DE OVEROL A MANDIL


MANDIL

Hasta tercero de primaria, en el colegio infantil, usábamos un overol verde agua y a partir de cuarto, en el “colegio grande” llevábamos mandil.

Todavía estoy viendo mi mandil escolar, que protegía todos los días el uniforme: era de color café con leche, marrón claro, beige o “color mandil” mejor. Con la “CI” bordada, adelante, en celeste en la parte superior derecha. ¡El mandil!

Era algo normal en nuestra vida diaria y después de quitarnos el saco (o si hacía mucho frío sobre él) el mandil de colegio evitaba las manchas y soportaba toda una semana el trajín bullanguero de partidos de fulbito en canchita de cemento o asfalto (que era alguno de los patios del colegio); las inscripciones que siempre lo “adornaban” y que se renovaban cuando el lunes llegaba limpio y bien lavado, para que no nos pusieran baja nota.

Siempre, al final del curso, la clase lo llenaba con sus dedicatorias y era un orgullo enseñarlo, aunque el siguiente año (cuando lo había próximo) tuviesen en la casa que comprar uno nuevo y flamante,  que “aguantaría” un año.

El mandil, con el brazo, era instrumento para borrar pizarras; cuando estorbaba un poco en el juego se amarraba y si uno se quería acordar de algo hacía en sus puntas finales uno o dos nudos. El cinturón, si quedaba, colgaba con el botón huido y pendía por detrás como una cola doble…

En la clase, atrás o a un costado, había un perchero largo pegado a la pared donde el mandil reemplazaba al saco al entrar y quedaba colgado a la salida hasta el día siguiente. La mayoría y no sé si todos los mandiles, tenía el nombre del propietario en una tira por dentro del cuello para identificarse, como si no bastara echarle una mirada, ver las pintarrajeadas y las manchas para decir a quién pertenecía. Es cierto: algunos compañeros, sobre todo al principio, llegaban con el mandil impecable, incluso almidonado. Sin embargo, lo puedo asegurar, a lo largo del tiempo se convertía en un “mandil de guerra”, baqueano de pichangas, sobreviviente nato y compañero fiel.

¡Cuánto papel guardé en sus bolsillos!: copias de última hora, exámenes devueltos, todo lo que un escolar apunta y guarda “por si acaso” hasta que la “limpieza” en su visita semanal los vaciara.

El humilde mandil de mi colegio siempre será el símbolo de una era feliz, despreocupada y llena de ilusiones. Tuve hasta hace algún tiempo el que firmaron mis amigos cuando acabamos las clases escolares para siempre…, hace ya 50 años. ¡Cuánto tiempo!