SEGURIDAD… ¡CUÁNTOS CRÍMENES SE COMETEN EN TU NOMBRE!


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Vivimos en una sociedad mundial donde la seguridad debe ser sacrosanta, pero a veces uno se pregunta qué es “seguridad”.

Vemos en las noticias que por un lado dicen que “se vulnera la seguridad” y parece que la palabra, con mayúscula, supone mucho más de lo que se dice o se acepta admitir.

También nos enteramos por la prensa que se busca a un fulano por haber puesto en peligro y delatado secretos que por “razones de seguridad” eran inaccesibles. Se nos explica (o es lo que se trata, al menos) que el mundo está en peligro porque se ha filtrado aquello que como en las películas es “for your eyes only” de alguien privilegiado que “merece” saber.

Mientras tanto el mundo, este mundo común, está en ayunas de lo que está pasando y se cree los cuentos que le cuentan y aquello que se inventa para tapar realidades que no solo sorprenden sino que asquean.

El tema de “seguridad” parece ser de verdad encubrimiento y cuando no se puede tapar en esa forma se recurre al disfraz,  la violencia callada, las desapariciones, los silencios culpables. Se echa mano de todo con tal que no se abra lo que resulta ser la Caja de Pandora. Una caja que con sus filtraciones causa revuelo y zozobra porque involucran a tirios y troyanos, a los que alguna vez juraron defender la Verdad. Parece ser que hay contradicciones entre estas dos palabras que terminan en “dad”; contradicciones tan irreconciliables que ponen en peligro y entredicho lo que es una virtud. Es que parece que hay quienes creen que la Verdad es suya. Que hay muchas verdades y como en un juego de espejos nos enseñan la imagen que creen conveniente mostrar. Perdidos en los meandros de la oscuridad, avanzamos a tientas mientras quienes juraron defender la Verdad se ocultan en las sombras creyendo así engañarnos: de pronto sí, por un rato creímos, hasta que nos hemos dado cuenta que la palabra de marras significa distinto para ellos y nosotros: seguridad para ellos, engaño a los demás.

LA MARISCALA


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No, no se trata de la figura histórica, sino de mi madre, María Antonieta, histórica también pero  a su modo, que ayer 26 de junio hubiera cumplido 102 años. Lamamos a mi hermana Teté a Arequipa para hacer recuerdo de ella y saltaron en la conversación las pequeñas anécdotas que pintan claramente a las personas. Mi hermana se acordaba, por ejemplo, que cuando salíamos a comer fuera, cada uno hacía su pedido hasta que nuestra madre llamaba al mozo y le indicaba aquello que todos comeríamos. Tomaba la batuta y asumía, tranquilamente, la elección familiar. Y ni mi padre ni ninguno en la mesa discutía: se iba a comer lo que ella decía.

Situaciones así fueron las que dieron origen a su apodo, que cariñosamente citábamos, nunca delante de ella.

Manuel Enrique, mi padre, decidió que María Antonieta fuera lo que él llamaba su “ministro de hacienda” y le entregaba todo el sueldo mensual que ella repartía; sueldo, huelga decir que mi madre estiraba haciendo que alcanzara, privándose ella misma de cosas y guardando el secreto de su arte para pagarlo todo puntualmente y mantener tradiciones como aquella en la que cada hermano recibiera un regalo de santo aunque no fuera su cumpleaños sino el del hermano. Es decir que las celebraciones, con regalos y todo eran triples (porque éramos tres cuando era chico, hasta que mi hermana se casó y fue a Arequipa a vivir). Nadie envidiaba al otro y yo que era pequeño menos; María Antonieta sabía hacer maromas y el dinero que siempre era magro, alcanzaba.

La recuerdo escuchando a Beethoven en el viejo tocadiscos Garrard y equilibrando cuentas para llegar a finales de mes

y pagar desde el alquiler de la casa hasta el colegio mío; la universidad de Panchín, los gastos, la empleada y paro de contar. Lo demás eran “lujos” y venían esporádicamente.

Recuerdo mucho que mi primer saco sport fue uno de mi hermano, que un sastre de Barranco arregló para mí. El ropero que “heredé” junto con ese saco de mi hermano cuando este, que trabajaba ya, pudo comprarse uno, estaba hecho de cartón con maderas que lo hacían armarse y que por frente tenía una cortina que corría en un alambre fijado en los extremos por tachuelas de cabeza redonda. ¿Cómo me acuerdo? ¡Cómo no recordarlo si fue María Antonieta la que supervisó el trasvase de su propio ropero atiborrado a lo que ya era “mi” mueble! No tenía cajones y las camisas estaban dobladas en el piso, colgando solo un par de pantalones, tal vez una casaca que escoltaban al saco reciclado, abrigador y de un color entre gris claro y blanco. Con el tiempo el mismo sastre me hizo un nuevo pantalón con bolsillos arriba y sesgados, con botón al final –a la moda de entonces- y me sentí tan bien que no aquilaté el esfuerzo que de seguro había supuesto para mi madre, que lo tuviera yo.

Ayer se agolparon recuerdos y la conversación con mi hermana hizo volar el tiempo en retroceso y estuve en los lonches, en las terrazas de arriba y de abajo, donde jugábamos con los amigos un juego que como lo dije alguna vez contaba con capítulos de fantasía diaria y desbordada. Éramos Sandokán, Phileas Fogg o Tamakún,  “el vengador errante”. Navegábamos praos, carabelas, buques de ruedas y probábamos la balsa de Tom Sawyer. Cabalgábamos imaginariamente recorriendo regiones alejadas y pobladas de selvas y de tigres que enfrentábamos hasta el atardecer, hora en que mi madre nos llamaba para tomar el lonche que volvía despacio entre el café con leche, el pan con mantequilla y la infaltable torta, a traernos a ese mundo de días de preparar deberes, asistir al colegio y ser chicos de bien en un Barranco que vuelve siempre a mi memoria íntimamente asociado con mi madre y la calle Ayacucho, número dos, seis, tres.

Ayer hubiera sido su cumpleaños y en casa no comimos la torta ni apagamos las velas, pero estuvimos todo el día recordándola: el “ministro de hacienda”, la Mariscala; la que entre juegos y sueños nos enseñó que la vida no trae lo que quieres pero te da sorpresas que alguien –ella- preparó siempre con cuidado.

 

NOTICIAS POSITIVAS


 

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El Presidente del Perú pide noticias positivas y grafica a los periodistas mencionándolos como aves carroñeras que escarban entre la basura.

Es cierto, la abundancia de negatividad en las noticias hace parecer que todo es malo. Sin embargo los periodistas no son rebuscadores de basura, sino que encuentran desperdicios y que siguen las pistas que de ellos se irradian. El tema es quién produce los desperdicios,  fabrica esa basura.

Los periodistas ofrecen las noticias que existen.  Alguno inventa cosas, pero se sabe rápido si sucede y el descrédito es igual de veloz.

Dicen que no es noticia que se construya un puente y sí lo es que se caiga. Es “noticia” todo aquello que salga de lo “normal”, que llame la atención por ser extraño.

Una “buena noticia” o noticia positiva como la construcción del mencionado puente que une a las personas no es exactamente una “noticia”: es lo que en rigor hay que hacer. Si lo hecho fallara, será noticia el suceso: la caída. La prensa se hará eco y ayudará a señalar responsabilidades. ¿Para qué? Para que uno esté enterado y se forme opinión; para que se pueda encontrar a los culpables y se apliquen castigos.

La prensa, el periodismo serio, es la voz de alerta, es los ojos y oídos de una ciudadanía que siempre ha tenido el derecho de saber lo que estaba pasando. Incomoda en especial a quien quiere cultivar un secreto, circular sin ser visto por oscuros pasillos o esconderse en rincones ignorados.

El periodismo es un aliado antes que un enemigo. Lo que sucede es que a veces se mezcla la Verdad con negocios y se dice esta a medias para no dañar a lo segundo.

Conflicto de intereses se le llama y hemos visto en muchas ocasiones que hay cosas que se dicen a medias o se callan para no perder ciertas prebendas o dañar los “negocios”.

No es noticia el andar derecho por la senda. Salirse sí es noticia. Uno –el público- espera que todo se haga bien y es a la prensa a quien le toca avisar que esto no está ocurriendo.

Muchas veces la prensa podría, sin evadir el tema, mostrar la podredumbre; lo malo que sucede es que hay regodeo y se trata el asunto de una manera tal que parece un guión de mal teatro. Ni tan poco ni tanto.

Noticias positivas, sí, pero hay que generarlas y tienen que ser “noticia”. Va a depender del modo en el que se las mire y ofrezca, recordemos que un muerto puede ser una historia y un millón de cadáveres una estadística fría.

“PORQUE NO ENGRASO LOS EJES ME LLAMAN ABANDONAO”


“…si a mí me gusta que suenen pa qué los voy a engrasar.”

 

La letra de la canción de Atahualpa Yupanqui nos dice que muchas veces hacemos algo que a nosotros nos gusta y a los demás no. Es que vivimos “actuando para las galerías” o cuidándonos de “caer” bien, de no ser diferentes a lo que realmente somos por una insólita necesidad de “pertenecer” y vamos matando por sofoco a una personalidad que por sus peculiaridades puede ser muy rica. Nos esforzamos en parecernos a todos, en sumergirnos en la masa anónima que ve telenovelas y llora con ellas, grita gol porque otros lo gritan y está al día en farándula, porque son novedades que “hay” que conocer.

Todo aquello que puede distinguirnos, que se sale de una norma no escrita pero sí conocida, es menester hacerlo desaparecer. Seguimos las corrientes sin preguntarnos donde llevan y opinamos como lo último que leímos en diarios de 50 centavos o vimos en la televisión.

Sí, claro, después vendrá la sorpresa y las quejas porque no nos tienen en cuenta. Es que el montón importa, como montón, solo en las estadísticas, de las cuales nos hemos vuelto parte anónima. Si pensar de otro modo y expresarlo nos hacer ser lunar, bienvenidos al clan de los lunares. Esa es la mejor prueba que conservamos una identidad. No engrasamos los ejes pues nos gusta que suenen; su chirrido distinto que tal vez sea molesto para otros, acompaña la senda, NUESTRA senda. Si circulamos silenciosos de acuerdo con las calladas muchedumbres mediocres, no solo pasaremos “solapa” sino que perderemos nuestra valiosa identidad en un mar agachado y silencioso que no quiere opinar.

GOYO


 

 

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No sé si siga vivo o por dónde ande. Se llamaba Gregorio y su nombre provenía del griego, pero era chileno.

“Goyo” entró en nuestras vidas un buen día en que sonó el timbre de la casa del barrio de San Borja y allí estaba. Se presentó simplemente diciendo que lo mandaba mi primo y lo hicimos pasar. Así empezó una historia que he recordado esta mañana y me llevó a buscarlo en Internet, recurriendo a las redes sociales y a través de buscadores. Me fue imposible dar con él  y ahora escribo porque siento que pasaron los años y que este recuerdo ha venido a mi mente por alguna razón.

Barba rala entrecana, cabellera con rizos, anteojos,  un poco subidito de peso y un dejo tan inconfundible, que a ciegas lo hubiera identificado como un habitante del vecino del sur. Conversamos y entre café y café fue contando lo que después supimos era solo la punta de su historia.

Era la época en que la gente seguía saliendo de un Chile militar que perseguía a los que se atrevían a disentir de un modelo que estaba construyéndose sobre cadáveres, desaparecidos y el irrespeto total al pensamiento.

Goyo –así se presentó- venía de allí, escapado, con las manos quemadas en interrogatorios sin respuestas. Su principal acusación fue que no pensaba igual y entonces, ese día en San Borja nos contó algunos retazos de su historia.

Debía haber viajado en bus o en camión hasta llegar allí, dejando atrás su patria y confiando que el primo de un amigo le abriría la puerta. Para hacerla corta, contaré que Alicia, Alicita y yo, fuimos de viaje a Arequipa y dejamos a Goyo en casa. Definitivamente se había ganado nuestra amistad y confiábamos en él. A veces me dicen “¿Cómo pudiste dejarlo…”? Goyo se había convertido en un familiar, en alguien de absoluta confianza. Pasó el tiempo (que pasa inexorable) y Goyo estuvo trabajando con niños especiales; a Alicia María le habían regalado un conejo hermoso de orejas largas de raza “Mariposa”. Y ese nombre obtuvo, pero como sucede siempre,  “Mariposa” creció y se comió todas las plantas del pequeño jardín posterior donde estaba; sólo quedó un rosal, que supongo por las espinas no fue muy de su gusto. Acto seguido, empezó a cavar un túnel en la tierra, pegado a la pared y como “Mariposa” destruía y al parecer estaba desesperado por fugar, decidimos en “consejo de familia” que lo mejor sería regalarlo a un lugar donde tuviera libertad y Goyo se ofreció a llevarlo a la granja que los niños especiales tenían. Y allí fue “Mariposa” rumbo a la libertad de un sitio amplio.

Pero este post es sobre el amigo Goyo, que se ganó a pulso y muy rápidamente, no solo la amistad sino nuestro cariño. Cocinaba muy bien y era compañero de tertulias y de ratos alegres Su trabajo lo llevaba a viajar se mudó muy cerca del estadio. Sin embargo nos visitaba siempre y ahora, recordando, extraño su presencia; la voz del buen amigo, su humor, sus “chilenadas”, como el mismo decía. No sé qué habrá sido de Goyo, pero hoy, lo rememoraba y automáticamente me volvió al presente su figura y los instantes compartidos, me ha entrado eso que se llama nostalgia y decidí contarlo por escrito. Contar la experiencia, porque el haber conocido a Gregorio –Goyo-  a Alicia y a mí nos enriqueció tanto que este es mi modo de decirle a él de corazón: ¡Mil gracias!

 

OPINO


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Se detuvo el sorteo que buscaba “reclutar” personal para el ejército, en cumplimiento de una ley que está agitando al país. Es decir que por orden de un juez se detiene la cosa y los que están a favor, se enojan y los que están en contra (que parecen ser la mayoría), respiran aliviados pues la dichosa ley tiene la “virtud” de convertir la palabra “voluntario” en otra: “obligatorio”, a pesar del empeño en negarlo.. Lo peor eran las “excepciones a la regla” que sí pues, discriminan.  Se encresparon los ánimos y el Presidente criticó a “pelos largos” y dijo que a los que estaban en contra de esa ley, que no les preocupaba la integridad nacional. Dice a pesar de todo, ser respetuoso de lo que la ley, que acogió un amparo de la Defensoría, dice. Sin embargo, se apela. Si fue un Ministro o fue el Presidente, da lo mismo porque es la opinión del Poder Ejecutivo. Entonces ¿un amparo no sirve? ¿Es el Defensor del Pueblo un “interino cualquiera” y el juez que falló, a quien podrían hacer modificar su fallo, un “corrupto”?

Las “levas” del ejército a veces terminaban sirviendo en casa de gente con galones. Hablo en pasado porque no creo que esto de dé en el presente, ni quiero imaginarlo. Servir en el ejército es una cosa. Servir como empleado doméstico barato, pagado por el Erario Nacional, es distinto. Así como es distinto elegir el servir a la Patria y ser sorteado para, posiblemente, acabar siendo muerto en el Vrae por terroristas o narcotraficantes. Opino.