LAS CAMPANAS


 

 

campanas

Desde hace mucho tiempo no escucho las campanas.

Debe ser porque no hay iglesias cerca o porque el barullo imperante opaca y confunde su sonido. De todos modos, los domingos deberían oírse por las mañanas, pero creo que es algo del pasado y que en la ciudad donde las horas eran marcadas por las campanas desapareció ya.

Ahora suenan alarmas de automóviles, sirenas de ambulancias o patrulleros y si hay suerte, en este verano que va entrando escucharemos las cornetas de los heladeros de D´Onofrio. En la ciudad van desapareciendo sonidos antes comunes, como el canto del gallo, el pregón de algún humitero sobreviviente, el “cling-cling” de aviso del timbre del ciclista y otros que ahora se recuerdan amables y que en su momento fueron tildados de bulla.

La trepidación ciudadana, esa cacofonía que todo lo mezcla y convierte en una especie de vibración permanente, que es cierto, suele disminuir en las noches, crece y nos va acostumbrado hasta hacer de nosotros una especie de sordos, que hablamos por teléfono celular a gritos, soportamos alaridos  “¡lleva, lleva!” de los cobradores de micros como si susurraran; oímos bocinazos, frenadas y ruidos mil que mezclados hacen ese “sonido de la ciudad” que marca hoy nuestras horas…. ¡confundiéndolas!

Entonces es que extraño a las campanas: las graves, las alegres, las que anuncian…

Sonidos que se van y quedan relegados a pueblos, a distritos lejanos o simplemente al recuerdo.

Sí, va desapareciendo Lima; digamos piadosamente que cambia y en vez de las campanas hay un sonido extraño que parecen los estertores de un gigante que muere.

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Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.

2 comentarios sobre “LAS CAMPANAS”

  1. Yo conservo en mi casa una linda campana de barco original, de tamaño mediano (como la del colegio), que mantengo colgada en la terraza de mi casa. Cada vez que mis nietos pasan por allí, jalan la cuerda (cuidadosamente colocada al alcance de ellos…) y la hacen sonar (¿la “tañen” se dice?) felices de escuchar su sonido. El perro del vecino ladra al escucharla (y su amo también), y yo me pongo contento de escuchar tan agradable sonido. Nadie en el barrio tiene algo así. ¡Vivan las campanas!

    Un abrazo

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