LA MARISCALA


Tony 31.12

No, no se trata de la figura histórica, sino de mi madre, María Antonieta, histórica también pero  a su modo, que ayer 26 de junio hubiera cumplido 102 años. Lamamos a mi hermana Teté a Arequipa para hacer recuerdo de ella y saltaron en la conversación las pequeñas anécdotas que pintan claramente a las personas. Mi hermana se acordaba, por ejemplo, que cuando salíamos a comer fuera, cada uno hacía su pedido hasta que nuestra madre llamaba al mozo y le indicaba aquello que todos comeríamos. Tomaba la batuta y asumía, tranquilamente, la elección familiar. Y ni mi padre ni ninguno en la mesa discutía: se iba a comer lo que ella decía.

Situaciones así fueron las que dieron origen a su apodo, que cariñosamente citábamos, nunca delante de ella.

Manuel Enrique, mi padre, decidió que María Antonieta fuera lo que él llamaba su “ministro de hacienda” y le entregaba todo el sueldo mensual que ella repartía; sueldo, huelga decir que mi madre estiraba haciendo que alcanzara, privándose ella misma de cosas y guardando el secreto de su arte para pagarlo todo puntualmente y mantener tradiciones como aquella en la que cada hermano recibiera un regalo de santo aunque no fuera su cumpleaños sino el del hermano. Es decir que las celebraciones, con regalos y todo eran triples (porque éramos tres cuando era chico, hasta que mi hermana se casó y fue a Arequipa a vivir). Nadie envidiaba al otro y yo que era pequeño menos; María Antonieta sabía hacer maromas y el dinero que siempre era magro, alcanzaba.

La recuerdo escuchando a Beethoven en el viejo tocadiscos Garrard y equilibrando cuentas para llegar a finales de mes

y pagar desde el alquiler de la casa hasta el colegio mío; la universidad de Panchín, los gastos, la empleada y paro de contar. Lo demás eran “lujos” y venían esporádicamente.

Recuerdo mucho que mi primer saco sport fue uno de mi hermano, que un sastre de Barranco arregló para mí. El ropero que “heredé” junto con ese saco de mi hermano cuando este, que trabajaba ya, pudo comprarse uno, estaba hecho de cartón con maderas que lo hacían armarse y que por frente tenía una cortina que corría en un alambre fijado en los extremos por tachuelas de cabeza redonda. ¿Cómo me acuerdo? ¡Cómo no recordarlo si fue María Antonieta la que supervisó el trasvase de su propio ropero atiborrado a lo que ya era “mi” mueble! No tenía cajones y las camisas estaban dobladas en el piso, colgando solo un par de pantalones, tal vez una casaca que escoltaban al saco reciclado, abrigador y de un color entre gris claro y blanco. Con el tiempo el mismo sastre me hizo un nuevo pantalón con bolsillos arriba y sesgados, con botón al final –a la moda de entonces- y me sentí tan bien que no aquilaté el esfuerzo que de seguro había supuesto para mi madre, que lo tuviera yo.

Ayer se agolparon recuerdos y la conversación con mi hermana hizo volar el tiempo en retroceso y estuve en los lonches, en las terrazas de arriba y de abajo, donde jugábamos con los amigos un juego que como lo dije alguna vez contaba con capítulos de fantasía diaria y desbordada. Éramos Sandokán, Phileas Fogg o Tamakún,  “el vengador errante”. Navegábamos praos, carabelas, buques de ruedas y probábamos la balsa de Tom Sawyer. Cabalgábamos imaginariamente recorriendo regiones alejadas y pobladas de selvas y de tigres que enfrentábamos hasta el atardecer, hora en que mi madre nos llamaba para tomar el lonche que volvía despacio entre el café con leche, el pan con mantequilla y la infaltable torta, a traernos a ese mundo de días de preparar deberes, asistir al colegio y ser chicos de bien en un Barranco que vuelve siempre a mi memoria íntimamente asociado con mi madre y la calle Ayacucho, número dos, seis, tres.

Ayer hubiera sido su cumpleaños y en casa no comimos la torta ni apagamos las velas, pero estuvimos todo el día recordándola: el “ministro de hacienda”, la Mariscala; la que entre juegos y sueños nos enseñó que la vida no trae lo que quieres pero te da sorpresas que alguien –ella- preparó siempre con cuidado.

 

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