POLVO PLATEADO


 

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De pronto Pierce salta y ataca, amagando a una polilla que se va fácilmente volando a refugiarse, lo más alto que puede, en la pared. Frustrada su intentona, se echa cuan larga es Pierce,  montando guardia por si desavisada la polilla, vuela de nuevo, baja y se convierte en presa.

Cierra los ojos y finge dormitar, aprovechando un rayito de sol. Ese sol otoñal que no calienta mucho, pero es mejor que nada.

Tan solo las orejas se orientan captando los ruidos amortiguados de la calle: sonidos familiares, nada inquietante que merezca salir de la comodidad de “su” rayo de sol. Tal vez ya se olvidó de la polilla y sueña con veranos; quizá se vea en el jardín, cazando mariposas y mirando como los colibríes vuelan cual helicópteros sobre las flores para escapar veloces y desaparecer.

Tal vez no sueña ni imagina nada y se hace la dormida esperando el momento de saltar.

De pronto la polilla deja su sitio en la pared y evoluciona hasta llegar al suelo: el salto se repite y entre las patas delanteras de Pierce hay un polvo plateado.

Foto: “Pierce” por Malú Carrillo.

¡Hasta la próxima polilla, porque no hay colibríes en la sala!

GALLINAZOS


GALLINAZOS

No los veo desde hace mucho tiempo; alguien me dijo que estaban volviendo y que era síntoma que la basura se acumulaba en diferentes sitios. No lo sé a ciencia cierta, porque a los gallinazos dejé de verlos un día que ya no recuerdo, cuando durante mi infancia anidaban en el abandonado tanque de agua, arriba, en la casa de la calle Ayacucho, en Barranco.

Los gallinazos eran parte del paisaje limeño y creo que los ahuyentó el tráfico, los fue matando la contaminación de una Lima que crecía sin freno y hacía competencia con ellos por ese cielo gris, con edificios que nacían como hongos. Los gallinazos supervivientes se deben haber ido en busca de otros cielos, techo más amigables y de basura que no sea un plástico incomible.

Todo cambia y en las tardes extraño el vuelo en círculos que remonta las casas; extraño esas siluetas negras; los saltitos que daban al acercarse con cautela a algo de comer.

Se han ido hasta los gallinazos de Lima. ¿Mala señal?, no: es que cambian los tiempos y ya no queda espacio para el vuelo perezoso de las tardes tranquilas. Además, la dura competencia de los recicladores puso también su cuota.

De pronto, por el cauce del río queda algún gallinazo despistado que hurga entre el desmonte, sabiendo que se irá, pero sin saber dónde. Tal vez sea a una Lima donde la mazamorra, el humitero y el champús son tan solo un recuerdo.

LOS DOS JUANES


Fuente pucp.edu.pe

Uno era Ángelo y el otro Karol. Los dos tomaron como nombre Juan. Muy diferentes, fueron Papas y ahora son oficialmente Santos.

Sin embargo su santidad viene desde muy lejos. Desde que se decidieron a seguir un camino complicado. Ese que siempre es cuesta arriba pero permite saber que más allá está la cumbre, donde se respira el aire puro y la vista es magnífica.

Los dos llegaron: el uno escalador aficionado de montañas y el otro, nacido campesino.

El primer Juan abrió las ventanas de la Iglesia, para que entrara brisa fresca que se llevara el olor a encerrado de los siglos. Juan Pablo, el otro Juan, recorrió el mundo con el Mensaje en su sonrisa.

Estoy emocionado, porque he vivido en tiempo de los dos. He vivido en tiempo de dos Santos.

 

Foto: fuente: pucp.edu.pe

¡QUÉ VERDE ERA MI VALLE!


 

el parque municipal barranco

No es que se viva de recuerdos, pero bien dicen que recordar es vivir.

La Lima que ya no es, pasea sus encantos por la memoria, haciendo que las horas pasen como las cuentas de un rosario, de esos que las beatas trajinaban, musitando antiguas oraciones.

Se fueron los tranvías que nos llevaban desde Barranco hasta Lima y viceversa; luego fueron los “camaronesM.A.N., con puertas automáticas que soplaban en cada paradero; después vinieron “los azules”, Mercedes Benz con los cambios eléctricos. Los siguieron los Büssing, primero de un color que yo diría uva, con el techo crema, que cambiaron a amarillo patito. Los Ikarus articulados, rodaron luego por el carril central del zanjón, amarillos también. Se han ido acompañados de risas de colegio, cobradores que usaban una placa, quepí y entregaban boletos de colores; acompañados por los palomillas que “gorreaban tranvía”, por sándwiches de jamón del país donde “Juanito”; jugos de madrugada en “Tejadita”;  funicular que bajaba a la playa en los veranos y que nos regresaba después del mediodía. Todo ha desaparecido y en su reemplazo, no hay nada que merezca destacarse.

Lima se ha tenido que ir, empujada por una modernidad que no sabe de parques ni alamedas; que no cuenta las horas con las campanas que tocan las iglesias; que nunca patinó en el parque Salazar de Miraflores. Ya no está esa Lima que chuzaba en el Bowling y que tomaba helados de vainilla “de máquina” de pie, en el “¡Oh, Qué Bueno!”. Adiós a una Lima de Autocine y “Pasteurinas” frescas…

Hasta siempre, Lima que ya no existes, que tomabas café en el “Cream Rica” y comías barquillos en “La Laguna”, que era un parque zoológico. Te prometo guardarte en la memoria y recordar las historias que vivimos: son tantas, que a veces me pregunto qué sería de mí si me faltaran.

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EL SENTIR Y EL ESTAR


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El limeño se siente desprotegido y las noticias parecen confirmar que lo está.

La calle es vista muchas veces como un campo de batalla desigual de donde uno lucha contra todos. El exterior, de la puerta de casa, hacia fuera, se percibe como una tierra de nadie, donde la única ley que existe es la del que tiene más fuerza. Se enciende la televisión, se escucha radio, se miran los periódicos y el sentimiento se concreta en noticias e imágenes, enseñando que esta realidad no es simple “percepción

Se vive un clima de violencia que copian hasta los programas de “entretenimiento”: “Esto es guerra”, “Versus”, “Combate”… Una violencia que es exacerbada por juguetes, crónica roja (mayoría aplastante en los periódicos), programas “de preguntas” en TV y truculentas sagas familiares que exhiben sus miserias con gritos incluidos y acusaciones de “violencia psicológica”, verbal y de la otra.

Entonces el ciudadano no es que sienta o perciba: es que está inmerso en una vorágine malsana que lo va poco a poco endureciendo. La religión del “YO” es la más popular y los adeptos quieren estar siempre en primera fila; no importa si matando, insultando, poniendo zancadillas, mintiendo o simulando. El asunto es estar, destacarse y vivir un minuto de fama.

El ciudadano mira y ESTÁ desprotegido. Ya no parece haber autoridades, ya no parece haber razón ninguna. Solo importa brillar, aunque lo que destelle sea lata disfrazada de oro.

A los que están detrás de las empalizadas no les importa nada y las lunas ahumadas de sus autos blindados reflejan una cruel realidad ignorada por ellos.

A los que viven escudados por sus indiferencias tampoco les importa. Hay inseguridad: se percibe en el aire y los que deben enfrentarla miran para otro lado.

¿Corremos? Pero… ¿adónde?

CASUALIDAD DE GUERRA


 

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No tiene la culpa pero es zarandeado de un lado a otro, usado como amenaza, deseado como trofeo. No entiende lo que pasa y de pronto escucha gritos, portazos, a veces percibe que tras la puerta cerrada hoy golpes y hay lágrimas.

Hay palabras que no entiende y se siente absolutamente solo porque los dioses del Olimpo batallan y lo utilizan como excusa. No entiende por qué se tiene que quedar con uno si querría estar con los dos.

No sabe si llorar o callarse; traga sus llantos y mira, con esos ojos grandes como platos, desconcertadamente. No sabe de mañanas ni futuros; se da cuenta eso sí que hay algo que está roto y los bordes filudos le hacen daño.

Total, solo es un trofeo, una excusa, una molestia. Un accidente que impide “volver a hacer la vida” de los padres que cuando lo tuvieron, queriéndose, no pensaron que llegaría este momento. Ahora que llegó después de la escalada de reproches e insultos, lo único que quiere cada u8no es ganarle al otro. ¿Ganarle el hijo? No: ganar la batalla en la que el pobre chico es nada más que una casualidad de guerra.