GOYO


 

 

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No sé si siga vivo o por dónde ande. Se llamaba Gregorio y su nombre provenía del griego, pero era chileno.

“Goyo” entró en nuestras vidas un buen día en que sonó el timbre de la casa del barrio de San Borja y allí estaba. Se presentó simplemente diciendo que lo mandaba mi primo y lo hicimos pasar. Así empezó una historia que he recordado esta mañana y me llevó a buscarlo en Internet, recurriendo a las redes sociales y a través de buscadores. Me fue imposible dar con él  y ahora escribo porque siento que pasaron los años y que este recuerdo ha venido a mi mente por alguna razón.

Barba rala entrecana, cabellera con rizos, anteojos,  un poco subidito de peso y un dejo tan inconfundible, que a ciegas lo hubiera identificado como un habitante del vecino del sur. Conversamos y entre café y café fue contando lo que después supimos era solo la punta de su historia.

Era la época en que la gente seguía saliendo de un Chile militar que perseguía a los que se atrevían a disentir de un modelo que estaba construyéndose sobre cadáveres, desaparecidos y el irrespeto total al pensamiento.

Goyo –así se presentó- venía de allí, escapado, con las manos quemadas en interrogatorios sin respuestas. Su principal acusación fue que no pensaba igual y entonces, ese día en San Borja nos contó algunos retazos de su historia.

Debía haber viajado en bus o en camión hasta llegar allí, dejando atrás su patria y confiando que el primo de un amigo le abriría la puerta. Para hacerla corta, contaré que Alicia, Alicita y yo, fuimos de viaje a Arequipa y dejamos a Goyo en casa. Definitivamente se había ganado nuestra amistad y confiábamos en él. A veces me dicen “¿Cómo pudiste dejarlo…”? Goyo se había convertido en un familiar, en alguien de absoluta confianza. Pasó el tiempo (que pasa inexorable) y Goyo estuvo trabajando con niños especiales; a Alicia María le habían regalado un conejo hermoso de orejas largas de raza “Mariposa”. Y ese nombre obtuvo, pero como sucede siempre,  “Mariposa” creció y se comió todas las plantas del pequeño jardín posterior donde estaba; sólo quedó un rosal, que supongo por las espinas no fue muy de su gusto. Acto seguido, empezó a cavar un túnel en la tierra, pegado a la pared y como “Mariposa” destruía y al parecer estaba desesperado por fugar, decidimos en “consejo de familia” que lo mejor sería regalarlo a un lugar donde tuviera libertad y Goyo se ofreció a llevarlo a la granja que los niños especiales tenían. Y allí fue “Mariposa” rumbo a la libertad de un sitio amplio.

Pero este post es sobre el amigo Goyo, que se ganó a pulso y muy rápidamente, no solo la amistad sino nuestro cariño. Cocinaba muy bien y era compañero de tertulias y de ratos alegres Su trabajo lo llevaba a viajar se mudó muy cerca del estadio. Sin embargo nos visitaba siempre y ahora, recordando, extraño su presencia; la voz del buen amigo, su humor, sus “chilenadas”, como el mismo decía. No sé qué habrá sido de Goyo, pero hoy, lo rememoraba y automáticamente me volvió al presente su figura y los instantes compartidos, me ha entrado eso que se llama nostalgia y decidí contarlo por escrito. Contar la experiencia, porque el haber conocido a Gregorio –Goyo-  a Alicia y a mí nos enriqueció tanto que este es mi modo de decirle a él de corazón: ¡Mil gracias!