DECIR LO QUE SE PIENSA Y PENSAR LO QUE SE DICE


Shhh....!

En nuestro país se dicen cosas que a veces suenan como si se hubiesen dicho sin pensar ni medir las consecuencias. Se suele hablar nomás, llevados por la emoción del momento, la ira, la sorpresa o la cosa “graciosa”. Bien dice el dicho que “uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla”. No es la primera vez que hago esta cita, pero da la impresión que hablar sin pensar está de moda o es un “deporte” nacional.

Muchas veces hay intención en las palabras: un mensaje que se quiere que llegue y se disfraza de “repentismo” o exabrupto, bajándole  el tono. Al que habla así, lo que le sucede es que en realidad no se atreve a ventilar sus sentimientos. Vivimos una cultura extraña donde se usan eufemismos, circunloquios y se trata de sacar la vuelta al idioma: “… no dije lo que dije y si entendiste mal, es tu problema”.  Veladas alusiones, menciones “de pasada” y todo eso que vemos publicado en los medios es pan de cada día. No nos acostumbramos a llamar al pan “pan” y al vino, “vino”. Y si por esas casualidades de la vida alguien lo hace, se levantan las cejas de sorpresa. Nunca decimos lo que queríamos decir. Por eso nace en el Perú el traductor que interpreta lo dicho y la interpretación “auténtica”.

Vivimos en un mundo de ficciones y de zalamerías que esconden veneno. Tratamos de matar sin que nos vean para que no nos culpen. Se le llama “elegancia” y en verdad, no pensar en lo que se está diciendo y en vez de eso disfrazarlo, es más bien miserable.