OPINA EL PAJARITO


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Nos estamos acostumbrando, en todo el mundo, a utilizar el Twitter para opinar. Así, el popular pajarito azul se convierte en un ubicuo camaleón opinólogo.

Hasta temas de Estado, que se supone son serios y afectan la vida de miles, se emiten a través de la utilidad electrónica. Esto es encomiable porque nos ahorra una catarata de palabras vacuas que por lo general envuelven a tales decisiones. Es terrible, porque banaliza hasta el extremo lo que no tiene nada de corriente.

Los asuntos trascendentes se mezclan con el cotilleo más ocioso de tal manera   que resulta normal que nos enteremos de una decisión legislativa, presidencial o de una laya parecida, a la vez que lo rico que está el helado de fresa de las cuatro pm en el “sitio de siempre” y del color, tan sentador, del vestido de fulana en la fiesta.

Vivimos en un mundo donde se tiende a la reducción, a la minimización y al facilismo: no es malo, porque la síntesis es una virtud, pero a veces el asunto amerita bastante más que un “tuit”. Pero así estamos. Así nos enteramos. Así vuelan y se mezclan las opiniones como en un arroz con mango o un saltado de vainitas con mermelada de fresa y harto fudge (foch” que le dicen).

Lo inmediato no es muy bueno para las opiniones, ni lo corto tampoco: a menos que opinemos sí o no.

¡A volar, joven!

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