PENSANDO AL GATO


Dicen que cuando el hombre de las cavernas llevó al perro a su cueva, este pensó: “Qué curioso este ser. Me trae a su vivienda, me alimenta,  juego con su familia, me acaricia y duermo cerca al fuego: ¡debe ser dios!”

El gato también fue recibido en la caverna y después de algún tiempo pensó: “Qué curioso este ser. Me trae a su vivienda, me alimenta, juego con su familia, me acaricia y duermo cerca al fuego: ¡debo ser dios!”.

 

Pierce llegó a casa como un regalo a Paloma, la menor de mis hijas. Chiquita, esmirriada, toda orejas y cola, era una gatita fea y desvalida.

Cuando preguntamos por qué la había elegido, dijo: “¡Ay papi! Estaba al fondo de una jaula acurrucada, feíta y solitaria: nadie se la iba a llevar. Me dio ternura y aquí está…  Y aquí está desde hace once o doce años. Tenía quince días de nacida y recibió su nombre sin pensar que con el tiempo sería una especie de “piercing” que adorna nuestros días.

Creció como crecen los gatos: juguetona, observadora y silenciosa. Esto último porque maullaba poco o muy bajito y el veterinario, tras examinarla, dijo que tenía dañadas las cuerdas vocales.

Se convirtió en parte de la casa y cuando Paloma se fue a vivir a la Argentina, la heredamos y un poco desconcertada porque no veía más el rostro familiar, nos aceptó.

Una noche, salió y no volvió. Pasó una semana y dejando una ventana entreabierta, esperábamos que regresara. De pronto, una madrugada me despertó un “¿Miau?” inquisitivo y bajito: “¡Es Pierce!” dije y allí estaba en la puerta del dormitorio, avisando que había regresado y preguntando si podía pasar. De inmediato le pusimos comida y agua que aceptó ávidamente. Alicia comunicó la buena nueva por la computadora y Pierce, flaca, con una mancha oscura en el lomo (suciedad del aceite de un auto, bajo el que se había guarecido, asustada, colegimos), ya comida y bebida, saltó a la cama y se acomodó sobre el edredón quedándose dormida, no sin antes haberlo olido todo para asegurarse antes de echarse un sueño, que no estaba soñando.

Mucha agua ha salido de todos los caños del mundo desde entonces y hoy Pierce sigue igual, solo que más vieja, más gorda y sumamente cauta con eso de salir a explorar más allá de la puerta. Claro, ahora que vivimos en edificio no hay jardín y la calle queda unos pisos lejos. Por precaución ante eventuales accesos acrobáticos o recuerdos de asfalto, abrimos solo lo justo las ventanas como para que ella no pase.

Sí, Pierce es una gata de marca: marca gato y no le preocupa en lo más mínimo a ella ni a nosotros; nunca nos quitó el sueño eso del pedigrí. Le basta con saber que tiene más del 95% del genoma del tigre, su primo de las selvas, del que se separó para empequeñecerse y convertirse en gato hace como ocho millones de años y venir a la casa. Hacerle una caricia es retroceder, sin pensarlo, en el tiempo.

 

 

 

Pierce en sillón.

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Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.

2 comentarios sobre “PENSANDO AL GATO”

  1. ¡Que bonita gata!
    Entre muchas cosas de tu post me agradó la frase que grafica el tiempo transcurrido: “Mucha agua ha salido de todos los caños del mundo desde entonces…” Genial, muy acorde a los tiempos actuales 😀

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