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Nuestro fútbol era bastante malo y entre todos no lográbamos armar un equipo, por eso el Unión Deportivo Barranco se transformó en el Club Deportivo Unión sin variar de sede, que era el garaje de mi casa. Nuestro flamante club no solo heredó el local, sino, las portadas de “El Gráfico” puestas como afiches y las revistas. Estantes hechos de cajones de dinamita pintados de un crema blanquecino, revistas “Pingüino” (que en la época eran una especie de “Playboy” recatadísimo), algunas novelas policiales de la colección “Rastros”, algo de Mr. Reeder, que todavía conservo, los banderines-uno muy divertido que tenía a un borrachito abrazado de un poste y una leyenda que decía: “Dios vela por sus borrachos”-, un par de ceniceros y dos llantas usadas de auto que servían de incómodo asiento, que algún alma caritativa rellenó con cojines viejos y por supuesto, uniformes de fútbol desteñidos por sudor y lavadas, así como unas insignias verdes de paño, que tenían la forma del escudo del Perú, con letras blancas y broches para colocar en las camisetas.

A ello le sumamos  nuestros “Penecas”, los infaltables “chistes” algunas revistas mexicanas de “Hermelinda Linda” y “El Monje Loco” además de chucherías de seguro inservibles que cada uno aportó.

El local (garaje sin auto) tenía techo a dos aguas de calamina y una gran puerta de madera que se abría por partes para dar acceso desde la calle. Adentro y detrás, una pequeña puerta conectaba con la entrada posterior de la casa y tenía un escalón para subir antes de entrar (o bajar al salir, según fuera el caso), dejando un espacio entre ambas donde se colocaba el tacho de basura bajo una ventanita con reja de madera. Un foco de luz de no muchos watts  alumbraba la oscuridad cuando alguna de la hojas de la puerta principal no estaba abierta (peligroso, porque era un acceso fácil y podían llevarse “nuestras cosas”) y tampoco lo estaba la puerta trasera que era nuestra entrada oficial.

Los sábados por la tarde nos reuníamos, conversábamos, debatíamos y fanfarroneábamos. Era el lugar donde nadie más que nosotros podía entrar. Donde barríamos las cucarachas que entraban por debajo de la puerta para morir de inanición adentro y plumereábamos el polvo para espantar arañas.

Allí, de las vigas de madera que sostenían el techo, colgaban nuestros banderines. En los estantes de madera, junto con las revistas y libros guardábamos el par de trofeos que habíamos conseguido nosotros y los más numerosos de nuestro antecesor, el UDB. Una vez al mes “sesionábamos” y tiempo después el P. Gonzales Quevedo, profesor  del colegio, que era nuestro “asesor” desarrolló un “Libro de Actas” que era un libro horizontal de contabilidad, con tapas duras en el que asentaba los acuerdos, empezando siempre con una cruz y la fecha, escrito todo con una pluma fuente de tinta azul (la misma con que corregía nuestros exámenes escolares).

Alguna vez, luego de unos Ejercicios Espirituales o de una charla de mi padre, decidimos con Lucho hacer una pira e incinerar los “pecaminosos Pingüinos”. No se nos ocurrió mejor idea que hacerlo en la “terraza de abajo” de la casa-sobre las losetas- y con alcohol como combustible. Se quemaron y la terraza y el comedor que daba a ella se llenaron de cenizas, que para la hora del almuerzo ya revoloteaban por toda la casa. No quiero acordarme de la filípica, pero ahora sí sé que quemamos un pedazo de la historia y nuestra vida ya no fue la misma.

Hay muchas historias alrededor del Club, porque la infancia y la adolescencia primera, mientras suceden, parecen eternas y cuando se miran en retrospectiva duran lo que una corta cerrada de ojos.

(Del libro “El pasado se avecina” por Manuel Echegaray.)