ANTES DE INTERNET


RADIOAFICIONADO

Lo más cercano a lo que ahora es Internet, lo tuve en el colegio de chico y curioso, cuando descubrí por comentarios, que la estructura que sobresalía de la torre era la “antena” de la radio con que el P. Macías se conectaba con el mundo.

Hasta ahora la radio había sido para mí el aparato que estaba en la sala (le decíamos “EL radio”)  que nos permitía oír música clásica, a  “Los Xey” un grupo cómico-musical español, lo que no me interesaba, que eran las noticias y que conectada al tocadiscos, oíamos “Luisa Fernanda”, una ópera Cubana; las zarzuelas que mi madre ponía, los discos de 78 rpm de mi hermana y mi hermano. La radio también nos traía, en casa de Carlos, a “Tamakún el vengador errante”, “Radio Club Infantil” y “Quien estudia triunfa”.

Sin embargo había otra radio, por donde uno podía hablar ¡oh maravilla! Conectándose con otras personas alrededor del mundo. Se llamaban los “radioaficionados” y eran una comunidad muy grande que tenía códigos, horarios, frecuencias y un ruido atroz en la mayoría de las comunicaciones. “OAX”, “Adelante”, “Aquí OAX número tantos, desde Lima, Perú, Sudamérica…”, “No le copio bien…”, “Corto”, eran las frases más usuales en un lenguaje lleno de baches y problemas, pero lenguaje al fin, que provocaba un estremecimiento mientras entre pitidos y ruidos de la estática (una palabra nueva), se escuchaban diferentes voces, a veces en idiomas distintos. ¡Era mágico!: oíamos y nos oían; hablábamos y nos hablaban…

Augusto, compañero de clase, tenía una radio en su casa y su papá era, si no me equivoco, presidente del “Radio Club Peruano”. Tenía también, en la azotea, un telescopio con el que buscábamos estrellas por la noche….

El asunto es que eso de la comunicación a distancia, entró en mi vida, de una forma verdaderamente mágica, aunque para los otros no fuera novedad.

Ser radioaficionado era una verdadera aventura y me sentía orgulloso cuando en la torre del colegio, después de la salida, presenciaba el rito cotidiano que el P. Macías oficiaba y al que me dejaba asistir. En casa no podíamos ser radioaficionados, porque mi padre no podía costear el “hobby” y lo más cerca que llegué fue escuchar onda corta, que tenía los mismos ruidos producidos por la estática.

Con el tiempo fui perdiendo interés que volvió tenuemente cuando aluno de mis compañeros de clase contaban que tenían “un radio de dos bandas” en el carro familiar; nosotros no teníamos carro, o sea ¿para qué alimentar los deseos de algo que era imposible?

Pero ahora, que uso tan naturalmente Internet, me imagino como se sentirán mis nietos y los de mis amigos cuando se les cuente que antes no había; que se hablaba por radio, uno a la vez; que era complicado, que había que “saber”, que a uno tenía que gustarle y destinar la plata necesaria para comprar equipos. ¡A los “nativos digitales” van a sonar a viejo los cuentos analógicos!