FAMOSAS ÚLTIMAS PALABRAS


VIENDO

La frase su adjudica normalmente, a lo que dijo al final de su vida alguien renombrado, pero quisiera hacer notar aquí que hay muchas palabras que se vuelven famosas por ser las últimas, definitivas, sobre algo…

Está en boga “si es cierto hay que investigarlo”; parece ser una sentencia definitiva, pero realmente significa darle largas a algo, dejarlo disolverse confiando en el olvido y desentenderse de ello con cara de preocupación, sabiendo que la pluma se ha soplado y silenciosamente va a desaparecer.

Nos hemos acostumbrado a las “investigaciones” que no llegan a nada, a la frágil memoria popular, a ese pasar a otra cosa “porque hay mucho por ver”; nos han acostumbrado a un ritmo lento, imperceptible, a que se pierda el interés.

Lo que sucede es que eso es provocado a propósito.

Nadie se acordará…” es la frase con que se trata de asegurar la impunidad de alguien. Creo que ya va siendo tiempo que haya conclusiones; las “investigaciones” duran lo que los muertos: para siempre y al final, se convierten en polvo.

 

 

 

INFILTRADOS


CARCOMA

Infiltrados” es una película del ´79, que ganó si no me equivoco 4 premios Óscar. Aquí, los infiltrados no ganan premios cinematográficos pero hacen posible que unos cuantos se hagan de millones y ellos reciben su platita.

Están en todas partes y como la polilla en la madera, lo han minado todo para que por fuera se perciban las cosas normalmente, mientras sus galerías son vías de trasiego: corrupción, delincuencia, estafa y todo aquello que va contra la Ley. Ley con mayúscula porque están también metidos en la otra, haciendo que esta juegue para los que les pagan.

Unos tapan a otros minimizando riesgos y asistimos atónitos a que “no pasa nada”, a “que así son las cosas” y al brillo engañoso de muchos personajes, que cual chafalonía se venden por el peso.

A ver si de una buena vez se fumiga, para que la carcoma se detenga, muera y podemos restaurar lo restaurable.

No hay que permitir que unas larvas destrocen al Perú. ¡A fumigar ahora!

 

EL CABALLERO DE LA TORRE ROJA


PORFIRIO MARTÍN 1.

Las palomas vuelan alrededor de la torre del colegio y sobre él, en una Lima más pequeña. Palomas mensajeras que todos los días llenan el cielo sobre nuestras cabezas, recordando a Porfirio Martín S.J. que hay que alimentarlas, conversarles y sosteniendo a alguna, amorosa y cuidadosamente entre las manos, ver si hay algún mensaje o enviar al mensajero alado con uno, enrollado y atado a una pata.

Porfirio Martín Turrión S.J., colombófilo, sacerdote jesuita, profesor de religión, moral e historia sagrada, amigo y egregio “Caballero de la Torre Roja” (que no sé si era por la llamada “Torre Roja” de Malta, parte de un baluarte de 4 torres construido en 1649 o por una torre de ajedrez, su juego preferido).

¡Cómo no recordar su clásico “¡distingo!” que pronunciaba siempre ante una disyuntiva. Cómo no recordar la risa permanente, sus consejos, su influencia benéfica suave y alegre como sus protegidas.

A Porfirio lo cambiaron a Piura mucho tiempo después y ahí, en una visita que hicimos con Carlos Blancas, compañero de andanzas y de colegio, cuando era Ministro de Justicia y yo trabajaba con él, fuimos al colegio San Ignacio a visitarlo. Nos recibió como si los años nunca hubieran pasado, con la amistad de siempre; charlamos, nos acordamos de las palomas que si no me equivoco allí también criaba, nos habló de proyectos y de lo orgulloso que estaba de tener ex alumnos importantes que como Iván Rivera, Lucho Heysen, Manolo Romero Caro y Carlos mismo habían sido o eran Ministros de Estado: “¡Y son todos de la misma promoción!” decía sonriendo con la satisfacción de quien ve a los pichones convertirse en palomas y volar.

No supe más de él, hasta que en el ´92 me llegó la noticia de su muerte. El Caballero de la Torre Roja se había ido detrás de sus palomas en un vuelo maravilloso y sin fin. Porfirio, una pregunta: ¿cómo se ve la Tierra desde arriba?

 

 

CARPETAS


CARPETAS ESCOLARES

El escritorio de un escolar es su carpeta.

Las hay de todos los tipos: de madera, de metal y madera, de metal solo y con tablero forrado en fórmica. También hay, desgraciadamente, aquellas en las que un ladrillo  sirve de asiento, mientras las piernas hacen de inestable e incómoda mesa…

Pero yo tuve la suerte de estar en un colegio donde cada uno tenía su carpeta, que se alineaba en filas que por lo general, al final de la clase eran una “carpétea” mescolanza.

Mis primeras carpetas o “pupitres” como les llamaban nuestros profesores españoles, eran de madera, recorrida por generaciones precedentes de alumnos y la parte superior (donde uno apoyaba) tenía dos bisagras y era la tapa que ocultaba un interior lleno de cuadernos, libros de texto, papeles, papelitos, algún clip, lapiceros, lápices, escuadra, regla y un transportador semicircular que nunca supe para qué servía y con el que dibujaba primorosos arcos.

La carpeta tenía en la parte de arriba una hendidura para colocar el tintero (vestigio de otras épocas anteriores a la pluma fuente o “lapicero de tinta mojada” y al bolígrafo, al que también se conocía como “lapicero de tinta seca”) y otra hendidura rectangular para poner la pluma.

Cada vez que el profesor decía “saquen el libro” un concierto de tapas de carpeta atronaba la clase y con gritos, reprimendas y a veces, por repetido, castigos a las seis de la tarde.

Una vez, no recuerdo qué año, las carpetas eran de metal y madera (con tapa, por supuesto). De metal era la caja con una CI  cruzada y en relieve, unidas una a otra en filas inamovibles e indispersables, por listones largos de madera que el tiempo y los zapatos de miles de estudiantes anteriores habían desgastado. Eran carpetas “raras”, nuevas para nosotros, pero seguro antiguas y testigos de épocas en las que el mobiliario del colegio estaba “personalizado”.

Por un año tan solo fueron “nuestras” carpetas, porque después, al cambiarnos de grado, tuvimos otras que eran fijas y debajo del tablero tenían un hueco para albergar los libros y cuadernos.

Las carpetas también servían de vehículos en los que, cuando no había vigilancia, nos desplazábamos, con esfuerzo es verdad, por sobre las losetas de la clase.

Alguna vez, cuando éramos pocos y ya grandes, eran mesas individuales los puestos de trabajo, pero por lo común, las carpetas, con sus distintas formas, acompañaron nuestra vida escolar.

¡Esta no es mi carpeta!”: era el reclamo, cuando alguna limpieza había alterado el orden que tenían y de inmediato la búsqueda de la propiedad perdida, empezaba, haciendo la mayor de las bullas.

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Carpetas de colegio: más que un mueble corriente, pedacitos de vida. Pedacitos de infancia que no va a regresar, aunque a veces quisiéramos que vuelva.

 

DE OVEROL A MANDIL


MANDIL

Hasta tercero de primaria, en el colegio infantil, usábamos un overol verde agua y a partir de cuarto, en el “colegio grande” llevábamos mandil.

Todavía estoy viendo mi mandil escolar, que protegía todos los días el uniforme: era de color café con leche, marrón claro, beige o “color mandil” mejor. Con la “CI” bordada, adelante, en celeste en la parte superior derecha. ¡El mandil!

Era algo normal en nuestra vida diaria y después de quitarnos el saco (o si hacía mucho frío sobre él) el mandil de colegio evitaba las manchas y soportaba toda una semana el trajín bullanguero de partidos de fulbito en canchita de cemento o asfalto (que era alguno de los patios del colegio); las inscripciones que siempre lo “adornaban” y que se renovaban cuando el lunes llegaba limpio y bien lavado, para que no nos pusieran baja nota.

Siempre, al final del curso, la clase lo llenaba con sus dedicatorias y era un orgullo enseñarlo, aunque el siguiente año (cuando lo había próximo) tuviesen en la casa que comprar uno nuevo y flamante,  que “aguantaría” un año.

El mandil, con el brazo, era instrumento para borrar pizarras; cuando estorbaba un poco en el juego se amarraba y si uno se quería acordar de algo hacía en sus puntas finales uno o dos nudos. El cinturón, si quedaba, colgaba con el botón huido y pendía por detrás como una cola doble…

En la clase, atrás o a un costado, había un perchero largo pegado a la pared donde el mandil reemplazaba al saco al entrar y quedaba colgado a la salida hasta el día siguiente. La mayoría y no sé si todos los mandiles, tenía el nombre del propietario en una tira por dentro del cuello para identificarse, como si no bastara echarle una mirada, ver las pintarrajeadas y las manchas para decir a quién pertenecía. Es cierto: algunos compañeros, sobre todo al principio, llegaban con el mandil impecable, incluso almidonado. Sin embargo, lo puedo asegurar, a lo largo del tiempo se convertía en un “mandil de guerra”, baqueano de pichangas, sobreviviente nato y compañero fiel.

¡Cuánto papel guardé en sus bolsillos!: copias de última hora, exámenes devueltos, todo lo que un escolar apunta y guarda “por si acaso” hasta que la “limpieza” en su visita semanal los vaciara.

El humilde mandil de mi colegio siempre será el símbolo de una era feliz, despreocupada y llena de ilusiones. Tuve hasta hace algún tiempo el que firmaron mis amigos cuando acabamos las clases escolares para siempre…, hace ya 50 años. ¡Cuánto tiempo!

 

RAFAEL ARÁNDIGA S.J.


ARANDIGA.

Fue mi primer subprefecto en el “colegio grande”, cuando pasamos a cuarto de primaria. Era el encuentro con el embajador de un mundo nuevo. El hermano Arándiga (lo llamábamos por su apellido) era español, gordo, no muy alto, fotógrafo, profesor de inglés y responsable del servicio vehicular, las “góndolas” de colegio. Tenía ojos azules, Anteojos con sobrelunas verdes y nos dividió en clase: Roma y Cartago. Cada mitad tenía su bandera: una roja, la otra azul celeste y aprendimos a competir en todo.

En el colegio había misa diaria, a la que asistíamos todos y después, los que habían comulgado, podían tomar “el ladrillo”: una botella de Coca cola llena de leche chocolatada (decían que se hacía raspando los ladrillos del colegio, de ahí su nombre) que era acompañado de “chancay” (pan dulce que después del ayuno sabía a gloria).

El boleto, que era azul, se compraba en la portería al ingresar y tenía impreso el precio y la palabra  “A.M.D.G.” que se interpretaba maliciosamente como “Arándiga Murió Dando Gritos”.

Arándiga estaba en todas partes y era parte importante del colegio. Fotógrafo, como dije, llevaba en si la ocasión lo ameritaba, colgada al cuello su máquina de fotos y para las que lo necesitaban, usaba un “flash” portátil. Arándiga, en el colegio, era el  “fotógrafo oficial”; el anuario que solían entregar junto con la matrícula cada año, estaba ilustrado con sus fotos y son gratos recuerdos de una época alegre y sin mayores preocupaciones que algún “paso” o examen a la vista.

Crecimos y el Hermano Arándiga siguió al frente de la distribución de ómnibus. Ya no era nuestro subprefecto ni tampoco nos enseñaba nada puntual. Lo recuerdo, en alguna excursión lejana, en la primaria, como entonces se decía “cuidándonos”: está con una boina azul, la cámara de fotos, su sotana y unas botas marrones, como las que usábamos para los campamentos, con su pantalón de dril metido entre las “cañas”; riéndose y siendo uno más de ese grupo que a él, que vino del otro lado del mar, le tocaba educar.