PERROS DE LA CIUDAD


perros-callejeros

Casi casi me acerco al gran título del no menos grande escritor Mario Vargas Llosa. Este texto es mucho más humilde y no tiene ninguna pretensión. Quiero contar aquí que los perros irrumpieron en mi vida de ciudadano incipiente a los tres años, cuando caminaba al principio de la calle Ayacucho, en Barranco, acompañando a mi madre y de pronto un perro pastor alemán (grande para mi tamaño bastante exiguo), salió de casa de Marina y dio una dentellada que cogió el hombro de mi chompa. Me quedé congelado del susto; de la casa salieron y el perro me soltó. Disculpas van y vienen: supe entonces que el perro era ciego; después mi madre me decía que de seguro el perro oyó mis pasos y quería jugar. Nunca creí en esa explicación, pero el hecho sí parece explicar por qué nunca, después, me gustaron mucho los canes.

En la misma cuadra, casi frente a la casa, vivía un veterinario y su familia, que tenía un perro de nombre modernista: “Atómico”. Era negro, grande (tamaño perro) y disfrutaba de la brisa marina, subiéndose y estando horas en un muro que cerraba el terreno baldío donde el primer pacay  que conocí en mi vida, daba sombra en verano y tiritaba solitario en invierno.

Al terreno lo conocíamos familiarmente como “el muladar” y era propiedad de los dueños de la casa que quedaba exactamente al frente y no querían construcciones que obstruyeran la vista que tenían del mar.

El muladar” no era un basurero, propiamente dicho, pero sí se acumulaban algunos desperdicios, que eran limpiados cada cierto tiempo y que yo ayudé a aumentar, con alguna caja de remedios vacía, tirada para espantar a los gatos que daban conciertos inesperados, bajo la ventana del cuarto de mis padres.

Otro perro fue “Nuts”, bóxer que solo entendía inglés y que vivió un tiempo en mi casa, mientras sus dueños, amigos de mi padre, eran huéspedes nuestros.

Luego recuerdo a “Brando” y “Mona”, los perros que tuvo Lucho en su casa de la calle Las Mimosas. Nunca llegué a saber si “Mona” era con una o doble “n” (como el Nombre de Monna Bell, una cantante famosa, chilena, de la época). “Mona” (así lo escribiré) era cocker spaniel, de color caramelo e inquieta, juguetona. Feliz cuando nos veía, era tan patente su alegría que se hacía la pila.

Brando” que era negro y cachorrito, debía su nombre de seguro a Marlon, el actor.

No recuerdo más perros en mi historia hasta que ya casado con Alicia, llegó “Tufi”, un collie, que con el tiempo demostró ser enano y fue la mascota que nuestra hija Alicita miraba con cariño y tocaba con verdadera aprensión.

En mi historia como perruno propietario, está “Altai”, un lindo siberiano de ojos azules y con pinta de lobo…

Manso y bueno, el chico que lo entrenaba, dijo que era para concurso. ¿Defendernos “Altai”? ¡Nunca!: hacía fiestas a quien se le acercara y cuando Alicia lo sacaba a pasear sujeto con una cadena, la gente (“por las puras”) cruzaba de vereda con temor.

Obsequiamos, cada uno a su tiempo, a los dos perros, porque podían en su festiva locura, echar al suelo sin querer a mi suegra o a mi madre, que vivían en casa.

Después de tiempo vino “Jack”, que era gato.

Blanco con negro aprendió a “dar la pata” como un perro y luego a Paloma le regalaron a “Pierce”. De eso hace 11 o 12 años y desde entonces “Pierce”, la gata, nos acompaña. Llegó para quedarse cuando tenía 15 días de nacida y me hizo entender por qué a “Víctor” el gato que tuve de chico y sobre el que guardé silencio en este texto, porque murió atropellado por un auto, lo quise tanto. Es cierto: hubo un minino más y era amarillo, su nombre no me acuerdo, que vivió un tiempo con nosotros.

… … … … … … …

Empecé hablando de los perros, yo, que prefiero a los gatos; sin embargo no es que los deteste o ningunee, lo que pasa es que son muy particulares los gatos. He tenido tortuga, canarios, hámsteres, perros, gatos y hasta una lora: afirmo mi preferencia gatuna. Si el gato fue un dios en el Egipto antiguo, algo es lo que tiene de especial desde siempre.

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Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.

4 comentarios sobre “PERROS DE LA CIUDAD”

  1. Perros o gatos, mi querido Manolo, los animales son muy queridos. No tienen rencores ni odios, sólo amor retribuido (y algún mordisco o arañan por ahí…) ¡Ya quisiéramos nosotros que muchas personas se comportaran como ellos!
    Un abrazo
    Cococho

  2. Mientras leía al comienzo me preguntaba por qué cuentas tanto de perros si tú prefieres los gatos, hasta que llegó la hilarante y esclarecedora frase: “hasta que llegó Jack, que era gato” jejeje

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