador. Era profesora, joven y bonita (los hermanos de Lucho y mi hermano, de la misma promoción del colegio que terminaría en el 53, vivían enamorados de ella), una “suerte de principiantes” la nuestra, nos dirían.

La “góndola” era un mundo,  con una atmósfera de maravillosos olores que delataban a los líquidos utilizados para limpiarla, el de la gasolina, el perfume de la “miss” Sylvia y los lunes, especialmente, el olor a principio de semana: el de los uniformes limpios y planchados. Era un mundo que nos llevaba de un ambiente casero y conocido, a otro, donde al principio podíamos sentirnos extraños, pero pronto descubríamos que era un mundo de amigos, de compañeros de destino.

Recuerdo con cariño a la “3” y sigo viendo las sonrisas de los que van subiendo: veo a mis amigos que 52 años después siguen siéndolo. Veo un tiempo en que, como diría Gabriel García Márquez, “éramos felices e indocumentados”.