EL DESCOORDINADO


Monaguillo (1955)

Uno de mis recuerdos más queridos, es que fui monaguillo. Es decir, acólito, ayudante de la Misa católica. Es un grato recuerdo y me veo con mi sotana roja y sobrepelliz blanca. Bien peinado y correcto, me esforzaba por auxiliar al celebrante en una ceremonia que exigía memoria para los movimientos y las acciones, memoria para recordar las oraciones (que estaban y se decían en latín) y el momento exacto de recitarlas.

Cuando empecé yo tenía memoria y voz fuerte, pero donde fallaba era en la coordinación. No sabía muy bien que venía después y qué antes. Dejaba al sacerdote esperando en el momento del lavado de manos o tocaba la campanilla cuando no era el momento.

Por supuesto, nada de esto lo percibía yo (y nadie me lo hacía notar, pues resultaba obvio que era un aprendiz) y estaba seguro de hacerlo todo bien.

Hasta que un día, mucho tiempo después conocí a otro muchacho que me dijo: “¡Así que eras tú! Mi madre me había contado de un monaguillo que era un desastre en los tiempos y movimientos, pero que respondía a lo que el padre decía, con voz muy fuerte y clara…

Sí, era yo y nos hicimos amigos al instante. No sé si él por compasión y yo por vergüenza, pero el asunto es que fue la primera persona que me dijo que lo que hacía estaba mal, pero lo “compensaba” hablando “loud & clear”.

Desde ese momento que fue a la vez vergüenza e iluminación, me esforcé por ir a otras misas y mirar bien a los monaguillos y sus evoluciones. Yo seguía ayudando en la Misa de siete de la mañana, tratando de aplicar lo que aprendía. Creo que sí, lo conseguí, porque varios años después en el “colegio grande”, a partir de cuarto de primaria, estuve entre los voluntarios que ayudaban a la Misa.

El que me dijo la verdad y se hizo mi pata, hoy debe ser Embajador o ya se retiró: no lo he vuelto a ver y le perdí la pista hace una cantidad de años. Pero lo que son las cosas de la vida: cuando allá por el ´73 trabajé en una agencia de publicidad, conocí a una chica que era secretaria y me dijo: “¡Mi novio te conoce!”… ¡Sí, era él!

Volví a perder la pista, pero quiero que sepa que siempre me acuerdo de  la anécdota y su franqueza que de pronto, con el tiempo, tuvo que modular. Yo le agradezco haber sido aquel que me bajara de la nube, en Barranco, vestido yo de acólito.

 

 

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Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.

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