EL HOMBRE QUE SE EQUIVOCABA


Memoria

No podía remediarlo: cada vez que iba a elegir algo, nunca era lo adecuado. Se ponía medias grises y el terno era color helado de vainilla; los sobres siempre eran más chicos de lo que necesitaba para enviar una carta, confundía los números de teléfono y llamaba a la lavandería para encargar flores o a su casa para preguntar por alguien de la oficina. No acertaba en las comidas y se encontraba al pedir con sorpresas extrañas y francamente desagradables al mezclar sabores. Compraba hasta tres veces el mismo libro, porque había olvidado que ya lo tenía y hasta ir al cine era una odisea para él porque entendía otra cosa que lo que decían los títulos de las películas. Hasta el día de su matrimonio empezó desastrosamente porque confundió las fechas y creyó que se casaba dos días después y se quedó dormido.

En su vida conyugal, su esposa, primero asombrada y luego resignada optó por servirle de recordatorio y le anunciaba las cosas nimias como la fecha, el lugar donde dejaba sus lentes y los aniversarios,  recordando lo que cuando fueron enamorados y luego novios, le parecía raro, pero normal en un tipo que andaba “con la cabeza en las nubes”.

Desde que comprendió finalmente con qué tenía que lidiar, él se volvió puntual y en apariencia insólitamente memorioso. Ella fue siempre desde entonces la verdadera agenda del hombre que todo lo olvidaba; la memoria real, digamos.

Probó con darle un tónico cerebral que se llamaba casi como lo que su esposo no tenía: “Memorex”. No sirvió absolutamente de nada y él perdió el frasco porque lo metió en su maletín, lo llevó a la oficina de la universidad donde dictaba clases, confundiendo los cursos que enseñaba y cuando lo encontró, pensó que lo había llevado por equivocación, echándolo distraídamente a la basura.

Los días estaban plagados de equivocaciones, pero a él, o no le importaba o porque siempre fue así, no se daba ninguna cuenta del problema

Ya todos los de su entorno cercano sabían de su olvido constante y no le reprochaban. Vivió así entre olvidos y cuidados, sorpresas y algunas desagradables situaciones hasta que un día se tomó dos cápsulas porque le dolía la cabeza y se olvidó de todo para siempre.

Al volver de la compra, su esposa lo encontró tirado en medio de la sala, muerto. Ella dejó parsimoniosamente las bolsas en la cocina y comprobó que se había tomado el cianuro que dejara antes de irse, como al descuido, en el primer cajón de la cómoda.

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Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.

4 comentarios en “EL HOMBRE QUE SE EQUIVOCABA”

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