A MARTE SIN REGRESO


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Según las noticias ya hay diez mil voluntarios para viajar a Marte, dispuestos a vivir allí el resto de sus vidas. Lo que es igual: decidieron morir ahí si viajan, porque no habrá retorno.

Marte fascina siempre y los que levantaron la mano diciendo “yo” no sé si piensan inmolarse por la ciencia, buscar suerte, inmolarse nomás, vivir una aventura o demostrar que tienen el dinero para gastar y son excéntricos.

Ray Bradbury en sus “Crónicas Marcianas” muestra a nuestro vecino estelar colonizado por los seres humanos, que  llevan con ellos el recuerdo que tienen de la Tierra, tratando de reproducirlo en pueblos y actitudes. Llevan con ellos lo peor y lo mejor. Hurgan entre las ruinas de las ciudades muertas para encontrar vestigios de una civilización que los precedió superándolos. La fragilidad de esas ciudades, hace que se deshagan como sueños en polvo mientras comen hot dogs, van de camping y recorren los desiertos inmensos en busca de una vida que dejaron atrás.

Miran a esa estrella redonda que es la Tierra y por fin saben, cuando explota, que están abandonados a su suerte y no volverán más.

Fue Bradbury un poeta y visionario. Es cierto: el hombre aquí, en Marte o a donde vaya, no cambia. Lleva consigo las guerras, las pasiones y repite lo hecho sin importarle nada. En sus historias de marcianos y hombres la desgracia terrena viaja a Marte. Va con el ser que vuela años luz para hacer lo que siempre ha hecho: destruirse.

Ahora que el entusiasmo de los voluntarios calienta las noticias y Bradbury ha muerto, Marte sigue girando a la espera de los que llegarán para hacer eso que ellos creen saber y que en verdad no lo saben.